22.2.10

Recordando a una bestia

Al bruto de George Bush le hicieron, cuando candidateaba en nombre de lo peor del Pentágono a la presidencia de los Estados Unidos, una pasada memorable. Un humorista canadiense, que podría haber pasado por socio del argentino Tinelli, fue hasta Michigan –donde Bush pastaba en plena campaña junto a Cheney- y, a boca de jarro, le hizo la más perversa de las preguntas.
Le preguntó qué opinaba respecto del “apoyo expresado a su candidatura nada menos que por el primer ministro canadiense Jean Poutine”.
El primer ministro canadiense, en aquel año 2000, se llamaba Jean Chrétien (no Poutine) y era un liberal nacido en Quebec que, además, se había hecho famoso por una carrera política construida sobre la base de una tremenda desventaja: de niño había sufrido una enfermedad que le paralizó para siempre el lado izquierdo de la cara, hándicap que Chrétien había sublimado con este slogan: “Un político que sólo puede tener una cara”.
En fin, lo que quiero decir es que Chrétien era una figura mundialmente relevante.
Preguntado Bush sobre el supuesto apoyo de “Jean Poutine”, el citado solípedo contestó textualmente lo siguiente (está en los registros de la época):
“Aprecio esa vigorosa declaración. Él (Poutine) comprende que yo creo en el libre comercio”.
Hasta allí todo era espantoso, pero Bush tenía el propósito no sólo de derrapar sino de estrellarse y morir en el ridículo. Porque después de la respuesta que hemos citado, el aspirante al cargo más poderoso del mundo, cargo que llegaría a través del fraude de La Florida y la idiotez de los demócratas, añadió:
“Él (o sea de nuevo el inexistente e inverosímil “Jean Poutine”) entiende que deseo asegurarme de que nuestras relaciones con nuestro vecino norteño más importante, los canadienses, sean fuertes y trabajaremos en estrecha unión”.
Dios mío, más bestia no se podía ser.
El que entonces era, para vergüenza de los descendientes de El Álamo, gobernador de Texas, no sólo creía que un primer ministro de Canadá podía inclinarse por un candidato a la presidencia de los Estados Unidos –jamás Canadá se ha metido en asuntos tan delicados- sino que encima llamó a Canadá “el vecino norteño más importante”, cuando, como todos sabemos, se trata del único vecino que tiene Estados Unidos en su frontera norte.
A no ser que el herrado cuadrúpedo, ensillado y dopado por las corporaciones, haya pensado que Alaska es una república sobreviviente de la guerra fría (más bien helada) o que el Océano Glacial Ártico es la monarquía de “Iceman”.
Por si acaso, lo que estoy recordando en este febrero del 2010 sucedió hace diez años y fue obra maestra de Rick Mercer, periodista, productor y humorista de la televisión canadiense.
Y el jumento patriótico que respondió dándole las gracias a “Jean Poutine” era el mismo que hacía poco tiempo no había podido identificar a algunos dirigentes mundiales y el mismo cuyos gentilicios fueron el chiste recurrente de la prensa humorística norteamericana.
Como se recordará, Bush decía que los griegos eran “grecianos”, los kosovares “kosovianos” y estaba convencido –así quedó acreditado también en una conferencia de prensa- de que Eslovaquia era lo mismo que Eslovenia.
Dios mío. Y este héroe de Animal Planet tuvo en sus manos, durante ocho años, el maletín nuclear del que dependía que la Tierra siguiera existiendo.
Y cuando invadió Afganistán, quemó Irak y avaló todo lo del fascismo israelí en Palestina, supimos que era mucho más “kosoviano” que “greciano”.
En fin, que la ignorancia resulta casi siempre de naturaleza criminal.
Publicado por César Hildebrandt. Blogger. en 18:48 27 comentarios
viernes 5 de febrero de 2010
Bayly y la corrupción

Jaime Bayly ha llegado a tener seis puntos de intención de voto en Lima.
Su “nicho”, su público, su respaldo light –y quizá mudable- está entre los jóvenes de 18 a 30 años de los niveles sociales A y B.
No parece ser esta encuesta de la Universidad Católica motivo suficiente para que el baylismo limeño haga la fiesta que está haciendo.
Pasar del 6 por ciento capitalino y acomodado a ganar una elección nacional se presenta como una larga marcha. Pero lo que es indiscutible es que Bayly ha obtenido, en un mes de provocaciones ingeniosas, lo que a otros les cuesta años y lo que otros pierden en unos pocos meses.
La fragua de Bayly, políticamente hablando, es su bien ganado narcisismo. Es un escritor torrencial y muchas veces talentoso, un comediante triunfal, un comunicador nato, un neurótico indiscreto y perverso que es capaz de anunciar pesares ficticios y hablar como un notario helado de su propia, inminente y fantasiosa muerte.
Bayly ha llegado a amarse tanto que si pudiera desdoblarse del todo se casaría consigo mismo.
Es también socialmente inimputable y ha logrado, gracias a su simpatía, que se le perdone todo. Las barbaridades que ha escrito, su admisión pública de que “no tiene puta idea de para qué quiere ser presidente”, su prochilenismo fervoroso que lo empuja a plantear la virtual desaparición de las Fuerzas Armadas peruanas, sus oscuras escaramuzas con aquel amante argentino llamado Martín, su degradante persecución en contra de Diego Bertie –supuesta y ocasional pareja precoz del ahora candidato-, toda esa montaña de desatinos habría sepultado las ambiciones de cualquier mortal común y corriente.
Pero Bayly parece tocado por un dios pagano que lo aurolea de teflón y agüita santa, un ángel de la guarda que no lo desampara ni de noche ni de día (sobre todo de noche).
Pero si las locas ambiciones –locas pero legítimas- de este ego omnívoro explican parte de su candidatura, lo cierto, lo dolorosamente cierto, es que Bayly no estaría en la lid electoral si la clase política peruana hubiese hecho una mínima parte de sus tareas.
Es la ruina de la política peruana y el desastre de la educación aquello que explica, en el fondo, el fenómeno Bayly.
Si los partidos son siglas, vientres putos de alquiler, aglomeraciones sin ideas claras, o maquinarias enormes donde las elecciones internas se manipulan y envilecen –tal es el caso del Apra-, ¿qué pueden pensar los desafectos más jóvenes? Pues que un revulsivo esperpéntico nos puede caer bien. Bayly es un astuto fruto del desánimo de muchísimos jóvenes, de su asco por la política, de su rechazo a la farsa. Que quienes rechazan la farsa apuesten por Bayly parece una ironía autoinfligida. Y que su nicho electoral esté en las clases altas da una idea de que, en materia de valores, el desastre educacional del Perú va de la cima a la sima.
Si gente como García, Kouri, Castañeda -y muchos otros más- demuestran a diario que en el Perú la ética está demás y que valores como la honradez, el cumplimiento de la palabra empeñada, la prolijidad en el manejo del dinero público, han dejado de existir, ¿con qué vigas sostenemos la ilusión de país y de nación y de propósitos comunes?
Esto es una escombrera. De este Haití ético que es el Perú de hoy, puede salir cualquier ocurrencia, la más tesonera extravagancia, el capricho más ridículo.
Pero la escombrera también tiene una causa. Y esa causa es lo que podríamos llamar la actual hegemonía de la corrupción.
La corrupción es vieja en el Perú. Pero quien mejor la organizó, quien la convirtió en institución intersectorial y en manual de magisterio fue Alberto Fujimori.
Y en muchos aspectos, el fujimorismo, como clima y nube tóxica, sigue siendo protagónico.
El primer síntoma de esa supervivencia es que en el Perú actual ha crecido aún más la legión de ciudadanos que piensan que el robo es inevitable y que la coima tiene mucho de natural.
Esto no es anomia. La anomia es la prescindencia distante de leyes y de normas sociales.
Lo que pasa en el Perú actual es mucho más profundo y escabroso. Aquí se aprecia, se estima, se alienta la corrupción.
Un corrupto exitoso en el Perú –y sobre todo en Lima, el epicentro de este cáncer- es alguien a quien muchos admiran. Mezcla de machismo, ignorancia, arribismo y propensión a tomar todos los atajos que se presenten, esta cultura de la corrupción, esta autorización tácita para que los encumbrados violen la ley o se hagan de fortunas vertiginosas, ha logrado arrinconar a la virtud y encumbrar a la fechoría llamándola “pragmatismo” y aun normalidad o destino.
Es cierto que en Chile o en Ecuador –o en Colombia y Brasil, para no hablar de los Estados Unidos- la corrupción asoma su pezuña de vez en cuando.
Pero, por lo general, cuando un escándalo de este tipo estalla en esos países hay un cierto revuelo, una sanción social, una intervención muchas veces enérgica de jueces y fiscales.
En pocos países la corrupción se premia o se celebra. Mi país, tocado por una infección de la que ya hablaba hace un siglo González Prada, ha desmantelado, gracias a García, el sistema que permitió encarcelar a algunos malandrines.
Es cierto que hubo un paréntesis de luz en todo este proceso. Y ese tramo soleado tuvo un nombre: Valentín Paniagua.
Pero recordemos qué pasó después. Después llegaron Toledo y PPK a “restaurar el orden”. Entonces supimos que había una delgada línea roja que unía al hotel “Melody” con la fuga de Schutz, a Maiman con el lobismo aventajado de los amigotes de Toledo.
El fujimorismo había vuelto. Pero este era más letal.
Porque a Fujimori lo enfrentamos quienes estamos convencidos de que la democracia es irremplazable. Y entonces fue la batalla entre el despotismo sin ilustración de Fujimori y los valores de la democracia.
Con Toledo, para nuestra desgracia, se desacreditó la democracia. El mecanismo de regeneración del Perú se atascó en los negocios de las licitaciones y las concesiones. La transición se volvió intransitiva y murió con Paniagua.
No necesito abundar en detalles respecto de lo que ha significado el retorno de García.
Ese retorno ha sido la confirmación plena de que en el Perú la tendencia mayoritaria es considerar el bandidaje político como un asunto menor.
No digo que el señor Humala hubiese hecho un buen gobierno –en realidad, con la maleza que arrastró al parlamento habría hecho un gobierno espantoso y anarquizante-. Lo que digo es que tuvimos la oportunidad de elegir a Lourdes Flores, una mujer de centro y hasta ese momento sin tacha alguna, y la desperdiciamos. Optamos por “el mal menor”.
El costo de esa opción ha sido enorme. Nunca sabremos cabalmente de qué tamaño es el actual saqueo del presupuesto nacional y de qué modo la podredumbre ha cundido, de arriba a abajo, desde la cabeza malograda a la circulación periférica, en los ministerios, los municipios, los gobiernos regionales, las instituciones.
Un problema mayor es que la corrupción que padecemos es incompatible con el capitalismo y el mercado. La corrupción no sólo roba sino que desalienta a la honestidad y destruye la meritocracia.
Si para ganar una licitación es mejor ser amigo que ser mejor y si algunas decisiones sobre gasto e inversión pasan por ciertas covachas del compadrismo porteño, ¿de qué liberalismo hablamos?
El capitalismo creador que cambió al mundo no se hizo con lodo sino con trabajo y con valores.
Un maremoto mundial lo ha cambiado casi todo. Lo que hacía Henry Ford ahora lo hacen gansters de la banca.
Pero volviendo a lo nuestro: si el Apra es ese padre que devora a sus hijos, si la oposición es ese silencio, si la prensa del entretenimiento ha derrotado a la prensa seria, si los partidos deambulan en busca de un líder perdido, entonces nadie debería sorprenderse ante lo que está sucediendo: Bayly propone terminar de vender el país y, al mismo tiempo, plantea una revolución. Esa revolución, sin embargo, se detiene en el matrimonio gay, o en el concordato con Roma. Quietismo en lo económico –para que acabemos de cerrar lo poco de industria que nos queda- y audacias de segunda para el cojudeo. Buena fórmula. Malos tiempos.

