Por Mirko Lauer
Alejandro Toledo ha llamado a Javier Velásquez Quesquén “un premier de tercera línea”, y con ello se ha abierto una incógnita sobre cómo clasifica este ex presidente a los primeros ministros. Debemos suponer que los suyos fueron todos primeros ministros de primera línea. ¿Cómo hizo para identificarlos como tales?
Michel de Montaigne escribió que uno siempre aprende más de los malos ejemplos que de los buenos. Toledo ha podido recoger la lección de todos aquellos que al inicio le mezquinaban en público cualidades que luego demostró tener en sus cinco años de gobierno. Parece que ha preferido olvidar ese pasaje de su vida política.
Si recordamos bien, Toledo siempre ha querido encarnar a una persona que surge desde abajo, se sobrepone a la adversidad y a la discriminación de todo tipo. Nadie hubiera sospechado que utilizaría su éxito en la vida como un mirador para lanzar dardos de prejuicio contra los que considera ubicados más, o incluso demasiado abajo.
Los méritos intrínsecos de JVQ son materia opinable. ¿Pero por qué un político que accede al premierato desde la presidencia del Congreso, a la cual llegó luego de una larga militancia (rasgo cada vez menos frecuente en la vida pública), sería de tercera línea? Debemos suponer que en este caso Toledo sabe algo que los demás ignoramos.
Hay que reconocer que Toledo no está solo en esta visión de las jerarquías en la política. Una expresión como “gabinete de lujo”, por ejemplo, sutilmente da a entender que se considera a los ministros demasiado buenos para el cargo. En cambio para la oposición rara vez el ministro está a la altura del encargo.
Extraño destino el de los primeros ministros. No pueden tener poder político propio, pues ello le comería del suyo al Presidente de la República. Pero a la vez se les exige una autonomía, que en tales circunstancias no puede ser sino pura voluntad política: gesto, no sustancia. Cuando acatan la realidad, son acusados de sumisos.
No debe haber nadie interesado en extenderle un cheque en blanco a JVQ. Lo más probable es que su actuación se produzca dentro de los márgenes de su circunstancia, que es la de ser un cuadro aprista. Ser de primera, segunda o tercera línea, para empezar a utilizar la nueva escala de Toledo, no modificaría mucho ese condicionamiento personal y político.
A Toledo el precandidato le ha ido bien hasta ahora con sus declaraciones fuertes y al paso. Pero con el tiempo se les está pegando un aroma a choque y fuga que puede resultarle contraproducente. Debería dejar que los funcionarios encuentren su propio nivel, y entonces puede criticarlos dura y legítimamente por sus errores percibidos.
LA REPUBLICA
Alejandro Toledo ha llamado a Javier Velásquez Quesquén “un premier de tercera línea”, y con ello se ha abierto una incógnita sobre cómo clasifica este ex presidente a los primeros ministros. Debemos suponer que los suyos fueron todos primeros ministros de primera línea. ¿Cómo hizo para identificarlos como tales?
Michel de Montaigne escribió que uno siempre aprende más de los malos ejemplos que de los buenos. Toledo ha podido recoger la lección de todos aquellos que al inicio le mezquinaban en público cualidades que luego demostró tener en sus cinco años de gobierno. Parece que ha preferido olvidar ese pasaje de su vida política.
Si recordamos bien, Toledo siempre ha querido encarnar a una persona que surge desde abajo, se sobrepone a la adversidad y a la discriminación de todo tipo. Nadie hubiera sospechado que utilizaría su éxito en la vida como un mirador para lanzar dardos de prejuicio contra los que considera ubicados más, o incluso demasiado abajo.
Los méritos intrínsecos de JVQ son materia opinable. ¿Pero por qué un político que accede al premierato desde la presidencia del Congreso, a la cual llegó luego de una larga militancia (rasgo cada vez menos frecuente en la vida pública), sería de tercera línea? Debemos suponer que en este caso Toledo sabe algo que los demás ignoramos.
Hay que reconocer que Toledo no está solo en esta visión de las jerarquías en la política. Una expresión como “gabinete de lujo”, por ejemplo, sutilmente da a entender que se considera a los ministros demasiado buenos para el cargo. En cambio para la oposición rara vez el ministro está a la altura del encargo.
Extraño destino el de los primeros ministros. No pueden tener poder político propio, pues ello le comería del suyo al Presidente de la República. Pero a la vez se les exige una autonomía, que en tales circunstancias no puede ser sino pura voluntad política: gesto, no sustancia. Cuando acatan la realidad, son acusados de sumisos.
No debe haber nadie interesado en extenderle un cheque en blanco a JVQ. Lo más probable es que su actuación se produzca dentro de los márgenes de su circunstancia, que es la de ser un cuadro aprista. Ser de primera, segunda o tercera línea, para empezar a utilizar la nueva escala de Toledo, no modificaría mucho ese condicionamiento personal y político.
A Toledo el precandidato le ha ido bien hasta ahora con sus declaraciones fuertes y al paso. Pero con el tiempo se les está pegando un aroma a choque y fuga que puede resultarle contraproducente. Debería dejar que los funcionarios encuentren su propio nivel, y entonces puede criticarlos dura y legítimamente por sus errores percibidos.
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