Por: Abelardo Sánchez León
Vender parte del Pentago-nito a inversionistas chilenos era una iniciativa pacifista y desconcertante, además de ser la noticia bomba de la semana. Hace algunos meses se vendió el aeropuerto de Collique a otros inversionistas chilenos, o quizá a los mismos, no lo sabemos, pero siempre chilenos, esa es la gracia del asunto, con fines urbanizadores. El aeropuerto de Collique pudo haber sido una excelente alternativa, mediante viajes en avioneta, para fomentar el comercio con el norte chico. Lo más interesante del Pentagonito no es solo el espacio generoso que lo rodea. Ver a la gente trotar por su alrededor emociona y nos hace sentirnos en Washington; ver los domingos a familias enteras volcarse a esos espacios verdes no va de la mano con el ambiente belicoso de la mole del medio, es decir, con la casa de la dupla de oro, la casita de campo de la familia Fujimori-Montesinos, sin Susana, lamentablemente, porque ella estaba recluida en otros ambientes. El valor del Pentagonito ahora se cotiza por la zona donde se encuentra: una verdadera mina unipersonal.
El 'boom' de la construcción le tiene fobia al color verde: parques, colinas, jardincitos, deben salir de la vista de los que han decidido densificar la ciudad. En el espacio generoso que rodea al Pentagonito se pensaba recibir una docena, al menos, de edificios, lo que hubiera expulsado a esos trotadores con guachimanes mucho más adustos que los militares que ahora lo habitan. En Santiago de Surco, distrito vecino de San Borja, también se ha desatado la construcción de edificios, ya no solo en las esquinas, como antes, sino al interior de las manzanas para que todas las ventanas indiscretas se fisgoneen unas a otras.
En Surco amenazan con levantar un conjunto residencial en lo que fue El Trigal. Y a Magdalena del Mar la han convertido en un Manhattan sin un Central Park. Es una fiebre desatada de departamentos cada vez más pequeños, atosigándose en una ciudad donde los espacios públicos equivalen a verdaderas tierras de nadie. Los espacios públicos son menos seguros que los privados y los privados se enclaustran en apartamentos enanos.
El Pentagonito tiene un aire bucólico y pacifista, pero si se vendiera parte del terreno, va a estar encajonado y reducido a su mínima expresión. En lugar de nuevos intentos de vender esa área deberían tapiar los sótanos, los pasillos lóbregos, las salas de tortura de aquellos tiempos.
Vender parte del Pentago-nito a inversionistas chilenos era una iniciativa pacifista y desconcertante, además de ser la noticia bomba de la semana. Hace algunos meses se vendió el aeropuerto de Collique a otros inversionistas chilenos, o quizá a los mismos, no lo sabemos, pero siempre chilenos, esa es la gracia del asunto, con fines urbanizadores. El aeropuerto de Collique pudo haber sido una excelente alternativa, mediante viajes en avioneta, para fomentar el comercio con el norte chico. Lo más interesante del Pentagonito no es solo el espacio generoso que lo rodea. Ver a la gente trotar por su alrededor emociona y nos hace sentirnos en Washington; ver los domingos a familias enteras volcarse a esos espacios verdes no va de la mano con el ambiente belicoso de la mole del medio, es decir, con la casa de la dupla de oro, la casita de campo de la familia Fujimori-Montesinos, sin Susana, lamentablemente, porque ella estaba recluida en otros ambientes. El valor del Pentagonito ahora se cotiza por la zona donde se encuentra: una verdadera mina unipersonal.
El 'boom' de la construcción le tiene fobia al color verde: parques, colinas, jardincitos, deben salir de la vista de los que han decidido densificar la ciudad. En el espacio generoso que rodea al Pentagonito se pensaba recibir una docena, al menos, de edificios, lo que hubiera expulsado a esos trotadores con guachimanes mucho más adustos que los militares que ahora lo habitan. En Santiago de Surco, distrito vecino de San Borja, también se ha desatado la construcción de edificios, ya no solo en las esquinas, como antes, sino al interior de las manzanas para que todas las ventanas indiscretas se fisgoneen unas a otras.
En Surco amenazan con levantar un conjunto residencial en lo que fue El Trigal. Y a Magdalena del Mar la han convertido en un Manhattan sin un Central Park. Es una fiebre desatada de departamentos cada vez más pequeños, atosigándose en una ciudad donde los espacios públicos equivalen a verdaderas tierras de nadie. Los espacios públicos son menos seguros que los privados y los privados se enclaustran en apartamentos enanos.
El Pentagonito tiene un aire bucólico y pacifista, pero si se vendiera parte del terreno, va a estar encajonado y reducido a su mínima expresión. En lugar de nuevos intentos de vender esa área deberían tapiar los sótanos, los pasillos lóbregos, las salas de tortura de aquellos tiempos.



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