C.H

Las vacas y el liberalismo

Matanza de vacas. Las miro subidas al camión que las lleva a la muerte. Me conmuevo. ¿Por qué los animales me tocan tan de cerca?
Fui un niño sin límites que podía ser cruel con los animales. Fui un adulto lo suficientemente preocupado por mí mismo como para no entender nada que fuera de veras importante.
Pero si en algún sentido mejoré, si en algún sentido adquirí algunos valores que me permitieron avanzar, fue aprendiendo a amar a los animales.
Ni “los éxitos logrados” ni los “reconocimientos” que me dieron, ni el cariño inexplicable de mucha gente, ni los artículos o libros que pude publicar, ni el pantallazo de la tele y su notoriedad de cartón y espejismo, nada, digo, fue más importante que mi educación sentimental respecto de los animales.
Amo a los animales, entre otras cosas, por su desamparo. Los amo más por su indefensión que por su belleza. Y es que también hay mucho de bello en esa vulnerabilidad, en esa dependencia que, a veces, llega a ser trágica.
Los animales son vida concentrada y sin remilgos, fuerza que no hace preguntas, lealtad que no duda. Son la vida que no piensa en la muerte. Su tiempo eterno es el presente, su fe consiste en durar, su plenitud es latir.
Y para mí, en la gradación de mis querencias, detrás de los perros están las vacas. Amo a las vacas porque las condenamos como a muchos hombres: siendo inocentes.
No hay en las vacas una sola malicia. Son lentas y enormes y te miran con bondad y te lamen sin cálculo y, cuando han parido o van a parir, la tetamancia les cuelga como una bolsa suiza de lactancia.
No son territoriales sino masivas, comen como en un internado y tienen la mansedumbre de la hierba santa y la paciencia de algunas jubiladas.
Mirándonos con sus ojos agradecidos -como si nos debieran algo-, las vacas no saben lo que es prisa y aprueban lo que les toca emitiendo un tono de tuba.
La preñez, como se sabe, las hace más hermosas y aún más plácidas y pronuncia las venas de sus vientres como si fueran aquellas matronas y señoras que Federico Fellini ponía en las casas del pecado.
Y así están las señoras vacas pastando en el desayuno, almorzando forraje, siendo leche, las vacas y sus mandíbulas siempre en movimiento, las vacas que un día desaparecen y son llevadas en camiones al matadero.
Así estaban las vacas, predispuestas sin saberlo a la hamburguesa, hasta que unos canallas decidieron subirles la ración de liberalismo y de mercado.
Esa dieta, que aceleraba la tasa de retorno y hacía más suculenta la ganadería, fue la famosa harina cárnica, es decir polvo de cementerio, bovino molido, escarcha de cadáver.
Y las vacas no sabían que comían vacas, residuos cadavéricos de abuelos y amistades.
Entonces apareció el prión de la encefalitis espongiforme y pasó a la cadena alimenticia. Y de allí al hombre. Y cuando Bruselas prohibió el consumo de esos forrajes esqueléticos, Gran Bretaña, la cuna de la enfermedad, los exportó. Porque así es Gran Bretaña muchas veces, pregúntenle a Ghandi.
Y cuando cundió el pánico, entonces Bruselas decidió que debían morir cientos de miles de vacas, millones de vacas infectadas de avaricia humana.
Empezaron a matarlas como el hombre mata a las vacas: en serie y con denuedo.
Y allí se las podía ver a las señoras vacas mirando por la rendija del camión que las llevaría a la muerte. Mirando con sus ojos marrones claros, tratando de mirar por entre la nube negra que dejaba el camión petrolero. Ajenas a la inmundicia de los hombres, servidoras públicas jamás reconocidas, más puras que nunca.
Como decía, nada cambió más intensamente mi vida que amar, sin condición alguna, a los animales. Que acercarme un poco a su grandeza. Que compartir su luz.
Sé que muchos miserables -empezando por Hitler- pudieron y pueden querer intensamente a sus perros, gatos, peces o caballos.
Pero si es cierto que hubo y hay infames que podrían desacreditar el amor por los animales, tampoco tengo dudas de que nadie debería emparejarse con alguien que es capaz de patear a un perro, aplaudir a un torero, cazar por deporte, ponerse una chinchilla alrededor del cuello y, en fin, suponer -como suponen todos los imbéciles- que el hombre es el rey de la creación.


C.H

El Veco

El Veco ha muerto de un ataque de su mejor amigo: el corazón.
Sí, porque El Veco era un sentimental.
Y con esto no quiero ofenderlo sino situarlo.
El Veco estaba convencido, desde el corazón, que el fútbol peruano existía, que sus clubes valían la pena hasta dedicarles una vida, que sus dirigentes no se merecían otra cosa que no fuera una cierta anuencia.
Por eso quizá El Veco no usaba su inteligencia para juzgar el deporte agonizante que glosaba sino para armar sus secuencias y hacer atractivo su programa.
Porque El Veco era un hombre cultivado, tal como se exige en la prensa deportiva del río de la Plata. Cultivado y con la labia a flor de piel.
Y su prosa profesional, aunque un tanto rebuscada, es pieza maestra frente a las burradas que en el Perú pasan por columnismo deportivo.
Por eso es que al Veco no le costó mucho instalarse a todo meter en este país donde los periodistas deportivos suelen dar más vergüenza que la selección peruana de fútbol.
Es cierto: El Veco no entró jamás en la mermelada que a tantos endulza la vida, pero tampoco se metió a criticar lo criticable.
Muchos hubieran esperado de él una guía para navegantes perdidos, pero El Veco se sumergió en las honduras de la neutralidad, se sintió demasiado extranjero para decirle sinvergüenza a quien lo era y le puso a su último programa “El show de El Veco”, con lo que ya todo estaba dicho: el show era él.
Nunca nos enteramos en “El show de El Veco” por qué el Perú se desdichaba en el fútbol, por qué sus clubes históricos hacían el ridículo en la Copa Toyota o en la Libertadores, por qué sus dirigentes eran parásitos endémicos –como los de la Federación-, o bobos endeudados –como los Pinasco en la “U” y sus homólogos en Alianza-.
No, El Veco no nos enteraba de nada de eso. Nos hacía creer, gracias a su dicción enfática y a su tono de noticiario recién horneado, que el clásico a jugarse era “el partido del año”. O que hasta el “Alianza Atlético” merecía ciertas venias y guardaba secretos ofensivos (cuando todos sabíamos que el “Alianza Atlético” daba y dará pena).
¿Se acomodó El Veco a la resignación peruana, a la neblina, al cuento de la promesa eterna? ¿O nos quiso hacer el favor de no sacarnos del estado hipnótico, de ese sonambulismo que nos empuja a ver el fútbol peruano como si tuviera todo el futuro por delante y ningún pasado vergonzante pesando como una losa?
Nunca se sabrá. Lo que es cierto es que el éxito de El Veco consistía en ser cauto con los dirigentes, amable con los jugadores, irreprochable con las altas autoridades y, felizmente, siempre diverso y universal: por su show sí desfilaban los magos de la Fórmula 1, los reyes del tenis, los amos de las motos de 250 centímetros cúbicos.
Sobradamente alfabeto, uruguayo hasta la orilla del frente, poeta a su manera, correcto siempre, El Veco se ha ido dejando la radio huérfana de toda orfandad. Los que quedan, en su emisora y en las que por allí gritan, no alcanzarían ni para ser sus asistentes.
Hasta la vista, Emilio.


C.H

“Cambio” ha muerto

En Colombia existía, desde 1994, una revista importantísima llamada “Cambio”.
La publicación pertenecía al grupo editorial “El Tiempo”, cuyo accionista mayoritario es, desde el año 2007, el potente grupo español Planeta, fundado en 1949 en Barcelona y dueño de “Antena 3”, pionera en TV basura, la radio “Onda Cero”, cachorra del PP, el diario gratuito “ADN”, y la única publicación que está a la derecha del “ABC”, o sea “La Razón”.
Planeta, que tiene intereses en 25 países, tiene el 55 por ciento de las acciones de la llamada “Casa Editorial El Tiempo” y el 40 por ciento del canal televisivo bogotano “City TV”, que es parte del mismo paquete.
La legendaria familia Santos tiene el resto de las acciones. Entre esos Santos están el vicepresidente de la república Francisco Santos y el ex ministro Juan Manuel Santos.
“Cambio” se distinguió en los últimos tiempos por descubrir una serie de enjuagues y hediondeces del gobierno de Álvaro Uribe. Su gran virtud fue la cantidad de datos que aportaba, lo riguroso de sus investigaciones, la seriedad y el pluralismo de sus búsquedas.
Entre otros temas, “Cambio” destapó el asunto de los subsidios enormes a agricultores ricos –en Santa Marta una suma multimillonaria en ayuda gubernamental fue a parar a manos de cuatro familias-, la farsa detrás de los cambios en el sector salud, la ilegitimidad de la segunda reelección uribista, el feo asunto de la “parapolítica” –la alianza de los paramilitares derechistas y un sector del gobierno-, o el grandioso asunto de la corrupción generalizada, un fenómeno que la revista, en octubre pasado, calculó en unos 2,024 millones de dólares anuales de pérdida para el erario nacional (cuatro billones de pesos Colombianos al cambio actual): una mancha de caciquismo maloliente que cubre los 32 departamentos del país y que incluye a jueces, diputados, miembros del Ejecutivo, directivos de los organismos públicos.
En fin, que “Cambio” hacía la tarea que no hacía “El Tiempo”, su casa matriz -considerado el diario más importante de Colombia- y que habían dejado de hacer la mayoría de los medios de comunicación de este país, que la derecha peruana pone siempre como ejemplo, desde sus iletradas columnas, de libertad y sentido común.
Pues bien, el “Grupo Planeta” y la familia Santos han decidido cerrar la revista “Cambio”.
Y esto que “Cambio” tenía una circulación, oficialmente anunciada, de 133,684 ejemplares y una “lecturabilidad”, como se dice tan horriblemente en Colombia, de 233,600 lectores.
Aun así, el muy fariseo señor Luis Fernando Santos, presidente del grupo “El Tiempo”, ha anunciado que el cierre de “Cambio” se debe a un supuesto fracaso comercial.
“A partir de ahora, la revista dejará de salir semanalmente, será un mensuario que se ocupará de temas más livianos”, dijo este Santos sin aureola pero con muchísimo poder.
Lo que no dijo es que la mayor presión vino del grupo “Planeta”, deseoso de hacerse con una nueva frecuencia de televisión que entrará en subasta en los próximos días, y de los círculos oligárquicos más próximos al uribismo duro. La mezcla de siempre: negocios a cambio de cabezas de periodistas.
Al promediar la semana pasada se dijo que “Cambio” saldría hasta fines de febrero, pero este lunes pasado tanto el director, Rodrigo Pardo, como la editora general, María Elvira Samper, fueron obligados a dejar sus oficinas y a echar a la basura el material que ya habían preparado.
La BBC de Londres escribió una larga y emotiva crónica, que contenía estas palabras:
“Ante el anuncio, Pardo y Samper fueron despedidos en medio de una salva de aplausos por decenas de periodistas y empleados de la Casa editorial El Tiempo, que improvisaron una calle de honor...Hubo besos, abrazos y lágrimas, le dijo una periodista del diario El Tiempo a BBC Mundo. Y añadió: Estamos muy tristes por el mensaje que significa el cierre de la revista para el periodismo Colombiano”.
La familia Santos tiene mucha influencia en la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). ¿Dirá algo la SIP sobre este atentado? ¿O volverá a decir, entre líneas, que las empresas pueden hacer lo que les dé la gana y que los periodistas son plumíferos que se contratan en la calle?
Y aquí, ¿protestarán por esta medida vergonzosa los que hablan y se desgañitan y se sueltan los moños sólo por lo que sucede en Venezuela?
La libertad de prensa ha sufrido un severo golpe con el cierre de “Cambio”. Colombia ya no será la misma sin ese semanario.
El liberalismo asustado aplica ahora en tierras Colombianas la fórmula aplicada con éxito en el Perú: a la televisión se la administra por el chantaje político, a la prensa radial se la manipula por la extorsión publicitaria, a la prensa escrita o se la controla o se la asusta o se la estrangula (y esto que en nuestro medio “Cambio” no tiene parecido manifiesto con ninguna publicación).
La fórmula funcionará hasta que la gente, asqueada, encuentre otros cauces para informarse y otras maneras para oponerse. Y hasta que los periodistas de esta región lo permitamos.


