LLEGÓ LA HORA DE LA SENTENCIA
Por: Enrique Bernales Jurista
A veces una autodefensa termina en confesión de parte. En términos freudianos, el inconsciente traiciona a la conciencia y eso fue lo que le ocurrió a Alberto Fujimori en su pretendida defensa. Olvidó su plañido reclamo de “inocencia” de los primeros días. El “yo no sabía nada” se convirtió en “yo me involucré directa y personalmente”. Si la estrategia de defensa insistió siempre en aparentar desconocimiento por parte de Fujimori de lo que hacía el grupo Colina, sus palabras actuales advierten de alguien que comandaba, que “estaba al tanto y se interesaba”.
Son los hechos los que determinan ante cualquier diversidad de significantes, el significado concreto, real y mensurable de las palabras. “Disolver”, “eliminar”, “intervenir”, “comandar”, etc., son en el circuito de la comunicación solo lo que la realidad refiere. “Disolver” el Congreso, por ejemplo, como parte de la coyuntura, fue eso y no “dilución”. No hay significante divorciado de su significado si los hechos sirven como factor de vinculación entre uno y otro.
¿Qué reveló Fujimori en su alegato? “Me precio de ser un hombre de retos y decisiones”. Con esta frase sugestiva sostuvo Fujimori que tomaba decisiones, y quien toma decisiones no se mantiene al margen o se pierde en la desinformación sobre temas que constituyen esos retos de los que él mismo habla. “Mi escenario de trabajo es resolver los problemas imposibles”. La actitud no es la de un gobernante alejado de los problemas, sino de un sujeto protagónico en la solución de los mismos.
¿Y cómo solucionaba los problemas Fujimori? Él lo dice: “Mi línea era el pragmatismo”. Esto es, la adopción de comportamientos privados de toda ética y cuyo único fin es lograr un resultado. En su perspectiva, “pragmatismo” fue, por ejemplo, asumir “una lucha sin cuartel” frente al terrorismo. En términos castrenses, “sin cuartel” es lo mismo que “todo vale” y “todo vale” es la sentencia que mejor precisa el pensamiento de un pragmático.
En la lógica pragmática, “el fin justifica los medios”. Esta es la expresión más cabal de la ausencia de barreras éticas. En un país que parecía descomponerse y en el que, para algunos como Fujimori, el mal debía ponerse al servicio del “bien” en una situación extrema, cualquier acto se hacía válido. Él reconoce al Perú en el fondo de un pozo que validaba toda opción: “El Perú que yo heredé era un desastre”. Por eso quizás, y creyendo en la legitimidad y “necesidad” de sus actos, no había lugar para el arrepentimiento: “Mi estrategia de pacificación fue la correcta y no me arrepiento”.
Vista su defensa a la luz de todo el proceso, Fujimori podría finalmente morderse la cola y exclamar: “Yo no hice nada, pero les juro que no me arrepiento”.
Por: Enrique Bernales Jurista
A veces una autodefensa termina en confesión de parte. En términos freudianos, el inconsciente traiciona a la conciencia y eso fue lo que le ocurrió a Alberto Fujimori en su pretendida defensa. Olvidó su plañido reclamo de “inocencia” de los primeros días. El “yo no sabía nada” se convirtió en “yo me involucré directa y personalmente”. Si la estrategia de defensa insistió siempre en aparentar desconocimiento por parte de Fujimori de lo que hacía el grupo Colina, sus palabras actuales advierten de alguien que comandaba, que “estaba al tanto y se interesaba”.
Son los hechos los que determinan ante cualquier diversidad de significantes, el significado concreto, real y mensurable de las palabras. “Disolver”, “eliminar”, “intervenir”, “comandar”, etc., son en el circuito de la comunicación solo lo que la realidad refiere. “Disolver” el Congreso, por ejemplo, como parte de la coyuntura, fue eso y no “dilución”. No hay significante divorciado de su significado si los hechos sirven como factor de vinculación entre uno y otro.
¿Qué reveló Fujimori en su alegato? “Me precio de ser un hombre de retos y decisiones”. Con esta frase sugestiva sostuvo Fujimori que tomaba decisiones, y quien toma decisiones no se mantiene al margen o se pierde en la desinformación sobre temas que constituyen esos retos de los que él mismo habla. “Mi escenario de trabajo es resolver los problemas imposibles”. La actitud no es la de un gobernante alejado de los problemas, sino de un sujeto protagónico en la solución de los mismos.
¿Y cómo solucionaba los problemas Fujimori? Él lo dice: “Mi línea era el pragmatismo”. Esto es, la adopción de comportamientos privados de toda ética y cuyo único fin es lograr un resultado. En su perspectiva, “pragmatismo” fue, por ejemplo, asumir “una lucha sin cuartel” frente al terrorismo. En términos castrenses, “sin cuartel” es lo mismo que “todo vale” y “todo vale” es la sentencia que mejor precisa el pensamiento de un pragmático.
En la lógica pragmática, “el fin justifica los medios”. Esta es la expresión más cabal de la ausencia de barreras éticas. En un país que parecía descomponerse y en el que, para algunos como Fujimori, el mal debía ponerse al servicio del “bien” en una situación extrema, cualquier acto se hacía válido. Él reconoce al Perú en el fondo de un pozo que validaba toda opción: “El Perú que yo heredé era un desastre”. Por eso quizás, y creyendo en la legitimidad y “necesidad” de sus actos, no había lugar para el arrepentimiento: “Mi estrategia de pacificación fue la correcta y no me arrepiento”.
Vista su defensa a la luz de todo el proceso, Fujimori podría finalmente morderse la cola y exclamar: “Yo no hice nada, pero les juro que no me arrepiento”.



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