Por Mirko Lauer
Como hay un paro indígena, una cumbre internacional de dirigentes indígenas, y un vecino indígena dedicado a lanzar invectivas contra el Perú, algunos comentaristas están con muchas ganas de que aparezcan las diligencias y los soldados para armar una cowboyada sangrienta. No es la primera vez que se invita a la democracia peruana al suicidio por esa vía.
No todo indígena tiene la razón por el solo hecho de serlo. La huelga que conduce Alberto Pizango tiene aspectos más bien discutibles, y las normas del Estado que quiere derogar son perfectibles. Por eso hay en curso una negociación, como suele suceder con todas las huelgas en la democracia capitalista y liberal, y no una guerra civil.
Que los indígenas andan atrasados en cuanto a derechos es algo reconocido en toda América. Hay derechos que no logran obtener, y derechos que han obtenido, pero solo sobre el papel. Remediar esto no es algo que pueda darse de la noche a la mañana, pero sí es importante no perder de vista la equidad mínima que supone una nacionalidad común.
Que la huelga indígena ya dure 50 días no debería asustar a nadie, muchas han durado bastante más. Que los congresistas del Apra le serruchen el piso al principal negociador del gobierno, Yehude Simon, no debería sorprender a nadie. Que un sincronizado congreso mundial indígena apoye a sus anfitriones está en la lógica de la política.
Las organizaciones indígenas tienen derecho constitucional a hacer todas las huelgas que quieran. En cambio las movidas para tratar de interferir con el gasoducto han sido más bien infelices, y le podrían abrir la puerta a acusaciones de sabotaje a Aidesep. Algo que no podemos creer que esté dentro de la lógica de la directiva Pizango.
El Perú está más que maduro para una reevaluación serena del legado, la presencia y el futuro de la porción indígena (no solo amazónica) de la nacionalidad. La globalización le está dando a nuestro lado indígena cada vez más protagonismo en la vida nacional, y esto está creando acres resistencias entre algunos sectores.
El trato burlón a figuras indígenas en la política y los medios, expresión de un pensamiento pre-reforma agraria, no es sino la señal de alerta que emite en estos días un sentimiento profundo de desprecio ancestral. Hay quienes quisieran que el Perú indígena se mantuviera como una suerte de decorado pasivo del negocio turístico, pero es evidente que esa hora ya ha pasado.
Es sintomático que Mario Vargas Llosa haya elegido como tema de su próxima novela la masacre de decenas de miles de indígenas huitotos llevada adelante por caucheros peruanos a comienzos del siglo XX. ¿Qué piensan los 92 contratistas petroleros actuales sobre quienes fomentan la represión de los pueblos que son y seguirán siendo los vecinos de su inversión?
LA REPUBLICA
Como hay un paro indígena, una cumbre internacional de dirigentes indígenas, y un vecino indígena dedicado a lanzar invectivas contra el Perú, algunos comentaristas están con muchas ganas de que aparezcan las diligencias y los soldados para armar una cowboyada sangrienta. No es la primera vez que se invita a la democracia peruana al suicidio por esa vía.
No todo indígena tiene la razón por el solo hecho de serlo. La huelga que conduce Alberto Pizango tiene aspectos más bien discutibles, y las normas del Estado que quiere derogar son perfectibles. Por eso hay en curso una negociación, como suele suceder con todas las huelgas en la democracia capitalista y liberal, y no una guerra civil.
Que los indígenas andan atrasados en cuanto a derechos es algo reconocido en toda América. Hay derechos que no logran obtener, y derechos que han obtenido, pero solo sobre el papel. Remediar esto no es algo que pueda darse de la noche a la mañana, pero sí es importante no perder de vista la equidad mínima que supone una nacionalidad común.
Que la huelga indígena ya dure 50 días no debería asustar a nadie, muchas han durado bastante más. Que los congresistas del Apra le serruchen el piso al principal negociador del gobierno, Yehude Simon, no debería sorprender a nadie. Que un sincronizado congreso mundial indígena apoye a sus anfitriones está en la lógica de la política.
Las organizaciones indígenas tienen derecho constitucional a hacer todas las huelgas que quieran. En cambio las movidas para tratar de interferir con el gasoducto han sido más bien infelices, y le podrían abrir la puerta a acusaciones de sabotaje a Aidesep. Algo que no podemos creer que esté dentro de la lógica de la directiva Pizango.
El Perú está más que maduro para una reevaluación serena del legado, la presencia y el futuro de la porción indígena (no solo amazónica) de la nacionalidad. La globalización le está dando a nuestro lado indígena cada vez más protagonismo en la vida nacional, y esto está creando acres resistencias entre algunos sectores.
El trato burlón a figuras indígenas en la política y los medios, expresión de un pensamiento pre-reforma agraria, no es sino la señal de alerta que emite en estos días un sentimiento profundo de desprecio ancestral. Hay quienes quisieran que el Perú indígena se mantuviera como una suerte de decorado pasivo del negocio turístico, pero es evidente que esa hora ya ha pasado.
Es sintomático que Mario Vargas Llosa haya elegido como tema de su próxima novela la masacre de decenas de miles de indígenas huitotos llevada adelante por caucheros peruanos a comienzos del siglo XX. ¿Qué piensan los 92 contratistas petroleros actuales sobre quienes fomentan la represión de los pueblos que son y seguirán siendo los vecinos de su inversión?
LA REPUBLICA



No hay comentarios:
Publicar un comentario