C.H

El fraude de Paracas

Una cierta prensa, conquistada por el lobismo huachafiento, pretende convencernos de que Paracas es un nuevo paraíso costero lleno de posibilidades hoteleras y mares amables.
Así que hasta Paracas nos fuimos hace poco, al hotel “Double Tree-Hilton”, de la franquicia Hilton, con precios dignos de esa cadena que la señorita Paris Hilton se ha empeñado en desacreditar a ver si la convierten en perpetua (a la cadena, digo).
El hotel no está nada mal en apariencia. Al contrario, es de las mejores instalaciones que pueden verse en el litoral próximo a Lima.
Claro que las apariencias engañan. Y una cosa es el cemento y la obra y otra el manejo y la gestión.
Tú llegas y te pueden pasar las siguientes cosas:
a) que la cortina que te impide ser visto desde “la playa privada del hotel” no funcione; entonces vendrá “Mantenimiento” y estará un buen rato haciendo manipulaciones diversas hasta que reconocerá que “no se puede hacer nada hasta mañana porque hace falta un repuesto”;
b) a la mañana siguiente, dos operarias de “Mantenimiento” se pondrán a hacer lo suyo durante más de una hora, hasta que te dirán: “esta cortina no tiene arreglo; tenemos que cambiarla”. El cambio demorará otra hora;
c) querrás bañarte –idiota tú- en “la playa privada del hotel”, pero una señorita, amabilísima, te advertirá: “No se lo aconsejo: hay pastelitos”. Cuando usted pregunte: “¿Y qué son pastelitos?”, la respuesta será: “Unos bichos que le pueden clavar un aguijón muy doloroso; no es una picada tóxica, pero sí muy dolorosa”. Entonces usted preguntará, entre falsamente heroico y patéticamente obstinado: “¿Y si me pongo zapatillas?” La respuesta será digna de una película B de terror: “No se lo aconsejo: las atraviesa”. Entonces usted mirará ese mar quieto, oscuro, ancestral y repleto de algas y malaguas como lo que es en realidad: un decorado más bien sombrío, un mar muerto y de adorno para bañistas desavisados, un cuento chino de peruanos;
d) descubrirás una mañana que el agua del inodoro de tu habitación ha sido cortada; irás a Recepción donde el gerente, que intentará hacerse el hombre invisible porque sabe a qué vienes, y le preguntarás qué está pasando. Te dirá: “Se nos ha roto una tubería”. Tú le dirás: “¿Pero qué hotel es este?”. Te dirá: “Tenemos problemas, señor Hildebrandt”. Dirás: “Más problemas van a tener en Indecopi”.
e) aprenderás muy rápidamente que en este hotel, de cinco o más estrellas, el jefe de cocina, que ofrece sus exquisiteces en un comedor donde el aire acondicionado te cae en la cabeza como una estalactita de 14 grados, no sabe cocinar: sus espaguetis al ajo saben a nada, sus pizzas están semicrudas, sus cebiches podrían provocar el suicidio de Gastón Acurio;
f) otra mañana no podrás entrar a tu habitación porque tu llave electrónica habrá sido cancelada sin ninguna razón; te darán otras dos pero no te ofrecerán disculpa alguna.
En fin, te divertirás todo lo que puedas y lo harás, sobre todo, lejos del hotel: en las siempre fascinantes islas Ballestas, adonde llegarás después de ser parte de un tumulto sudoroso que espera turno en el embarcadero; o en la bahía de aguas oscuras, a bordo de un catamarán impulsado por el buen viento y un buen timonel y mojándote con el oleaje excitado por la embarcación; es en ese momento que, a lo lejos, el hotel parece apenas una silueta inofensiva y te sientes feliz lejos de su mala vibra.
Para que todo termine como empezó, la noche previa a la despedida se desata un temporal de arena, un viento loco y perverso que viene del mar y llena de arena ojos, oídos, cavidades varias. Y a la hora de la partida, una tormenta a todo meter, una “paraca” de naturaleza criminal que convierte el hotel, mal diseñado para estas furias, en un cuartel de la Legión Extranjera.
Sólo un empleado maletero pone las maletas en su sitio mientras la arena nos acribilla y Rebeca, con un pañuelo de seda sobre la cabeza, se bate contra los remolinos de arena sucia y parece la más bella de las guerreras saharawis.
Toda una experiencia.
Como para que la cadena Hilton lo piense otra vez antes de darle tan costosa franquicia a cualquiera.


C.H

García y Bachelet

El diario-emblema de la familia Agois ha publicado una encuesta de dimensiones nacionales.
Aunque está hecha por CPI, una empresa muy próxima al Fujimorismo dada la posición de su director Manuel Saavedra, la investigación, realizada en 36 distritos de Lima y 24 ciudades importantes del interior, revela otros aspectos distintos al asunto electoral, tan prematura y maliciosamente tratado en estas últimas semanas.
Uno de esos aspectos es el desastre de Alan García.
Sólo el 27 por ciento de los encuEstados por CPI, a despecho de la voluntad del propio diario “Correo”, aprueba la gestión de Alan García, un presidente que, en los últimos meses, ha invertido miles de millones de soles de los dineros públicos en hacerse propaganda.
García no ha tenido escrúpulo alguno en inaugurar hospitales fantasmagóricos, abusar de los discursos televisados, convertir el Canal 7 en un fundo propio, mandarse alabar en RPP y ocupar, para desgracia de sus desaparecidos ministros, todos los espacios públicos sectoriales y el centro de todas las ceremonias oficiales.
Y no ha tenido escrúpulos en ordenar la inversión publicitaria más grande de los últimos tiempos con una campaña que, en televisión y radio, en prensa diaria y en revistas, da cuenta de “los incontables éxitos”, “las promesas siempre cumplidas” y “las insuperables cifras económicas” de su gobierno.
Para sorpresa de más de un gaznápiro, sin embargo, la cosa (“la cosa tremebunda”, como decía Vallejo) es que esa inmensa maquinaria de culto personal y alabanza del señor no ha funcionado: 27 por ciento aprueba su gestión, 61 por ciento la desaprueba (61,7% para ser exactos).
Este fracaso no es sólo de Alan García Pérez. Es el fracaso de la cofradía, de LA PRIMERA división de la merme, de la segunda de los alfredos, de la tercera del lobismo con vista al mar y de la división sub-40 de menores del cuánto hay y a quién calumniamos y qué conviene que digamos.
Es el fracaso, en general, de un gobierno cuya podredumbre empieza a olerse tanto en San Bartolo como en salud&sa=Buscar" title="buscar información sobre Essalud">Essalud, pasando por la fortuna acrecida de García y las recaudaciones de Cornejo, y de una prensa chuchumecona que creía que podía tapar el sol con un dedo (el del medio).
¡Cuánto dinero para llegar a una aprobación del 27 por ciento!
¡Y cuánto dinero despilfarrado en “asesinar” mediáticamente a quienes, según lo admiten CPI y “Correo” casi a regañadientes, están vivitos y coleando!
Ollanta Humala, por ejemplo, –alguien que según “Correo” tendría que estar en la fosa común de las pretensiones fallidas- tiene en esa encuesta un 10,6 de intención de voto. Nada mal para quien es blanco de una campaña permanente de demolición de esa prensa que ha secuestrado la información y cree tener al Perú como rehén.
Y Alejandro Toledo, alguien a quien Alan García profesa un odio delivery y a quien le ha llovido mierda judicial por orden palaciega desde el 2006, tiene un 9,6 por ciento de intención de voto sin haber movido un dedo para hacer campaña.
¿Humala todavía respira? –se preguntan en “Correo”.
-“Son los serranos de Abancay” –se responden a sí mismos. “No se sienten parte del proceso”, añaden de lo más sociológicos.
-¿Y PPK sólo tiene 1%? –se preguntan desesperados.
-“Son los serranos de todo el Perú” –se responden a sí mismos mientras distraen a sus lectores con el 3,2% que ostenta el candidato de los hermanos Oviedo, o sea ese chiste llamado Jaimito.
No importa lo que digan. Lo que es cierto es que García tiene 27 por ciento de aprobación, contra 82 por ciento de la señora Bachelet en Chile.
La gran diferencia entre el señor García y la señora Bachelet es que la señora Bachelet ha defendido los intereses de Chile con enorme eficacia.
Lo ha hecho aun a costa de enfrentarse a los líderes mapuches, que siempre estuvieron próximos al socialismo y que tienen razón en muchas de sus aprehensiones sobre “la expansión forestal”, y a costa de contradecir la tradición civilista de la izquierda Chilena.
Y es que los intereses de Chile imponían ese cambio de rumbo.
García, en cambio, ha sido el menos peruano de los presidentes peruanos (no incluyo en esta lista al presidente binacional Alberto Fujimori, que no fue traidor sino ferviente patriota japonés).
García ha sido también, desde la vigente perspectiva de la socialdemocracia, el menos aprista de los apristas. Como estadista, ha sido un gran vendedor. Como albacea de la herencia moral de Haya de la Torre, ha sido (desde 1985) una cuantiosa decepción y allí están sus dineros mal habidos para atestiguarlo.
Bachelet se va del gobierno con 82 por ciento de aprobación. García está en el 27 por ciento.
Bachelet no habría dicho jamás, ante la posibilidad de ejercer su invicto Chilenismo:
“¿Y si los peruanos se molestan?”
No, ella no habla así. A la hora de hablar y de actuar en nombre de Chile la señora Bachelet habla con faldas y a lo macho. Esa es la diferencia.
No es que hagamos apología de la rudeza chauvinista de Chile. Lo que queremos subrayar es la abismal diferencia entre ese discurso de Estado de nuestro vecino –discurso pétreo desde los tiempos de Portales- y las debilidades de fustán roto de algunos de nuestros políticos.

por César Hildebrandt.

Miota y la huachafería

El peruano Jorge Miota fue quien, según diversos testimonios, acuñó y difundió la palabra “huachafo” como sinónimo aproximado de cursi o de mal gusto.
El otro día, en busca de un libro perdido, encontré aquel que escribió Willy Pinto Gamboa, colaborador cercano de Luis Alberto Sánchez, sobre Miota y la huachafería.
Pinto lo tituló “Lo huachafo: trama y perfil” y añadió este paréntesis: “(Jorge Miota: vida y obra)”.
El ejemplar que encontré me está dedicado y sólo mi distraída ingratitud pudo ponerlo en el estante del tercer piso, donde están los libros aparentemente menos necesarios.
Willy Pinto Gamboa fue una de las mejores personas con las que me he tropezado.
Era bastante mayor que este cronista, había estudiado en España, amaba la poesía de Pedro Salinas, era catedrático universitario y se había casado con una hermosa española que adoraba y con quien vivía en la urbanización Palomino.
Pinto me visitaba en “Caretas” cada semana y charlábamos de aquello que hoy escasea tanto: lecturas, autores, fobias y filias literarias. Era ameno, divertido y muchas veces certero y coincidíamos en nuestra adicción por el siglo de oro español.
Hace algunos años –lo supe estando lejos, como casi siempre: lejos- a este escritor, crítico e investigador se le murió la mujer, que sufría de un mal crónico del corazón.
Me contaron que, poco tiempo después, a Pinto lo mató una tristeza disfrazada de algún tipo de Cáncer. Porque, como ustedes saben, el Cáncer es muchas veces un seudónimo de la depresión.
Recordando a este hombre ejemplar que pasaba por mi oficina para hablar de literatura, he leído recién, de cabo a rabo, este libro sobre Miota publicado en 1981 (uno de los mejores trabajos de Pinto, a pesar de los innumerables descuidos del corrector).
Miota es uno de esos personajes que a Pinto le encantaba resucitar. Porque Pinto escarbaba en el olvido y de allí sacaba a los marginados, los preteridos, los pequeños malditos que a nadie entusiasmaban.
Miota fue el primero en usar la palabra “huachafo” y eso sucedió alrededor de 1908 en la revista “Actualidades”.
Todo indica que se trata de un préstamo creativo tomado del Colombianismo “guachafa”, que describe el bullicio, la bronca y el desorden y que, en algún momento no demasiado precisable, significó también algo así como fiesta ruidosa.
Y el origen de todo esto, según lo que le contó Estuardo Núñez a Martha Hildebrandt, tiene barrio y sede limeños.
Sucede que a comienzos de 1890 se afincó en Lima, cerca del cuartel Santa Catalina, una familia Colombiana de clase media más o menos arruinada.
Sucedió también que las muchachas casaderas de esa familia numerosa organizaban fiestas, entre estruendosas y desmedidas, que llamaban “guachafas”. Mucho más temprano que tarde “guachafas” ya no eran las veladas sino quienes las planeaban.
De modo que los solteros próximos al solar eran asiduos de estas “guachafas” deseosas de prosperar o establecerse por su cuenta.
De cualquier modo, pocos son los que le niegan a Miota el mérito de suavizar el diptongo original con una “h” y de oficializar el término “huachafo” para describir, fundamentalmente, aquello que imita sin éxito, que exhibe sin rubor, que pretende ser lo que no es (ni puede ser: de allí el carácter violento y condenatorio del término).
Jamás pensó Miota que la palabra adquiriría tal autoridad e involucraría a universos tan amplios y diversos.
Porque, como alguna vez reconoció el mismísimo Mario Vargas Llosa en un magistral artículo, es imposible, para cualquier peruano, librarse por completo de la huachafería, entendida como ese modo histriónico de aparentar.
Cuando Vargas Llosa escribió ese artículo –agosto de 1983-, Lima no tenía a “Eisha” como “capital del verano” –qué frase más huachafa-, ni a “Tongo” como emblema de la Telefónica –una de las empresas más huachafientas en cuanto a su publicidad-, ni a los hermanitos Yaipén como símbolos, ni a Bayly como expresión liberal.
Hoy Vargas Llosa tendría que reeditar y ampliar su Atlas de la huachafería. Hoy el Perú es tan huachafo, tan repulsivamente huachafo a veces, que el buen gusto parece una melancolía.
En 1983 hasta la pretensión de no ser huachafo pasaba por huachafería. Hoy los huachafos han salido del armario y han tomado el poder. Nadie huye hoy de la huachafería. Al contrario: se la ha adoptado porque se ha impuesto y porque es rentable. La prensa “no huachafa”, por ejemplo, parece condenada a la miseria. La TV “no huachafa” ha dejado, sencillamente, de existir.
¿Qué no es huachafo en el Perú? Nada. Hasta Dios es huachafo en el Perú del siglo XXI. Y basta con encender uno de esos programas religiosos perpetrados por sectas cristianas para entender que el cielo también ha sido tomado por asalto.
Pero volviendo a Miota, ese desconocido, habría que decir algunas cosas.
Miota González nació en Apurímac en 1870. Su padre fue militar y murió, con el grado de teniente coronel, en la heroica resistencia de San Juan y Miraflores de enero de 1881.
Miota, de ascendentes vascos, escribió numerosos artículos de tono modernista en “Actualidades”, “El Comercio”, “Prisma” y “Monos y monadas”.
Fue coetáneo y amigo de los hermanos García Calderón, de Enrique Carrillo (“Cabotín”), de José de la Riva Agüero, de Leonidas Yerovi y, entre otros, de Clemente Palma.
Fue Palma, precisamente, quien en 1913 escribió un artículo titulado “El caso del escritor señor Miota”.
La solemnidad del título tenía más de compasión que de avaricia. Porque se trataba de ventilar, por primera vez en público, la locura irremediable que había terminado por minar a Miota.
Dos años antes, en 1911, Miota se había presentado ante la embajada peruana en París y le había pedido a su amigo Francisco García Calderón, segundo secretario, una carta de recomendación para Rubén Darío. García Calderón, benévolo y distante, le dio gusto.
En su mensaje, Miota le pedía a Darío el pago de una mensualidad inverosímilmente “prometida” por el nicaragüense.
En enero de 1913, en Lima, Miota tocó la puerta de la legación diplomática de Francia y solicitó la nacionalidad francesa.
Cuando el representante del gobierno francés le preguntó en qué basaba su solicitud, Miota le contó que “en París, tiempo atrás, había sido víctima de un encantamiento” y que, por lo tanto, “merecía alguna compensación”.
Cuando Clemente Palma trató el tema ya Miota había Estado internado en un manicomio y su caso había derivado al terreno judicial porque el escritor había acusado a su madre y a un par de doctores “de secuestro”.
Nadie sabe cómo hizo Miota para convencer a su doliente madre de que debían viajar a Buenos Aires. Eso fue en 1916 y a partir de allí su rastro se pierde por completo.
Hasta la fecha de su muerte resulta incierta –unos la sitúan en 1925 y otros al año siguiente-, aunque no parece haber duda de que jamás se recuperó y que debió pasar muchas penurias. Tantas, en todo caso, como las que le amargaron la infancia a raíz de la muerte de su padre.
En el libro de Pinto hay una especie de homenaje final, entre irónico y sombrío, al acuñador del concepto “huachafo”.
Como no se sabe si Miota murió en un hospital general o en una casa de salud mental de Buenos Aires, Pinto plantea la duda citando palabras sacadas del propio paciente:
“...aunque es muy posible –escribe Pinto- que su vida se haya extinguido ‘entre negras rejas, delante de las cuales Hipócrates y Galeno marmorizados hacen su perpetua guardia’,... o ‘entre las paredes de una casa de insania, que regula a extraños autómatas’...”
Frases tan decoradas y chirriantes pertenecen a un artículo de Miota escrito para “El Comercio” 25 años antes de su muerte. El tema central de ese artículo era el manicomio estatal de Lima.
Profecía huachafa y trágica a la vez.


