4.4.09

Futbolista inimitable

Por Mirko Lauer.

La carta notarial que un futbolista ha enviado a un programa cómico exigiendo que dejen de hacer imitaciones de su persona es un signo de los tiempos en ese deporte. Ni el fútbol ni los futbolistas están para programas humorísticos en estos tiempos. Lo interesante es que esta comunidad-negocio deportiva se haya dado cuenta de ello.

Con un dirigente FIFA repudiado por 90%+ de la afición, acusaciones a la empresa de un agente FIFA, un reguero de derrotas en todas las canchas y escándalos personales para todos los gustos, el fútbol peruano es un edificio con tejado de vidrio, para cuyos inquilinos las bromas hace tiempo que pasaron de graciosas a sangrientas.

El problema no parece estar en los programas de humor mismos, ya que los políticos siguen haciendo cola para ser imitado (aunque Rómulo León también mandó su carta notarial). Hace poco un militar retirado movió su colita en uno de esos programas, precisamente esperando que eso le sirviera como plataforma de lanzamiento político. Posar al lado del imitador ya es un clásico en la vida del gremio.

Quizás los futbolistas tienen el pellejo más delicado que los políticos. En fútbol una mala fama creada o difundida por un programa de TV puede influir en el Valhala de los clubes que contratan en el hemisferio norte. En cambio en política es evidente que lo que no mata engorda, y en estos tiempos muy pocas cosas matan.

Y el fútbol puede estar hecho una corte de los milagros, pero el futbolista de la carta notarial tiene la razón: existe un derecho a la propia imagen. Como el menú de nuestros programas humorísticos es más bien de sal gruesa o de poco velada procacidad, y el rating se hace a expensas de los imitados, les resulta fácil pasarse de la raya, y de hecho lo hacen.

Uno pensaría que después de lo que le pasó Magaly Medina por calumniadora, los negocios mediáticos apoyados en el aprovechamiento de la imagen del prójimo pondría las barbas en remojo. Pero es sabido que nadie aprende de la experiencia ajena, y a veces, como parece ser el caso de Carlos Álvarez, ni siquiera de la propia.

Se nos dirá que es importante tener correa y aceptar las bromas también cuando ellas son a expensas de uno, y que ser el blanco de bromas es uno de los precios de la celebridad. Todo eso es cierto, siempre y cuando el parodiado no se sienta objeto de un agravio inaceptable. Pues entonces empiezan a volar, justificadamente, cartas notariales.

¿Saben realmente los humoristas en qué momento dejan de ser graciosos? Una regla de oro en el tema podría ser que si hay tantas personas que no tienen problema en ser imitadas, y que incluso lo reclaman, entonces es preciso respetar la voluntad de quienes no desean ser imitados.

LA REPUBLICA

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