A ESPALDAS DE SUS OBLIGACIONES DEMOCRÁTICAS
Por: Ernesto Velit Analista político
Pareciera que la impaciencia se hubiese apoderado del ánimo de los políticos, particularmente de los dirigentes de partidos, y los estuviese llevando a construir un escenario de confrontación electoral para el 2011 con una antelación digna de mejor causa.
Podría justificarse el apresuramiento aduciendo que como la mayor parte de los cambios sociales que se esperaban de este gobierno se quedó en promesas, es preciso acelerar antes de que las protestas populares terminen arrasando con culpables e inocentes, con tirios y troyanos, con los que son y los que están sin serlo. Hay fuerzas que impulsan estas vehemencias, por cierto, y que animan a no llegar tarde al sorteo, sobre todo cuando de definir identidades se trata, como sucedió en oportunidades en que la vitrina de siglas y denominaciones partidarias terminó siendo un verdadero trabalenguas que aumentó la confusión.
Sin embargo, como no se puede ignorar lo que pasa afuera, hay una ola regional que invita a subirse en ella, particularmente cuando se dice que nuevas ideologías están abriéndose paso en los países vecinos y acá no sucede nada. Y no falta quienes, incluso, consideran que una presencia como la del presidente Barack Obama contribuye a impulsar vientos de cambio.
En el Perú, los partidos dan la impresión de no haberse recuperado del huracán fujimorista y su modelo excluyente y corruptor. También la carencia de liderazgos se muestra descarnada e irrevocable. No hay revitalización en los partidos, se siguen exhibiendo posiciones ideológicas inclasificables. El tiempo parece haberse detenido para ellos, no hay relación histórica entre partidos y Estado, todo lo cual deja a las organizaciones políticas como meros recursos del poder y no como colectivos representantes de la ciudadanía. Si bien estas orfandades son más visibles en unos que en otros, la fatiga y el envejecimiento se nota en todos, no hay nombres nuevos, no hay cuadros emergentes, no hay fechas de vencimiento para los líderes y desempolvar políticos pareciera ser un deporte nacional.
Escribimos últimamente sobre la necesidad de construir el pacto político y social, pero no tuvimos eco. Hay más vocación de liquidar al vecino que de buscar consensos y coincidencias. No se quiere entender que la legitimidad política tiene solamente valor si se utiliza para avanzar.
Ya vislumbramos que en el 2011 se van a repetir muchas de las experiencias del 2006, sobre todo en el fraccionamiento de las opciones. La izquierda, por ejemplo, ya tiene más de cuatro candidatos presidenciales y sin contar con los que vienen de las regiones. La desarticulación es grave, la desconexión entre pueblo y partidos es evidente, no hay democracia interna, las acusaciones se multiplican y nadie se atreve a promover el debate.
Cuando hablamos de conversar para lograr acuerdos y compromisos, como propuso Simon, se interpretó mal. Se insiste en que no hay nada de qué hablar y que cualquier acuerdo entre partidos es sinónimo de traición. La democracia se ensancha con la inteligencia de los que creen en ella. Quienes pretenden plantear una opción socialista tendrán que ofrecer razones de peso y no repetir confesiones obsoletas sino respuestas en lo ideal y moral y en la ruta de libertad.
Las tareas deben asumirse desde ahora y no permitir que el Estado se debilite por renunciar a sus obligaciones y abdicar a favor de quienes carecen de sensibilidad social. De qué nos ha servido el progreso económico, cuando el enfrentamiento entre el capital y la fuerza de trabajo revela injusticia social. La descentralización encuentra cada vez más dificultades, como si se temiera a las regiones. Necesitamos una economía más humana y una democracia más participativa.
El pueblo reclama adecentar la política y prepararse moralmente para el 2011.
EL COMERCIO
Por: Ernesto Velit Analista político
Pareciera que la impaciencia se hubiese apoderado del ánimo de los políticos, particularmente de los dirigentes de partidos, y los estuviese llevando a construir un escenario de confrontación electoral para el 2011 con una antelación digna de mejor causa.
Podría justificarse el apresuramiento aduciendo que como la mayor parte de los cambios sociales que se esperaban de este gobierno se quedó en promesas, es preciso acelerar antes de que las protestas populares terminen arrasando con culpables e inocentes, con tirios y troyanos, con los que son y los que están sin serlo. Hay fuerzas que impulsan estas vehemencias, por cierto, y que animan a no llegar tarde al sorteo, sobre todo cuando de definir identidades se trata, como sucedió en oportunidades en que la vitrina de siglas y denominaciones partidarias terminó siendo un verdadero trabalenguas que aumentó la confusión.
Sin embargo, como no se puede ignorar lo que pasa afuera, hay una ola regional que invita a subirse en ella, particularmente cuando se dice que nuevas ideologías están abriéndose paso en los países vecinos y acá no sucede nada. Y no falta quienes, incluso, consideran que una presencia como la del presidente Barack Obama contribuye a impulsar vientos de cambio.
En el Perú, los partidos dan la impresión de no haberse recuperado del huracán fujimorista y su modelo excluyente y corruptor. También la carencia de liderazgos se muestra descarnada e irrevocable. No hay revitalización en los partidos, se siguen exhibiendo posiciones ideológicas inclasificables. El tiempo parece haberse detenido para ellos, no hay relación histórica entre partidos y Estado, todo lo cual deja a las organizaciones políticas como meros recursos del poder y no como colectivos representantes de la ciudadanía. Si bien estas orfandades son más visibles en unos que en otros, la fatiga y el envejecimiento se nota en todos, no hay nombres nuevos, no hay cuadros emergentes, no hay fechas de vencimiento para los líderes y desempolvar políticos pareciera ser un deporte nacional.
Escribimos últimamente sobre la necesidad de construir el pacto político y social, pero no tuvimos eco. Hay más vocación de liquidar al vecino que de buscar consensos y coincidencias. No se quiere entender que la legitimidad política tiene solamente valor si se utiliza para avanzar.
Ya vislumbramos que en el 2011 se van a repetir muchas de las experiencias del 2006, sobre todo en el fraccionamiento de las opciones. La izquierda, por ejemplo, ya tiene más de cuatro candidatos presidenciales y sin contar con los que vienen de las regiones. La desarticulación es grave, la desconexión entre pueblo y partidos es evidente, no hay democracia interna, las acusaciones se multiplican y nadie se atreve a promover el debate.
Cuando hablamos de conversar para lograr acuerdos y compromisos, como propuso Simon, se interpretó mal. Se insiste en que no hay nada de qué hablar y que cualquier acuerdo entre partidos es sinónimo de traición. La democracia se ensancha con la inteligencia de los que creen en ella. Quienes pretenden plantear una opción socialista tendrán que ofrecer razones de peso y no repetir confesiones obsoletas sino respuestas en lo ideal y moral y en la ruta de libertad.
Las tareas deben asumirse desde ahora y no permitir que el Estado se debilite por renunciar a sus obligaciones y abdicar a favor de quienes carecen de sensibilidad social. De qué nos ha servido el progreso económico, cuando el enfrentamiento entre el capital y la fuerza de trabajo revela injusticia social. La descentralización encuentra cada vez más dificultades, como si se temiera a las regiones. Necesitamos una economía más humana y una democracia más participativa.
El pueblo reclama adecentar la política y prepararse moralmente para el 2011.
EL COMERCIO



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