C.H

Matar a la madre

“El amor es bueno, pero el dinero es mejor”, ha dicho Elizabeth Espino Vásquez, asesina de su madre, Elizabeth Vásquez Marín.
No sólo se trataba del seguro de vida por 100,000 dólares, que la esperaba a la vuelta del crimen, sino del disfrute de un patrimonio creciente que ella había decidido rematar apenas pudiera.
Hipócritas, algunos fabricantes de editoriales llaman “horror” al crimen de la Espino, “espantosas” a las circunstancias que lo rodearon, “escalofriante” a la confesión de la matricida.
Pero hace muchos años que la señorita Espino construyó, para ella y para sus coetáneos de generación, un paradigma perverso de sociedad y de mundo: aquel en el que la ética está desterrada, la generosidad resulta aburrida, la decencia es una incomodidad y el amor puede ser una frase bien dicha “un 14 de febrero”.
Tuvimos a Sendero, la guerrilla más salvaje y radical de América latina. La tuvimos porque la merecíamos y porque a un país anacrónico tenía que infectarlo una guerrilla anacrónica.
Para combatir a Sendero, entonces, construimos a Fujimori, cabecilla de uno de los regímenes más infames del continente. Es decir, combatimos el crimen con el crimen, el maoísmo mutante con los Colina.
De todo eso bebió la señorita Espino. Pero eso no sería lo peor.
Lo peor sería la impunidad, esa nube de asbesto que nos corrompe por dentro.
¿Un ladrón evidente podía regresar a la presidencia? Sí, podía. Tanto podía que hasta llegaría a trabajar junto a Mario Vargas Llosa en un proyecto altruista.
¿Un Fujimori reciclado podía obtener la amnesia de muchos y el voto de no pocos en las elecciones? Sí, podía.
¿Un alcalde y presidente regional ladrón y fascista podía evitar la cárcel y ampliar, al infinito, sus aspiraciones? Sí, podía. Podía y puede.
¿Y podía jurarse “por Dios y por la plata” y seguir asistiendo al Congreso? Claro que se podía.
¿Y podía, desde el municipio de Lima, robarse caudales públicos en sobrevaloraciones cuantiosas y seguir ostentando un índice de popularidad y aprobación estratosférico? Desde luego que sí.
¿Y podía un lobista con pasaporte americano hacer dinero negro desde el cargo de primer ministro al lado de un presidente que se había ido de putas e inhalado cocaína según un documento policial? Definitivamente, se podía.
¿No abundaba la dignidad en el Perú? No, no abundaba.
Y si todo se podía, ¿también se podía ser como Robinson González y no morir (civilmente) en el intento? Sin duda.
¿Y se podía ser como los Wolfenson, como los Winter, como el señor Crousillat, el que se moría del corazón y ahora se va a Buenos Aires a pegarse los tiros del crepúsculo? Se podía.
Y los que trabajaron con Umberto Jara en “Hora 20”, el inodoro del tardoFujimorismo, ¿podían luego reciclarse y aparecer en Canal 2 haciéndose los posmodernos y los machos cabríos sin memoria? Hombre, ponga usted Canal 2 a las 11 de la noche y ya verá.
¿Y se podía ser Lúcar y volver como líder de opinión? Sin lugar a dudas.
Y mientras eso sucedía, la televisión, que se había vuelto pupila de “Las Cucardas” y cobraba la felación a destajo, sólo sacaba cadáveres violentos, huérfanos de incendios, violaditas de arenal, desbarrancamientos multitudinarios.
De modo que la señorita Espino creció viendo la sangre de la Musiris, primero, y la sangre de la Fefer, después, y, en medio, la sangre de la mamá de la Llamoja, la sangre que los marcas dejaban en cada hazaña, para no hablar de la sangre memoriosa de Tarata, de las fosas comunes llenas de inocentes acribillados, del niño de 8 años asesinado en Barrios Altos.
Como marco de toda esa lección, como pedagogía general, digamos, vino después el “sálvese quien pueda” del liberalismo en dosis de truhán, el “vale todo” de la vieja cultura combi, el “arriba las manos” de los que “la hacen” rematando el país a quien pueda pagarlo (aboliendo todo concepto de Estado, de estrategia nacional, de industrialismo propio).
Y ahora vienen a decirnos qué horrible, oiga usted, alguien que mata a su madre por dinero.
No, hombre, nada de qué horrible. La señorita Espino hizo lo que el sistema de valores aconseja. Que su madre estuviera de por medio resulta una incómoda anécdota, es cierto, pero aquí el asunto es que vivimos en un país persuasivamente anético.
El Congreso, el Poder judicial, el Tribunal Constitucional, los partidos políticos: todo en el Perú parece estar pudriéndose y ser parte del problema.
El matricidio es, al final de cuentas, un hecho personal y diminuto frente al crimen de haber matado al Perú como identidad posible de todos.

--------------------------------------------------

Posdata: ¿Creerá el señor Martín Tanaka que su ideología es invisible, sus adhesiones discretas y sus sesgos sutiles? Pobre señor Tanaka: hace tiempo que, contra lo que él cree, aparece con todo al aire en su papel de fan del sistema “realmente existente”. El señor Tanaka cree que las ciencias sociales son un búnker de concreto que lo protege del escrutinio público. El señor Tanaka cree que ser ambiguo y sibilino es ser aristotélico. No, señor Tanaka: haga usted lo que, con todo derecho, hicieron alguna vez Bernard Henri-Lévy o André Glucksman (siguiendo la tradición de Aron o Maurras): muestre la camiseta por la que juega y sufre. Nadie se lo va a reprochar. Lo que es patético es que se vista de negro y pretenda ser árbitro.


C.H

Prohibido fumar

Ahora quieren poner la foto espantosa de un paciente de Cáncer en las cajetillas de los cigarrillos.
Así acatan a Fernando Vivas y compañía, esos jacobinos del buen aire y los pulmones olímpicos que se creen la personificación de la salud.
No entiendo bien.
Para esta sociedad, para este sistema de valores, está muy mal fumar.
Pero para esta sociedad y este sistema de valores sí parece estar bien (o por lo menos “no está mal”) beber como un cosaco ese trago que fabrica por piscinas la Backus –o como se llame ese latifundio de cebada- y que es responsable de la mitad de los crímenes violentos. Sí, me refiero a esa bebida que, en nuestra cultura, es sinónimo de machos al ataque y de hembras que esperan en la playa moviendo la cintura.
Está muy mal fumar –dicen los Vallejos-, pero está bien (o da igual) convertir la pantalla de la tele en un vertedero de maricas histéricas a la hora en que los niños ven televisión (y a la hora en que los niños ya no ven televisión). Como si ser heterosexual tuviera que dar vergüenza y gustar del otro sexo ofendiese a la madre natura.
Hay que sentirse culpable hasta la depresión si uno contrae un Cáncer pulmonar de origen nicotínico. Pero si uno tiene sida, en cambio, sabrá que se habrá infectado de una enfermedad amistosa, socialmente aceptable, políticamente correcta, siempre merecedora de compasión y generosidad.
No entiendo muy bien.
¿Cáncer no, sida sí? ¿Tabaco no, alcohol sí?
Deberían de poner fotos de enfermos terminales de sida en las puertas de los hostales pulguientos que han proliferado en todo Lima, en los baños de las discotecas de ambiente y no de ambiente, en las oficinas públicas (sobre todo en los baños privados de sus jefes), en los camerinos de las piscinas, en las antesalas de los gimnasios, en los urinarios de las peñas criollas.
¿Fotos de enfermos terminales de sida o de víctimas del herpes genital, el chancro blando, la sífilis de tercer grado?
¿Y qué ponemos en las puertas de las grandes fiestas, sean estas polladas o reuniones sociales dignas de salir en “El Comercio”?
¿Ponemos fotos de accidentes de tráfico? ¿Ponemos la foto del carro de nuestro colega Álvaro Ugaz después de la tragedia?
¿No? ¿Sería demasiado fuerte?
Y en las fiestas campales, con el Grupo Cinco alacraneando, ¿qué foto ponemos? ¿La de un tabique nasal colapsado por la coca y reemplazado (foto 2 de la secuencia) por uno de platino? ¿O la de alguien mirándonos fijamente, con los ojos indescifrables del que ha fundido cerebro por el uso del éxtasis?
Fumar es un derecho soberano. Impedir que el humo del tabaco ardiendo llegue a los no fumadores es una obligación de las autoridades. Pero de allí a avalar el terrorismo gráfico y las campañas del fascismo médico, hay una gran distancia.
O sea que en esta sociedad está mal fumar, pero está bien ser una basura y está requetebién mentir, robar, incumplir, chantajear, matar y volver a la presidencia de lo que sea (incluida la república).
¿O es que el asunto es ser una basura con los pulmones limpios?

César Hildebrandt.

