7.2.09

Desagravio indispensable

Por: Hugo Guerra

Sereno lector, uno de los peores males de la política peruana es la reiterada falta de prudencia, razonamiento previo y mesura por parte de los líderes partidarios, las autoridades y los congresistas.

Esta semana, por ejemplo, la pasión desbocada, es decir la vehemencia por pronunciarse antes siquiera de reflexionar, ha producido uno de los peores agravios que se puedan infligir contra cuatro personas valiosas y honorables a carta cabal de nuestro país: la historiadora Cecilia Blondet, la abogada Beatriz Boza, el economista Richard Webb y el sacerdote Gastón Garatea.

Todos ellos han sido insultados con una grosería intolerable por el solo hecho de haber formado parte de la comisión que evaluó a la señorita Ingrid Suárez, contralora frustrada por sus propias mentiras en torno a sus estudios universitarios. Y cuya indigna acción nada tiene que ver con sus evaluadores.

Que a esa persona se la tratara con rigor, mas no con insulto, resultaba entendible, en la medida en que su desvergüenza al afirmar que tenía títulos indemostrables, afectó un proceso crucial para designar a uno de los funcionarios más importantes y poderosos del Estado peruano. Pero de allí a vejar a un conjunto de personalidades independientes que, gracias a su calidad humana e intachable trayectoria profesional, prestaron sus servicios ad honórem para atender de la mejor manera el interés ciudadano, existe un trecho que jamás debió cruzarse.

El argumento ridículo de que esas personalidades se habrían asociado ilícitamente para delinquir es, por ejemplo, solo entendible en un subnormal, pero inaceptable en un parlamentario. Igualmente sugerir que el padre Garatea debía hacer penitencia subiendo de rodillas el cerro San Cristóbal por haber elegido a la señorita Suárez, aparece como una guarrada de callejón y no como postulado de un congresista.

Las diferencias ideológicas y políticas no justifican tanta bajeza. Todos, dentro de una democracia, podemos discrepar y podemos inclusive enfrentarnos con solidez de argumentos, pero el insulto y el aprovechamiento de posiciones de inmunidad como la parlamentaria (y eventualmente la periodística) son intolerables porque le quitan la más elemental decencia al debate nacional.

Decencia es, por definición, recato, honestidad y dignidad. Y eso es lo que le falta, con suma urgencia, a nuestro sistema político. En cuanto a los agraviados, permítame, querido lector, decirles a nombre suyo y mío: ¡Disculpen a nuestros politicastros porque no saben lo que hacen… ni lo que dicen!

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