Por Mirko Lauer
Para los gurús de los diarios de S/.0.50 el caso de la cantante Alicia Delgado pertenece de lleno al pan de cada día. ¿Pero por qué el vehemente interés del resto de la prensa y de gente de toda condición? La posibilidad de que su colega y probable amante Abencia Meza sea la autora intelectual del asesinato ha llegado a la hasta hace poco circunspecta primera plana de El Comercio, y a todas las demás.
Las protagonistas son famosas, y parecía que lo eran de la manera subalterna que todavía caracteriza a todo lo folclórico. Pero en esta hora vienen siendo tratadas como estrellas para todas las clases sociales y todos los sectores culturales. Como si una de esas líneas divisorias que no se nombran acabara de desaparecer, y el país mediático se hubiera decidido a revelarnos un nuevo rostro de nosotros mismos.
La prensa al instante intuyó la curiosidad y la conmoción de enormes multitudes, y acaso en esta súbita tabloidización hay la búsqueda de un público nuevo que entronizar como corriente central de la identidad.
Con las distancias del caso, lo sucedido evoca la reacción del país al suicidio de José María Arguedas en 1969: un acto luctuoso lanzó los reflectores sobre la relación entre culturas. La tragedia confirmó su condición de héroe cultural. Sin duda Meza no es Arguedas (Santiago Alfaro ha estudiado algunos puntos de contacto), pero los reflectores están reapareciendo.
Pero sin ir tan lejos, es imposible no advertir la yuxtaposición del caso Bagua-nativos y el caso Delgado-Meza. Pero en el primero los medios reforzaron una línea divisoria cultural, mientras que en el segundo han definido un clásico crossover (no musical sino policial) al darles a íconos de una cultura el tratamiento reservado para los íconos de otra.
Quizás el público tradicional de los medios convencionales ha visto en la textura de un crimen de apariencia pasional (hasta el momento) la manera de apartar la mirada del incómodo momento político, en que el país de Arguedas, digamos, aparece tan descontento con el país de la globalización. Quizás a algunos el caso Delgado-Meza incluso les refuerce los prejuicios.
Podría argumentarse también que el caso contiene rasgos de desenfado radical que lo hacen muy moderno. Lesbianas, sicarios, videos, celebridades y violencia física terminan siendo un cóctel irresistible hasta para los baluartes de lo criollo. Algo así como el match eterno de las sucesivas reinas del mediodía en TV, ahora convertido en otro clásico: espectáculo y criminalidad.
Retrocede, pues, la imagen de la música folclórica como el mundo de los ídolos pastoriles dedicados a suavizar las nostalgias de un país migrante, o a promover formas de amor en una complicada urbanización. Con su gusto algo mexicano por las armas de fuego, las mujeres y el estilo rudo, Meza hace ya buen tiempo que venía encarnando otra cosa.
LA REPUBLICA
Para los gurús de los diarios de S/.0.50 el caso de la cantante Alicia Delgado pertenece de lleno al pan de cada día. ¿Pero por qué el vehemente interés del resto de la prensa y de gente de toda condición? La posibilidad de que su colega y probable amante Abencia Meza sea la autora intelectual del asesinato ha llegado a la hasta hace poco circunspecta primera plana de El Comercio, y a todas las demás.
Las protagonistas son famosas, y parecía que lo eran de la manera subalterna que todavía caracteriza a todo lo folclórico. Pero en esta hora vienen siendo tratadas como estrellas para todas las clases sociales y todos los sectores culturales. Como si una de esas líneas divisorias que no se nombran acabara de desaparecer, y el país mediático se hubiera decidido a revelarnos un nuevo rostro de nosotros mismos.
La prensa al instante intuyó la curiosidad y la conmoción de enormes multitudes, y acaso en esta súbita tabloidización hay la búsqueda de un público nuevo que entronizar como corriente central de la identidad.
Con las distancias del caso, lo sucedido evoca la reacción del país al suicidio de José María Arguedas en 1969: un acto luctuoso lanzó los reflectores sobre la relación entre culturas. La tragedia confirmó su condición de héroe cultural. Sin duda Meza no es Arguedas (Santiago Alfaro ha estudiado algunos puntos de contacto), pero los reflectores están reapareciendo.
Pero sin ir tan lejos, es imposible no advertir la yuxtaposición del caso Bagua-nativos y el caso Delgado-Meza. Pero en el primero los medios reforzaron una línea divisoria cultural, mientras que en el segundo han definido un clásico crossover (no musical sino policial) al darles a íconos de una cultura el tratamiento reservado para los íconos de otra.
Quizás el público tradicional de los medios convencionales ha visto en la textura de un crimen de apariencia pasional (hasta el momento) la manera de apartar la mirada del incómodo momento político, en que el país de Arguedas, digamos, aparece tan descontento con el país de la globalización. Quizás a algunos el caso Delgado-Meza incluso les refuerce los prejuicios.
Podría argumentarse también que el caso contiene rasgos de desenfado radical que lo hacen muy moderno. Lesbianas, sicarios, videos, celebridades y violencia física terminan siendo un cóctel irresistible hasta para los baluartes de lo criollo. Algo así como el match eterno de las sucesivas reinas del mediodía en TV, ahora convertido en otro clásico: espectáculo y criminalidad.
Retrocede, pues, la imagen de la música folclórica como el mundo de los ídolos pastoriles dedicados a suavizar las nostalgias de un país migrante, o a promover formas de amor en una complicada urbanización. Con su gusto algo mexicano por las armas de fuego, las mujeres y el estilo rudo, Meza hace ya buen tiempo que venía encarnando otra cosa.
LA REPUBLICA



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