Un tema prohibido

En buena parte del mundo los partidos políticos están basados en ideas matrices. En el Perú los partidos políticos tienen apellido, DNI, cuentas bancarias, apetitos de entrecasa.
En buena parte del mundo los partidos políticos son personas jurídicas. En el Perú los partidos políticos son personas naturales.
Alejandro Toledo acaba de proponer “un gran frente de centro en un marco de libertad y respeto a las instituciones democráticas”.
Eso supone que hay un centro político que salvaguarda la libertad cimentando las instituciones democráticas.
Pero cuando Toledo se ve obligado a aterrizar en nombres concretos tiene que mencionar, al lado de Lourdes Flores, a Luis Castañeda Lossio y al ciudadano estadounidense PPK.
Lo de Lourdes Flores está bien. Ella es, sin ninguna duda, de centro.
Pero ni Castañeda ni PPK son de centro.
Ambos representan a la derecha analfa que no quiere hacer historia (porque jamás la leyó) sino dinero (porque siempre contarlo y exportarlo fue el mayor de sus placeres).
Ambos encarnan una variante de la enfermedad más perniciosa de la política peruana: la carencia de ideas, la estupidez audaz, la falta de delicadeza en las bóvedas de los fondos públicos y el mini-caudillismo en su vertiente tragicómica.
Uno (Castañeda) está en la cima de las encuestas, a pesar del asalto a los presupuestos y de la mugre municipal que lo tizna. El otro (PPK) está en 1 por ciento de intención de voto, a pesar de lo ya invertido en apariciones y sobonerías contratadas.
Pero tanto el uno como el otro encarnan el fracaso de los partidos políticos peruanos.
¿Por qué es imposible que en el Perú suceda lo que cuajó en Colombia, lo que pasó en Chile, lo que sigue sucediendo en Brasil o en México?
Un común denominador de esos países es la existencia protagónica de una burguesía nacional consciente de los límites de la internacionalización y decidida a mantener metas soberanas vinculadas a su desarrollo.
Quizá otra característica sea que en esos países el nivel de la Educación pública jamás llegó, a pesar de las crisis que la golpearon, a las cotas de miseria que se dieron en el Perú.
Tal vez una tercera razón pudiera ser que en esos países lo que suele llamarse “la inteligencia” nunca huyó del todo de la partidocracia. El hecho de que en el Perú el arte y la producción intelectual se mudaran tan lejos de los partidos resultó también un factor decisivo para el deterioro de nuestra política.
Lo que Toledo propone no es viable como aventura honesta. Será posible –tan posible como su partido- tan sólo si uno se lo imagina como una enésima y marginal jugada de la derecha.
La derecha, es decir la apuesta por el inmovilismo, tiene planes más específicos.

Duda de Castañeda, no está segura de Toledo, ha desahuciado el temprano cadáver de PPK, sabe que a Lourdes la persigue una maldición.
Pero el problema de la derecha no es el candidato. El problema es la agenda.
Y de lo que se trata es de buscar seudónimos, diablillos, pobres diablos, cualquier cosa con tal de que todos nos distraigamos con los temas posmodernos: el matrimonio gay, los homosexuales en las Fuerzas Armadas, el Concordato con el Vaticano, la laicidad del Estado, la legalización de la cocaína y –por qué no- las nuevas leyes tributarias para el fútbol asociado.
Todo con tal de que no se hable de aquello que aterra en Eisha y en los corrompidos pasillos del palacio de Gobierno: el modelo económico.
La frase que está permitida es esta: “tenemos que hacer más incluyente al modelo”.
Pero allí se quedan los que quieren que todo siga igual porque les ha ido de lo mejor.
¿Qué será eso de “inclusión”?
No les pidas detalles.
No les preguntes en cuánto subirán el salario mínimo vital o el impuesto a los ingresos excepcionales de la gran minería (inmovilizados desde los tiempos de Fujimori).
Ni les preguntes por qué hay tratados de libre comercio que no pasan por el Congreso ni si es que han hecho un cálculo de cuántos puestos de trabajo nos va a costar el disparatado TLC con China.
No, no les preguntes nada. No tienen ninguna respuesta que darte. En el mejor de los casos, gritarán:
-Bayly, sigue dándonos una mano.
O invocarán:
-Alan, dale una mano a Bayly.
El gran problema de la derecha es la agenda.
Lo de la candidatura ya lo tienen resuelto. Su candidata es Keiko, que no debe decir nada por ahora, pero que hará el galope largo del último tramo.
El triunfo de Keiko no sólo hará feliz a la derecha. La reivindicará en cursiva, la limpiará entre comillas, le quitará vergüenzas en negrita y le cerrará viejas fístulas. Recordar la salita del SIN no le dará pesadillas. El viaje circular se habrá completado. Como siempre.
LA PRIMERA fase de esta cirugía reconstructiva es la elección de Alex Kouri como alcalde de Lima.
Pero el asunto de fondo, el tema prohibido, es el manejo de la agenda. Si Clinton viviese entre nosotros ya habría gritado:
¡La agenda, estúpido, la agenda!

C.H

Patricia y Augusto

No sé qué tendrá que pasar en RPP para que Patricia del Río y Augusto Álvarez Rodrich presenten su renuncia o digan algo (o susurren alguito, o se incomoden un poco).
Y es que lo que está haciendo Raúl Vargas con esa emisra es sencillamente indigno de llamarse prensa.
Como las encuestas señalan que la popularidad de Alan García está -a nivel nacional- por los suelos, Vargas ha decidido servir de pulidor del régimen.
¿Que el modelo no llega a todos?
Pues allí está Vargas para preguntarle al director del programa Juntos las preguntas que sólo le harían en el “Melody” y las repreguntas que sólo le haría su santa abuelita.
-¿Vamos bien, pero podemos ir mejor? –pregunta Vargas.
-Hemos aprendido y claro que vamos a mejorar –le responde el burócrata locuaz.
¿Que en Essalud matan y rebanan y sierran y no pasa nada?
Pues allí está Vargas, en su papel de Jabba the Hutt del palacio de Pizarro, haciéndole “al ingeniero Fernando Barrios”, el director de Essalud y el que paga la publicidad y abona muertos y heridos por cada servicio prestado, la entrevista más horizontal que uno pueda imaginar “con ocasión de inaugurarse este gran hospital de Chiclayo-Oeste, el Luis Heysen Incháustegui”.
¿Que Luis Alva Castro es un monigote con el pelo teñido por Miss Clairol cuyas dos últimas hazañas son haberse enredado con un patrocinio de quince mil dólares a Fabiola de la Cuba y con un aumento de connotaciones delictivas a sus secretarias?
Pues allí va Vargas, en su papel de Chino de la Esquina, diciendo a los millones de oyentes de RPP que él conoce a Alva Castro “por sus preocupaciones filosóficas” y por “su vocación editorial y literaria” (cuando Alva Castro es a la literatura lo que Chemo del Solar al éxito y a la filosofía lo que los ácaros al finado gliptodonte).
Y va enseguida una entrevista que podría ser más útil que un dedo en la garganta a la hora de librarse de un contenido estomacal incómodo.
O sea que Nava, Mirtha y el jefe de todos los capos deben haberse sentado con Vargas y deben haberle dicho que la estabilidad del gobierno y la legitimidad del sistema dependen de RPP y de esta nueva campaña de planchado y pintura.
Y Vargas ha llegado a un arreglo conveniente. Total, si estuvo a punto de viajar a México como embajador de Alan García –y no lo hizo porque Manuel Delgado Parker se lo pidió y le aumentó el sueldo-, ¿por qué no va a oficiar de cataplasma de este contuso gobierno?
Da vergüenza ajena escuchar la agonía de este Vargas. Porque no sólo es un asunto de contenido.
La voz de Vargas era grave y muchas veces noticiosa. Ahora se ha hecho meliflua, zalamera, coqueta bajo cuerda.
Antes sus bajos continuos respaldaban una melodía que iba al son del día y tenía el eco vibrante del directo en directo. Hoy la voz de Vargas parece la de Pedro (también Vargas) cuando cantaba boleros para señoras en un cabaré.
Vargas fue nuestro Wálter Cronkite radial. Hoy es una melopea de Radio Nacional tomada por la Apdayc.
Si Radio Incahuasi –la que Haya usaba para mandar a insultar a sus enemigos- estuviese en el dial, la sacarían del aire por hacerle competencia desleal a la RPP de Vargas.
Pero, bien, el problema ya no es Vargas, que ha decidido ser, como en el viejo icono de la RCA Victor, la voz del amo y jugar a la cocinita con su amigo Alan García.
El problema para mí, lo que me pone tenso y confundido como oyente y colega es no tener una respuesta para la siguiente pregunta: ¿por qué Augusto y Patricia no se ponen en sus trece, pierden el miedo escénico y hacen, sin miedo, las preguntas que (estoy seguro) quieren hacer?
Está muy bien que don Raúl Vargas quiera terminar sus días de radio como lo está haciendo –si Macera bailó con Fujimori, ¡imagínense!-, pero está mal que lo haga en compañía de dos periodistas respetables.
Patricia, Augusto: ¿pueden ustedes hacer algo? Los estamos viendo y escuchando.
Publicado por César Hildebrandt. Blogger. en 19:50 6 comentarios
viernes 19 de febrero de 2010
Jueces apristas

El juez Raúl Rosales Mora –el de la carátula de “Caretas”- ha dado en el blanco: es la imagen perfecta de la judicatura peruana.
Con un añadido: es la imagen perfecta de la judicatura fraguada en Alfonso Ugarte 1012, el domicilio del APRA.
Hay un antiguo entendimiento, casi venéreo, apasionado siempre, entre el APRA y el poder judicial.
Como desde finales de los años 50 del siglo pasado el APRA no pudo tener novelistas ni poetas –toda su “inteligencia” se fue a la izquierda-, entonces el viejo partido de Haya se dedicó a fabricar jueces. Fabricando jueces, como es sabido, se tiene una clave del poder.
Los hizo en la horma de algunas tradicionales Universidades del norte y, más tarde, según el modelo de la Universidad del Centro, fundada por el APRA de Huancayo y apadrinada desde siempre por don Ramiro Prialé.
Años después, esa Universidad central tuvo un vástago limeño que se llamó “Federico Villarreal”.
Yo deambulé alguna vez por esas aulas y me pasaba el día conversando de poesía y musarañas, mirando a una chica maravillosa que cojeaba y hablando con un español sabio -de los más sabios que conocí- llamado Fermín Valverde, un especialista en sintaxis que había sido cura franquista y que había dejado el Vaticano por una Boliviana que bien valía todas las sotanas del mundo y con quien se casó y fue feliz.
En la Villarreal había una maquinaria que no paraba nunca y esa era la de la Facultad de Derecho, que no cesaba de fabricar abogados dispuestos a todo. Dispuestos a ser jueces, para empezar. A ser jueces en un tiempo en el que ningún abogado de éxito quería ser juez (dada la paga formal que se ofrecía).
Hasta de noche funcionaba “Derecho”, con aulas repletas de angurrientos y profesores de calvas aceitosas y grandes voces que reverberaban con la megafonía.
Eran los tiempos en que el Búfalo Pacheco, embajador plenipotenciario del APRA, reinaba a hebillazo limpio en los patios del “claustro”. Y fue la época en que el decano de Educación, Eugenio Chang, protagonizó un incidente extravagante en la puerta de la facultad.
Sucedió que su esposa lo conminó, a la intemperie, a que tomara una decisión. Y lo hizo no sólo en público sino en presencia de la manzana de la discordia, una señorita que daba la impresión de haber ganado la batalla antes de librarla.
Bueno, de esas usinas villarrealinas del derecho (y de otras con el mismo sello partidario) salieron los jueces como Raúl Rosales Mora: disciplinados, lóbregos, impropios.
Se les veía felices en el palacio de justicia –esa mole afrancesada, ese puterío con citas en latín-,
en su tinta junto a sus secretarios, en su hábitat frente a miles de expedientes cosidos. Parecían haber nacido allí.
Y, desde luego, eran parte de la maquinaria de poder del APRA. Eran parte del otrosí aprista: si votas por mí, no olvides que podrás contar con la benevolencia institucional de nuestros jueces.
Una de las pocas cosas buenas que ocurrió a principios de los 90 fue que se barriera con parte de esa red. Claro, en ese momento nadie imaginó que Fujimori era el gánster que llegaría a ser y que la judicatura aprista sería reemplazada, a la larga, por el Chino Rodríguez Medrano y su banda.
Lo cierto es que en el año 2001, cuando los Rosales Mora fueron restituidos por la transición democrática, pocos repararon en el hecho de que esa reivindicación suponía también el regreso masivo del APRA al poder judicial. Retorno triunfal que hoy conoce su más vicioso resplandor.
De toda esa historia vienen estos gatillos, estos revólveres cargados, estas caras que merecen un prontuario, estas “valentías” de mafioso alanista.
Limpiar el poder judicial: otro punto de la agenda para el 2011.



