He visto la película “La teta asustada” de Claudia Llosa. Gran película. La opinión prevaleciente es favorable. Trata sobre la huella dolorosa que aún perdura en el subconsciente de los campesinos pobres del Perú como secuela de la guerra en la que nos empeñamos para librarnos de la lógica de muerte de Sendero Luminoso. Hay a quienes no les ha gustado. Están preocupados sobre los efectos negativos que podría tener en un potencial turista europeo, allá ellos. La directora levanta imágenes, como quien levanta la voz, para protestar contra la violencia sexual que casi siempre exudan los campos de batalla -en el mundo entero y no sólo en el Perú- cuando “personal civil”, como dicen los partes militares, resulta atrapado en áreas marcadas en sus mapas como zonas de combate. Pienso que siendo este el nudo central del filme, hay otro tema que resulta tratado en éste con igual acierto; recuerden que el arte es polisémico (varias interpretaciones posibles): Es la epopeya de la integración de los migrantes andinos al universo limeño. Proceso tan heroico como dramático, triste como lúdico, pero siempre pleno de vida y esperanza.
En el sistema de las artes, cada una tiene medios específicos y propios. En la cinematografía, que no es novela ni poesía, la historia se “cuenta” visualmente, y, por este artificio de filmación, alrededor de la historia central resultan registradas otras historias que la contextualizan y cobran vida propia. Sostengo que en “La teta asustada” discurre una segunda historia que acompaña la explicación de la papa en la vagina de Fausta, en realidad la sitúa: es el proceso de urbanización limeño y, por extensión, peruano.
La película muestra, en secuencias de calidad excepcional, la naturaleza de una frontera dual, colisión y mezcla, entre la cultura limeña burguesa y la campesina migrante. Ambos mundos sufren y se enriquecen en este contacto intersideral. Fausta produce, naturalmente, melodías maduradas en la pena. Aída, la patrona, sufre una sequía creativa en la seguridad de su mundo burgués. Aída escucha, aprecia y se apropia de ellas para triunfar sola, sin Fausta. En el triunfo ambas sonríen por separado. Fausta sonríe al final, porque sabe que ha preñado con su arte al mundo de su patrona.
La frontera entre unos y otros que muestra la película, no es el muro de Berlín, tampoco el de Tijuana. Son las escaleras que ha construido el alcalde, el eriazo que separa los barrios formales de los barrios pobres. Al otro lado, están las barriadas que muchos limeños quieren soslayar, pero no los políticos, quienes saben que sólo en los mundos esperanzados es posible cosechar votos.
“La teta asustada” aporta al conocimiento de Lima tanto o mejor que un ensayo de sociología urbana. Vayan al cine, la película los capturará desde los primeros cuadros, después la recordarán con un sabor complejo, ambivalente pero no serán indiferentes a ella.
En el sistema de las artes, cada una tiene medios específicos y propios. En la cinematografía, que no es novela ni poesía, la historia se “cuenta” visualmente, y, por este artificio de filmación, alrededor de la historia central resultan registradas otras historias que la contextualizan y cobran vida propia. Sostengo que en “La teta asustada” discurre una segunda historia que acompaña la explicación de la papa en la vagina de Fausta, en realidad la sitúa: es el proceso de urbanización limeño y, por extensión, peruano.
La película muestra, en secuencias de calidad excepcional, la naturaleza de una frontera dual, colisión y mezcla, entre la cultura limeña burguesa y la campesina migrante. Ambos mundos sufren y se enriquecen en este contacto intersideral. Fausta produce, naturalmente, melodías maduradas en la pena. Aída, la patrona, sufre una sequía creativa en la seguridad de su mundo burgués. Aída escucha, aprecia y se apropia de ellas para triunfar sola, sin Fausta. En el triunfo ambas sonríen por separado. Fausta sonríe al final, porque sabe que ha preñado con su arte al mundo de su patrona.
La frontera entre unos y otros que muestra la película, no es el muro de Berlín, tampoco el de Tijuana. Son las escaleras que ha construido el alcalde, el eriazo que separa los barrios formales de los barrios pobres. Al otro lado, están las barriadas que muchos limeños quieren soslayar, pero no los políticos, quienes saben que sólo en los mundos esperanzados es posible cosechar votos.
“La teta asustada” aporta al conocimiento de Lima tanto o mejor que un ensayo de sociología urbana. Vayan al cine, la película los capturará desde los primeros cuadros, después la recordarán con un sabor complejo, ambivalente pero no serán indiferentes a ella.



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