c.h

García se burla

Alan García se burla de los militares y policías peruanos.
Un bono excepcional e irrepetible de mil soles y un aumento de 100 soles dividido en dos armadas de cincuenta es todo lo que ha podido dar el señor presidente de la república al personal militar y policial que, de comandantes para abajo, esperaba otra cosa.
Si yo fuera el jefe de la Inteligencia Chilena, estaría feliz. No hay nada mejor que un potencial adversario con las tropas maltratadas y desmoralizadas.
Claro que los traidorzuelos a sueldo de diversas embajadas van a salir a decir que lo hecho está bien, que no se puede más, que para qué más.
Y claro que el candidato Bayly aplaudirá la medida de García.
Pero el 5 de abril se viene una gran jornada de protesta y de lucha de los policías.
Y en las Fuerzas Armadas, por más que se pretenda negarlo, el descontento crece como una levadura puesta al horno.
García ha dado esta limosna indigna y ha pateado el tema del reajuste global de remuneraciones para el personal de las fuerzas de seguridad a la cancha del próximo gobierno. De eso se trata el consabido “nombramiento de una comisión...”
No sólo eso: el bono de mil soles y el escuálido aumento saldrán del presupuesto de Defensa, con lo que tendremos menos comisarías, menos cobertura policial, menos equipamiento operativo, menos capacidad disuasiva –aérea, marítima y terrestre- frente a un vecino agresor y rapaz que, cada semana, nos amenaza y nos muestra los bíceps tatuados del matón crónico.
Más todavía: la exclusión del personal retirado es una provocación que movilizará a cientos de miles de exasperados. Que no diga después el gobierno de García que no fue advertido.
García se opuso al bono propuesto por el Congreso. Ahora lo da en versión envilecida y a un costo admitido de 150 millones de soles. Esto demuestra dos cosas: que el Congreso tenía razón cuando planteó un bono de mayor cuantía y que la ministra Aráoz es una analfabeta en matemáticas al señalar que las implicancias presupuestarias en juego bordeaban los cinco mil millones de soles.
Si mil soles de bonificación suponen 150 millones de gasto, pues un bono de dos mil habría llegado a los 300 millones de soles.
¿Por qué no se ha dado un paso tan elemental en estos tiempos de prosperidades y despegues?
Recursos hay, pero al señor García no le da la gana de usarlos “en populismo”. No le da la gana a García ni le da la gana a su entorno empresarial asesor, que ahora vive tranquilo pero que volvería a tocar la puerta de los militares si alguna vez las papas quemaran otra vez y las explosiones sucedieran a las hoces y los martillos brillando en los cerros de Lima.
Se quiere maltratar también a la Fuerza Armada porque García, en el fondo, no ha abandonado el discurso subconsciente del APRA primordial: el heroismo de Arévalo, la intrepidez de Barreto, los sucesos del cuartel O’Donovan, la masacre de Chan Chan, la epopeya popular de Cucho Haya.
Y se la quiere maltratar en materia de equipamiento y modernización porque más de uno, empezando por el presidente de la república, está atento “a no molestar a nuestros hermanos Chilenos”.
Soy de quienes ha luchado durante años para que criminales como el “Comandante Camión” o tenientes como Telmo Hurtado paguen por las atrocidades que cometieron. De mí nadie podrá decir que me corrí a la hora de enfrentar a esa gente y a sus jefes directos -Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos- y don Ricardo Uceda, a pesar de lo que hoy pueda farfullar, puede dar testimonio de cómo un reportaje suyo en torno al paradero de “Comandante Camión” me costó, por decisión de Ivcher y los Winter, la desaparición de la pantalla de “Frecuencia latina”.
De modo que a mí los pobres diablos, salidos de una Costa Rica imaginaria, no me van a decir que las Fuerzas Armadas deben desaparecer.
Ni me van a hacer creer que la derrota de Sendero fue sólo obra del GEIN y la inteligencia policial.
El Perú le debe a las Fuerzas Armadas la devolución de su dignidad salarial y la certidumbre de un auténtico equipamiento (no la farsa siniestra del núcleo básico de defensa).
Gente que sirve al gobierno de Israel –un régimen que desenfunda asesinos por todo el mundo y está militarizado hasta el tuétano- se ha cansado de decirnos que un aumento de los fondos en Defensa “acarreará inevitablemente más corrupción”.
Pues allá ellos. Ellos deben ser expertos en corrupción porque sirvieron, como ministros, a un régimen encabezado por alguien que se caía de borracho en el “Chifa Real” y se caía de patético cuando hacía sus componendas para ver si se quedaba con América Televisión.
No todo es corrupción. Que alguien quiera comprar portatropas sobrevaluadas no significa que le paguemos doscientos dólares a un policía que está expuesto a jugarse el pellejo en cualquier esquina. Ni que tengamos a los militares, de comandantes para abajo, con sueldos de sobrevivencia y hospitales en crisis.
Peores que un eventual intento de cutra en una compra de ministerio del Interior eran los tiempos en que PPK hacía negocios con Kiko siendo primer ministro.
Lo cierto es que la Fuerza Armada no está equipada ni para defendernos elementalmente de un conato de agresión (ya no hablo de una guerra).
Y lo cierto también es que, aunque nos duela, aunque no sea “correcto”, aunque cueste decirlo, Luis Giampietri ha tenido la razón de su parte en todo este episodio.
“Que los que tenemos algo mejoremos la vida de los que nada tienen”, dijo un García modestísimo (modestísimo con el cálculo de sus bienes no bien habidos, o sea todos) refiriéndose a la necesidad de mantener “un alto presupuesto social”.
¿Y la seguridad interna? ¿Y la defensa de nuestra integridad territorial? ¿Qué puestos ocupan esos dos rubros en las escogencias presupuestales del presidente de la república?
Que las Fuerzas Armadas y policiales sepan que una inmensa mayoría está con ellas.
Nadie quiere privilegios ni castas cuartelarias. Lo que cualquier peruano de buena fe desea es una plena reconciliación de la sociedad con sus uniformados. Y para eso no basta un “Lugar de la memoria”. Para eso también es necesario encarar el presente.

---------------------------------------------

Posdata: la lucha que algunos libramos en contra del llamado “proyecto Collique” ha tenido un primer resultado. El gobierno ha tenido que dar marcha atrás y, para mantener las formas, ha debido apelar a una serie de enredados argumentos jurídicos. Pero esta batalla ganada no quiere decir que la guerra haya terminado. Lo que ahora se teme es que, dentro de algún tiempo, García vuelva a las andadas y le entregue a Graña y Montero y Odebrecht, sus íntimos colaboradores, la megaconstrucción de cien mil viviendas en esa misma zona. Algo de eso parece estar, entre líneas, en el raro comunicado de “Proinversión”. Habrá que estar vigilantes.


Publicado por César Hildebrandt

Lo que otros no saben

Autor: Jaime Bayly



No exagero si digo que esta ha sido una de las semanas más intensas de mis casi cuarenta y cinco años de vida.

El domingo pasado se presentó en mi programa “El Francotirador” una amiga íntima, Silvia, que dejó la universidad para atreverse a escribir ficciones y que publicará muy pronto su primera novela, Lo que otros no ven, editada por Mesa Redonda.

El programa fue grabado para que alcanzara a tomar el vuelo a Bogotá esa medianoche. Cuando me encontraba en el taxi camino al aeropuerto de Lima, mi fiel amiga Ximena, la productora del programa, me dijo que debía cortarle dos minutos. Corta lo que quieras, le dije, pero no nos pasemos de tiempo.

Ximena decidió cortar los dos minutos en que habíamos mostrado en el programa una foto melancólica y hermosa de Luisito, mi amigo argentino, mientras yo decía que si bien quería mucho a Silvia, también seguía queriendo y amando a Luisito y que le enviaba besos y abrazos y que le agradecía por entender que las leyes del deseo y del amor a veces se entrecruzan, se entreveran, se yuxtaponen y superponen, y no por querer a una persona uno deja de querer a otra, y se puede querer mucho y muy genuinamente a ambas personas al mismo tiempo.

Esos dos minutos fueron mutilados y al día siguiente Luisito en Buenos Aires vio el programa y se sintió ofendido, dolido, humillado, porque yo había llevado a la televisión a una amiga muy querida y no había siquiera mencionado lo mucho que lo he querido y lo sigo queriendo estos últimos siete años en que él ha enriquecido mi vida con su amistad.

Comprensiblemente furioso y a la vez decepcionado de mí, Luisito renunció a trabajar como uno de los productores periodísticos de mi programa en la cadena de noticias NTN, que presento de lunes a viernes desde Bogotá, y me dijo que le parecía cobarde y oportunista lo que yo había hecho en televisión, pues pensaba que, por razones de puro cálculo político, por mi ambición desmesurada de querer ser presidente del Perú, había querido mostrar a una amiga íntima, ocultando o soslayándolo a él, mi muy querido amigo, y tratando de deslizar de contrabando la idea tramposa de que ya no era más bisexual, como lo he sido desde que conocí las leyes ingobernables del deseo y como sigo siendo y, desde luego, seguiré siéndolo hasta que muera.

Le rogué a Luisito que viniera al programa ayer domingo para que no se sintiera discriminado y para que tuviera la misma oportunidad o la misma tribuna o el mismo espacio que tuvo Silvia para contar nuestra bella historia de amistad y compañerismo y le aseguré que durante el programa con Silvia le había dicho que lo seguía amando y que había mostrado una foto suya muy linda, en la que salía guapo y con aire ensimismado, pero él me dijo que ya tenía planes para este pasado fin de semana: ir al concierto de Beyonce y luego manejar a Mar del Plata a pasar un fin de semana en la playa con sus mejores amigas.

Entretanto, Silvia fue expulsada del departamento de sus padres, que no le perdonaron su precoz ambición de ser una escritora y su coraje para venir a la televisión a contar que nos unía una curiosa e improbable amistad en la que no estaba del todo exenta el deseo, pero sobre todo la complicidad en darle forma a su sueño de publicar su primera novela, Lo que otros no ven. Silvia tuvo que mudarse a un hotel que Ximena le consiguió generosamente.
Desde luego, no fueron días fáciles para ella porque, tan pronto como apareció en mi programa, perdió ese tesoro inestimable que es el discreto anonimato, la libertad de salir a caminar por la calle sin que nadie sepa quién eres, y se convirtió, como era lógico suponer que ocurriría, en un personaje al que la prensa peruana quería conocer y cuyo pasado quería escudriñar y cuyos más recónditos secretos familiares, íntimos y amorosos quería revelar con urgencia. Ella había elegido libremente arrojarse a volar en el cielo en que vuelan los famosos con paracaídas o con parapente o a veces en caída libre, pero le parecía que su paracaídas no se abría, no se abriría nunca, y que acabaría machucada y despanzurrada en brutal colisión contra el cochino piso de Lima.

Silvia pasó unos días atroces, mucho peores que los míos ciertamente, no sólo porque sus padres le dieron la espalda y la echaron a la calle, sino porque muchos de sus amigos y amigas le dijeron que estaba loca y la dejaron aturdida, triste y confundida. Peor aún, como ella había repartido el manuscrito de su novela entre las cuatro o cinco editoriales de Lima, y la menor de esas editoriales, Mesa Redonda, le había comprado la novela y se había comprometido a publicarla, ocurrió que alguno de los editores que poseía el manuscrito (pero no los derechos de difusión sobre esa novela) se lo entregó a un programa de televisión conducido por dos talentosos escritores, quienes leyeron algunos de los fragmentos más escandalosos o morbosos de la novela sin tener derecho de hacer tal cosa y en abierta violación de la propiedad intelectual que el editor y la escritora tenían sobre dicha novela inédita.

Como era previsible, Silvia se sintió violada, manoseada, ultrajada, sintió que no había derecho de que difundieran su novela inédita sin su autorización y la de su editor y se pasó tres días vomitando y pensando que ya nada tenía sentido y que su sueño había terminado en una pesadilla.
Los editores y Silvia nos pidieron consejo a mi abogado y a mí sobre la conveniencia de enjuiciar a los dos escritores talentosos que habían difundido sin permiso, ilegalmente, el contenido inédito de una novela, algo que a ellos ciertamente no les hubiera gustado que hicieran con libros de su autoría. Mi abogado y yo les aconsejamos que no enjuiciaran a los dos escritores que leyeron sin permiso partes de la novela. El juicio, de plantearse, debía llevarse a Indecopi, y podía durar un año o más, y ni siquiera era seguro que el fallo les diese la razón a quienes sentían que sus derechos de propiedad habían sido violados, puesto que, al parecer, al leer los fragmentos de la novela, se habían cuidado de mencionar que podía ser o no ser la novela de Silvia, pues lo habían puesto entre signos de interrogación o usando el condicional. Mi consejo fue y sigue siendo: no los enjuicien: a veces el mejor juicio no es el que se gana sino el que se evita: miren cínicamente todo esto y comprendan que es promoción para la novela y salgan pronto con Lo que otros no ven. Espero que los editores de Mesa Redonda y la escritora de la novela me hagan caso y no pierdan su tiempo en un juicio largo, farragoso y probablemente inútil y concentren sus energías en lanzar la novela del mejor modo posible.

Para terminar, la madre de mis hijas, que estaba en Ginebra, me dio una conmovedora lección de inteligencia, nobleza y amor. No solo no le molestó la entrevista que le hice a Silvia el domingo pasado. Me escribió felicitándome, elogiando la entrevista tan audaz y divertida y diciéndome que me seguía queriendo igual que siempre y que contase con su amistad indeclinable y su complicidad en este viaje en el que estamos juntos hasta el final. Nunca he admirado y amado tanto a Sandra como estos días. El modo noble y sabio en que entendió las curiosas ramificaciones del amor y me renovó su amistad en estos días contrariados me demostró lo que ya sabía desde que la conocí: Sandra Masías es el gran amor de mi vida, la mujer a la que más he amado y a la que amaré siempre, y la primera, primerísima dama de mi vida, gane o pierda las elecciones.

Sigo queriendo a Silvia y animándola y alentándola a persistir en su cruzada quijotesca de ser una escritora. Sigo queriendo y amando a Luisito, mi amigo argentino, y lo llevaré siempre en el corazón y, por supuesto, no por querer a Silvia he dejado de ser bisexual ni de querer al adorable Luisito. Pero, sobre todo, después de una semana tan encrespada en el mar del amor en el que a veces sientes que te ahogas, me conmovió ir ayer al aeropuerto de Lima a buscar a Sandra, que llegaba de Ginebra, y abrazarla y besarla y sentir que estos días me ha dado una inolvidable lección de amor. Gracias, Sandra. Todavía me sorprende descubrir cuán refinada es tu inteligencia y cuánto amor cabe en tu corazón.

Buscando primera dama

Autor: Jaime Bayly


Lo que no te mata te hace más fuerte, o eso es lo que dicen.
Como estoy acostumbrado a recibir golpes desde niño, creo que he desarrollado una cierta destreza para encajar los golpes sin perder la calma y una cierta aptitud para devolverlos con cinismo en el momento apropiado.

No quiero que esto suene amenazante ni bravucón, pero los que creen que despreciándome o injuriándome me van a derrotar fácilmente tal vez subestiman mi largo historial de combatiente precoz y superviviente de batallas encarnizadas.

Yo no peleo con las manos o los pies, no poseo coraje ni pericia para tales técnicas o artimañas de combate. Yo peleo con las palabras, las que digo y las que escribo. Las palabras son proyectiles de grueso calibre que, disparadas con puntería, son capaces de abrir orificios en los cuerpos de mis enemigos y dejarlos malheridos, exánimes.

No hablaré ahora de mis enemigos políticos, mi técnica es dejar que me subestimen y me ataquen y luego yo respondo, respondo siempre y con toda la ironía que habita en mí. Cuanto más me menosprecien y más fango me arrojen, peor parados quedarán esos pendencieros aficionados después de la refriega, ya verán. No saben que he peleado con bestias salvajes y he logrado doblegarlas y liquidarlas. Soy un viejo gladiador y un francotirador de pulso firme y entrenada paciencia.

Esta semana he recibido algunos golpes que vinieron del campo personal, de la zona de la intimidad, un ámbito que tal vez había descuidado porque me hallaba ocupado repeliendo a mis enemigos políticos, que no son pocos y tienden a multiplicarse, siguiendo las instrucciones de su jefe, La Ballena Asesina.

El primer golpe me lo arrojó caprichosamente un amigo en el bar de un hotel en Bogotá. Perdió la calma, dijo cosas destempladas, dejó la ensalada a medio comer y anunció que se volvía de inmediato a Buenos Aires porque no me soportaba más. Lo que yo no soportaba más era que me despertase a toda hora un perro ruidoso del edificio, y por eso me volví al hotel y dejé a mi amigo solo en el departamento. Mi amigo tomó tal mudanza como una humillación, cuando era sólo una medida desesperada para conseguir dormir sin las odiosas interrupciones caninas.

Para evitar que mi amigo devenido enemigo volviese a Buenos Aires con el rostro torcido por el despecho, invité a una de sus amigas a Bogotá y la alojé en el departamento del que yo había huido. Fue una decisión repentina y por lo visto eficaz, que consiguió calmar la histeria de mi amigo y posponer su partida. Acompañado de ella, se sintió menos desdeñado o abandonado y se dedicaron a comprar ropa o peor aún a pedir ropa prestada o regalada en tiendas de lujo.

El segundo golpe fue el más doloroso y pude habérmelo ahorrado de haber sido prudente. Pero la prudencia, ya se sabe, no es virtud que adorne mi conducta. Pensando en el programa de televisión del domingo en Lima, le pedí a mi ex esposa y madre de mis hijas que me diera una entrevista. El propósito era simple: que ella dijera que veía con simpatía mis ambiciones políticas y que, ante mis ruegos, accediera a ser mi primera dama, si fuera el caso de que llegase a ganar las elecciones. Pensé que una entrevista en esos términos cordiales no podía sino ser de beneficio para ambos, puesto que dejaríamos en evidencia que a pesar de habernos divorciado hace años seguíamos preservando la amistad y el respeto, y al mismo tiempo no me cabía duda de que la audiencia disfrutaría conociendo a la inescrutable mujer que me dio dos hijas y ahora confesaba que apoyaba mis emprendimientos políticos, al punto que, de ser el caso, se manifestaba dispuesta a ser mi primera dama.

Desde luego, yo no olvidaba que ella ya me había rechazado dos invitaciones al programa, ambas con ocasión del día de la madre, pero esta vez estaba seguro de que me acompañaría en la aventura y no tendría temor, reticencia o reparos en salir conmigo en televisión y presentarse como mi primera dama, una primera dama de la que, huelga decirlo, me sentiría muy orgulloso.

Sin embargo, y sin tomarse mucho tiempo para pensarlo, me dijo que no quería venir al programa porque le daba miedo y porque le parecía prematuro apoyar una candidatura como la mía, que era todavía una intención entusiasta pero no una realidad. Dejémoslo para más adelante, me dijo, pero yo sentí que más adelante sería nunca y que si bien en privado ella me animaba a entrar a batirme con los gladiadores políticos, no quería dar ninguna señal pública de que me acompañaba en la desigual batalla por el poder.

Bien, me dije, así están las cosas: tu mejor amigo no es capaz de entender que has vuelto al hotel para dormir bien y tu ex esposa no es capaz de hacer el pequeño esfuerzo de ir a la televisión a decir que se sentiría honrada de ser tu primera dama.

Duele, pero pasará, pensé. Improvisa, me dije. Si en algo eres bueno, es improvisando, esquivando golpes y devolviéndolos con una sonrisa mansa y beatífica que confunde al adversario más sañudo.

Ya con mi amigo veleidoso había improvisado sagazmente al traerle a su amiga con aires de diva desde Buenos Aires, una maniobra de distracción que evitó que la tensión escalase y los golpes nos hicieran sangrar.

Dolido y humillado por el desaire de mi ex esposa, improvisé una venganza que me parecía tan eficaz como divertida. Si ella no quería ser mi primera dama, me vería en la obligación de buscarme otra dama (una segunda dama, digamos, o una dama suplente) y presentarla en el programa.

Por eso le escribí un correo a Lucía preguntándole si estaba dispuesta a venir al programa y responder a mi invitación a ser mi primera dama en caso de llegar a la presidencia (se puede alegar con fundamento que a esas alturas estaba alucinando, pero resulta que no sé vivir sin echar a volar la fantasía y sin convencerme de que los sueños quijotescos son posibles si peleo por ellos con bravura).

Lucía, mi chica, mi amante furtiva, la mujer en la que pienso cuando me procuro ciertos placeres solitarios, me respondió que vendría encantada al programa y que diría que estaba dispuesta a votar por mí y que eso de ser mi primera dama se lo pensaría, pero que en principio le parecía un coñazo.
Le dije que la amaba porque era una loca suicida del carajo.
Me dijo que ella también se tocaba pensando en mí.

Estupendo, pensé. Será un programa memorable, divertido, y de paso me vengaré del desaire que me infligió mi ex esposa.

Mi fiel amiga y productora del programa me advirtió que la idea le parecía de alto peligro y consecuencias catastróficas, pero ignoré sus advertencias y le dije que, ante todo, debíamos recordar que nuestra misión era entretener al público los domingos, y presentar a mi amante en televisión no podía resultar siendo aburrido.

En vísperas de viajar a Lima a consumar ese acto vengativo y al mismo tiempo juguetón, cometí la imprudencia de irme de boca y contarle a mi amigo (mientras su amiga dormía sedada) que mi ex esposa había rechazado me invitación al programa (“me arrecha, me arrecha, me ha rechazado”) y que, en su ausencia, había tramado la maldad de invitar a Lucía, mi chica.

No sabría decir si mi amigo odia más a mi ex esposa o a Lucía. No podría medir la intensidad sísmica de su odio. Lo cierto es que las odia a ambas y las odia sin tregua y a una la llama loca y a la otra la llama arribista y trepadora. Debido a eso, me dijo que le parecía una bajeza y una traición que las hubiese invitado a ellas al programa y no a él, que era mi amigo íntimo hacía no sé cuantos años, creo que siete.

Pero tú no puedes ser mi primera dama porque no eres una dama, le dije, sorprendido.

Eres un homofóbico, me dijo él, iracundo. Muestras a tus mujeres, pero a mí me escondes porque te doy vergüenza, añadió, replegado en un mohín.
No te escondo, le dije. Si quieres ven una noche al programa y cuentas que eres mi amigo gay y mi amante ocasional. Pero no puedo pedirte que seas la primera dama del Perú porque se vería ridículo, grotesco.

Jódete en ese país de mierda, me espetó. Ojalá seas presidente para que seas muy infeliz, me dijo.

Consideré oportuno batirme en retirada y no contestar sus insidias.
De regreso en el hotel, leí algo que me había escrito Lucía: “Mi novela saldrá en abril y quiero salir calata en mi foto de la contraportada”.
Esta chica tiene condiciones para ser mi primera dama, pensé, y luego le escribí diciéndole que me encantaría hacerle las fotos desnuda. Para mi sorpresa, aceptó.


La descomposición del Consejo de la Magistratura

Si bien algunas de sus decisiones son constitucionalmente inimpugnables, es inadmisible el tratamiento que aplica en el nombramiento de magistrados


A unque no es la primera vez que el Consejo Nacional de la Magistratura (CNM) se sumerge en vergonzosos y grotescos escándalos, las graves denuncias formuladas en su contra en las últimas semanas no tienen parangón ni excusa. Se evidencia con total crudeza el grado de descomposición institucional en que se encuentra una de las entidades más importantes del sistema judicial.

Nuestro Diario, que ha cumplido con fundamentar gran parte de las últimas denuncias y otras producidas en años anteriores, tiene que reiterar lo que es una exigencia a voces: que el Congreso inicie de inmediato el camino a la reforma del CNM, que por todo lo que viene ocurriendo en su seno, no está en condiciones de garantizar la eficiencia y ética de la administración de justicia en el Perú.

Uno de esos lastres radica en la consabida y perniciosa intromisión política que deben hacer frente el Poder Judicial, en general, y el CNM, en particular. Se trata, sin duda, de un mal antiguo, producto de las dependencias presupuestales y no presupuestales que históricamente ha padecido la administración de justicia peruana, pero que ahora se ha hecho más intensa, evidente e incluso descarada, al punto que uno de los miembros del CNM acaba de reconocer que efectivamente existen presiones políticas que flaco favor hacen a la transparencia e imparcialidad que debe caracterizar la función jurisdiccional.

Ante esto, bien vale recordar por qué y para qué nació el CNM. Si bien estaba presente en la Constitución de 1979, fue al amparo de la Carta Constitucional de 1993 que se buscó cambiar sus atribuciones y estructura para despolitizar la elección de jueces y fiscales, impedir que sean digitados por los poderes Ejecutivo y Legislativo, y garantizar que la sociedad civil —representada por colegios profesionales, diferentes al de abogados, y las universidades— participara en ese proceso.

Después de 17 años de esas modificaciones, hay que someter a evaluación al propio consejo e identificar sus aportes y omisiones a la administración de justicia, después del nefasto fujimorato, los gobiernos de Paniagua y Toledo, y en el actual.

En principio, hoy es claro que su actual configuración ha sido rebasada, y debe ser reemplazada por otra igualmente constitucional, capaz de impedir que las altas esferas del poder de turno o sus circunstanciales allegados se entrometan directa o indirectamente en el proceso de selección, evaluación, ratificación y sanción de los magistrados peruanos.

Tampoco la participación de los colegios profesionales ha sido ejemplar: la infiltración política es mayor a su independencia y la corrupción, superior al compromiso ético. Así lo demuestran los dos casos denunciados por El Comercio: el del consejero Efraín Anaya, representante del Colegio de Enfermeros, acusado con evidencias de haber pedido “favores económicos” a un magistrado a cambio de apoyarlo para que alcance una plaza en el reciente concurso de fiscales y vocales supremos. ¡Qué decir del fiscal destituido y denunciado penalmente, pero admitido como evaluador del CNM, con la venia del resto de integrantes de la comisión de nombramiento!

A estas alturas, bien vale preguntarse qué otras irregularidades no denunciadas se habrán perpetrado en ese proceso, herido de muerte, viciado y que por equidad debe ser suspendido de manera definitiva.

Además, hay un problema en el modus operandi del CNM. Si bien algunas de sus decisiones son constitucionalmente inimpugnables, es inadmisible el tratamiento que aplica en el nombramiento de magistrados, así como su abdicación para ceder a terceros la calificación de jueces y fiscales. Esto abre demasiadas suspicacias, sospechas y falta de credibilidad en el sistema judicial, como ha sucedido en el caso del destacado fiscal Avelino Guillén, de impecable desempeño profesional y moral, inexplicablemente desaprobado en el mencionado concurso.

Por todo esto, y mientras los poderes del Estado se deciden a iniciar la ineludible reforma del Consejo Nacional de la Magistratura, deben hacerse los controles de daños necesarios, en defensa de la institucionalidad, el Estado de derecho y la democracia, para convertirnos en un país cuya administración de justicia realmente ofrezca garantías.



EL COMERCIO

"El arte de mecer", un sabroso artículo de Mario Vargas Llosa

El laureado escritor cuenta cómo una empresa se demoró más de un año para instalar una chimenea en su casa de Barranco


Esta mañana, a la hora del almuerzo, escuché a mi hija Morgana contar los cuentos que les cuenta, a ella y a Stefan, su marido, la compañía de Cable Mágico para justificar su demora en instalarles el sistema de televisión por cable. Les juran que irán esta tarde, mañana, mañana en la tarde, y nunca van. Hartos de tanto cuento, han decidido pasarse a la competencia, Direct TV, a ver si es más puntual.

Lo ocurrido a Stefan y Morgana me ha tenido varias horas recordando la maravillosa historia de Ventilaciones Rodríguez S.A. que viví y padecí cerca de doce meses, aquí en Lima, hace la broma de treinta años. Nos habíamos comprado una casa en el rincón de la ciudad que queríamos, frente al mar de Barranco, y un arquitecto amigo, Cartucho Miró Quesada, me había diseñado en toda la segunda planta el estudio de mis sueños: estantes para libros, un escritorio larguísimo de tablero muy grueso, una escuadra de sillones para conversar con los amigos, y una chimenea junto a la cual habría un confortable muy cómodo y una buena lámpara para leer.

Las circunstancias harían que la pieza más memorable del estudio fuera, con el tiempo y por imprevistas razones, la chimenea. Era de metal, aérea y cilíndrica y Cartucho la había diseñado él mismo, como una escultura. ¿Quién la fabricaría? Alguien, tal vez el mismo Cartucho, me recomendó a esa indescriptible empresa de apelativo refrigerado: Ventilaciones Rodríguez S.A. Recuerdo perfectamente aquella tarde, a la hora del crepúsculo, en que su propietario y gerente, el ingeniero Rodríguez, compareció en mi todavía inexistente estudio para firmar el contrato. Era joven, enérgico, hablador, ferozmente simpático. Escuchó las explicaciones del arquitecto, auscultó los planos con ojos zahoríes, comentó dos o tres detalles con la seguridad del experto y sentenció: “La chimenea estará lista en dos semanas”.

Le explicamos que no debía apurarse tanto. El estudio solo estaría terminado dentro de mes y medio. “Ese es su problema”, declaró, con un desplante taurino. “Yo la tendré lista en quince días. Ustedes podrán recogerla cuando quieran”.

Partió como una exhalación y nunca más lo volví a ver, hasta ahora. Pero juro que su nombre y su fantasma fueron la presencia más constante y recurrente en todos los meses sucesivos a aquel único encuentro, mientras el estudio se acababa de construir y se llenaba de libros, papeles, discos, máquinas de escribir, cuadros, muebles, alfombras, y el hueco del techo seguía allí, mostrando el grisáceo cielo de Lima y esperando a la chimenea que nunca llegaba.

Mis contactos con Ventilaciones Rodríguez S.A. fueron intensos, pero solo telefónicos. En algún momento yo llegué a contraer una pasión enfermiza por la secretaria del ingeniero Rodríguez, a quien tampoco nunca vi la cara ni conocí su nombre. Pero recuerdo su voz, sus zalamerías, sus pausas, sus inflexiones, su teatro cotidiano, como si la hubiera llamado hace media hora. Hablar con ella cada mañana, los cinco días hábiles de la semana, se convirtió en un rito irrompible de mi vida, como leer los periódicos, tomar desayuno y ducharme.

“¿Qué cuento me va usted a contar hoy día, señorita?”, la saludaba yo.

Ella nunca se enojaba. Tenía la misma irresistible simpatía de su jefe y, risueña y amable, se interesaba por mi salud y mi familia antes de desmoralizarme con el pretexto del día. Confieso que yo esperaba ese instante con verdadera fascinación. Jamás se repetía, tenía un repertorio infinito de explicaciones para justificar lo injustificable: que pasaban las semanas, los meses, los trimestres y la maldita chimenea nunca llegaba a mi casa. Ocurrían cosas banales, como que el señor de la fundición caía preso de una gripe con fiebres elevadas, o verdaderas catástrofes como incendios o fallecimientos. Todo valía. Un día, que yo había perdido la paciencia y vociferaba en el teléfono como un energúmeno, la versátil secretaria me desarmó de esta manera:

“Ay, señor Vargas Llosa, usted riñéndome y amargándose la vida y yo desde aquí estoy viendo el cielo, le digo”.

“¿Cómo que viendo el cielo? ¿Qué quiere usted decir?”

“Que se nos ha caído el techo, le juro. Anoche, cuando no había nadie. Pero no es ese accidente lo que me da más pena, sino haber quedado mal con usted. Mañana le llevamos su chimenea sin falta, palabra”.

Un día tuvo la extraordinaria sangre fría de asegurarme lo siguiente:

“Ay, señor Vargas Llosa, usted haciéndose tan mala sangre y yo viendo desde aquí su chimenea linda, nuevecita, partiendo en el camión que se la lleva a su casa”.

Mentía tan maravillosamente bien, con tanto aplomo y dulzura, que era imposible no creerle. Al día siguiente, cuando la llamé para decirle que no era posible que el camión que me traía la chimenea se demorara más de veinticuatro horas en llegar de la avenida Colonial de Lima hasta Barranco (no más de diez kilómetros) se sobrepasó a sí misma, asegurándome en el acto, con acento afligido y casi lloroso:

“Ay, usted no se imagina la desgracia terrible que ocurrió: el camión con su chimenea chocó y ahora el chofer está con conmoción cerebral en el Hospital Obrero. Felizmente, su chimenea no tuvo ni un rasguño”.

La historia duró más de un año. Cuando la chimenea llegó por fin a la casa de Barranco ya casi nos habíamos acostumbrado al hueco del techo por el que, un día, una paloma distraída se extravió y aterrizó en mi escritorio. Lo más divertido —o trágico— del final de este episodio fue que a la chimenea bendita solo pudimos usarla una sola vez. Con resultados desastrosos: el estudio se llenó de humo, todo se ensució y yo tuve un comienzo de asfixia. Nunca más intentamos encenderla.

Aquella secretaria mitológica de Ventilaciones Rodríguez S.A. era una cultora soberbia de una práctica tan extendida en el Perú que es poco menos que un deporte nacional: el arte de mecer. “Mecer” es un peruanismo que quiere decir mantener largo tiempo a una persona en la indefinición y en el engaño, pero no de una manera cruda o burda, sino amable y hasta afectuosa, adormeciéndola, sumiéndola en una vaga confusión, dorándole la píldora, contándole el cuento, mareándola y aturdiéndola de tal manera que se crea que sí, aunque sea no, de manera que por cansancio termine por abandonar y desistir de lo que reclama o pretende conseguir. La víctima, si ha sido “mecida” con talento, pese a darse cuenta en un momento dado de que le han metido el dedo a la boca, no se enoja, termina por resignarse a su derrota y queda hasta contenta, reconociendo y admirando incluso el buen trabajo que han hecho con ella. “Mecer” es un quehacer difícil, que requiere talento histriónico, parla suasoria, gracia, desfachatez, simpatía y solo una pizca de cinismo.

Detrás del “meceo” hay, por supuesto, informalidad y una tabla de valores trastocada. Pero, también, una filosofía frívola, que considera la vida como una representación en la que la verdad y la mentira son relativas y canjeables, en función, no de la correspondencia entre lo que se dice y lo que se hace, entre las palabras y las cosas, sino de la capacidad de persuasión del que “mece” frente a quien es “mecido”. En última instancia, la vida, para esta manera de actuar y esta moral, es teatro puro. El resultado práctico de vivir “meciendo” o siendo “mecido” es que todo se demora, anda mal, nada funciona y reinan por doquier la confusión y la frustración. Pero esa es una consideración mezquinamente pragmática del arte de mecer. La generosa y artística es que, gracias al meceo, la vida es pura diversión, farsa, astracanada, juego, mojiganga.

Si los peruanos invirtieran toda la fantasía y la destreza que ponen en “mecerse” unos a otros, en hacer bien las cosas y cumplir sus compromisos, este sería el país más desarrollado del mundo. ¡Pero qué aburrido!



EL COMERCIO

Después de Doe Run, quién salvará a La Oroya

Finalmente, y de manera por demás merecida, la Sociedad Nacional de Minería, Petróleo y Energía (SNMPE) ha procedido a expulsar de sus filas a la estadounidense Doe Run, por la falta de voluntad que esa empresa reiteradamente ha mostrado para solucionar sus problemas y cumplir compromisos adquiridos con el país, sus trabajadores, acreedores, proveedores y sobre todo la comunidad, víctima directa del daño ecológico que generan sus actividades de procesamiento de metales.

Tal vez esta censura debió cumplirse antes. Si bien Doe Run empezó a operar en el Complejo Metalúrgico de La Oroya, en 1997, y en la mina Cobriza de Huancavelica, en 1998, en los últimos años ha faltado permanentemente obligaciones que son vitales.

En el 2001 anunció un agresivo plan de reforestación, pero en el 2005 solicitó al Ministerio de Energía y Minas una primera prórroga, que se le concedió al año siguiente. Desde entonces, ha venido postergando el Programa de Adecuación y Manejo Ambiental (PAMA), pese a su relevancia para enfrentar esa especie de agonía que padece La Oroya y que la convierte en una de las 10 ciudades más contaminadas del mundo, con niveles insoportables de azufre en la atmósfera y enormes daños colaterales al sistema ambiental de la sierra central.

Según la SNMPE, Doe Run ha ejecutado el 52% del plan ambiental, pero aún debe invertir 160 millones de dólares más para adecuarse a estándares socioambientales que se niega a desembolsar, aduciendo miles de excusas. Lo mismo sucedió en el 2005, cuando sostuvo que la competencia china le había causado complicaciones financieras y que los problemas ambientales habían superado sus expectativas. Luego, fue la crisis financiera internacional, entre otras excusas.

A estas alturas, lo que el país demanda de manera prioritaria es que Doe Run simplemente abandone el país, aun cuando haya sometido a sus trabajadores a un nefasto círculo vicioso, que los lleva a soportar el paulatino deterioro de su calidad de vida porque la planta de procesamiento es el único trabajo que conocen.

En segundo lugar, el Gobierno tiene que hallar una salida producto de una alianza estratégica con el sector privado. Parafraseando al economista Michael Porter, el desarrollo del Perú solo será posible si el Perú eleva su competitividad. Y para dar ese salto, “el sector empresarial y el Gobierno deben colaborar para ayudar a crecer a todas las industrias existentes y emergentes”.

Al respecto, resulta atendible la propuesta del presidente de la Confiep, Ricardo Briceño, de reconvertir La Oroya en una ciudad industrial. Además, podría estudiarse la aplicación de la ley que exonera del pago del Impuesto a la Renta (IR) a las actividades económicas realizadas en localidades ubicadas por encima de los 2.500 metros sobre el nivel del mar. Además del grave daño ecológico, no olvidemos que en La Oroya subyace un enorme problema social latente que corresponde al Estado atender con el concurso del empresariado y la sociedad civil.

Así como el Perú ha avanzado en el proceso de respetar los contratos con las empresas extranjeras, también tiene que exigir que estas cumplan con lo pactado, más aun cuando en riesgo está la vida de toda una ciudad y sus recursos ambientales.



EL COMERCIO