El Jueves Santo último dos patrullas militares que se desplazaban en sendos vehículos entre la base de Sanabamba, en el distrito de Ayahuanco, provincia de Huanta, y cuyo destino final era Supichipampa, fueron emboscadas. Ambas patrullas guardaban un kilómetro de distancia entre ellas y discurrían bordeando obligatoriamente el cerro Ccompata, y al otro extremo un precipicio. Los delincuentes narcoterroristas, utilizando cartuchos de dinamita, rocas desprendidas de los cerros y armas de fuego, dieron muerte a 12 miembros del Ejército de la primera patrulla. De la segunda, hubo un muerto, algunos quedaron heridos y otros desaparecieron.
Desde que se inició la Operación Excelencia, en agosto del año pasado, se tenía conocimiento de que extirpar a los narcoterroristas del VRAE, y de su santuario en Vizcatán, no sería fácil. Por ello, se envió un contingente con personal de élite de las tres FF.AA. y de la PNP. Paralelamente, debía darse inicio, o incrementarse, la presencia del Estado en esos lugares mediante postas médicas, escuelas, caminos, etc. Como se sabe, el área del VRAE abarca zonas de las regiones Junín, Huancavelica, Ayacucho, Cusco y Abancay. En ese dilatado ámbito, el narcotráfico —que tiene a los remanentes terroristas como cómplices y sicarios— ha montado un aparato productivo de la droga: desde sembríos de coca a laboratorios que fabrican el clorhidrato de cocaína. Precisamente las patrullas emboscadas tenían como objetivo formar un cerrojo que impidiera el paso de los “traqueteros”, transportistas de insumos o del producto ya terminado de esta infame industria.
El ataque ha sido clásicamente senderista: en horda, con mujeres y niños, lo que causó la justificada angustia del personal militar de causar daño a quienes, sorprendentemente, colaboraron en darles muerte. Sabe el personal castrense y policial que si hieren o matan a un no probado terrorista, o incluso a estos, algunos medrosos fiscales y pusilánimes jueces les harán la vida imposible, mientras a los narcoterroristas los suelen dejar en libertad con extraña —por decir lo menos— prisa.
Los narcoterroristas en estos enfrentamientos asimétricos con las fuerzas del orden tienen la ventaja del conocimiento minucioso del terreno, de cada recodo, trocha o monte. Pueden así elegir el mejor lugar para sus ataques. Por lo contrario, el personal castrense carece de vehículos y helicópteros blindados, solo tiene unos pocos visores nocturnos, material de comunicaciones obsoleto y otras carencias más. En estas condiciones, es indispensable que el Gobierno y, sobre todo, el ministro de Defensa, actúen con energía y se dote a las FF.AA. y PNP del material logístico que requieren para que el narcotráfico no siga enquistado en esa parte de nuestro territorio, obteniendo inmensas ganancias que sirven para comprar armas, conciencias y protectores asolapados.
No basta, aunque es necesario, rendir homenaje a esos heroicos soldados y hacer llegar una condolencia a sus familiares. El mejor homenaje que se les puede brindar por su sacrificio es darles a sus compañeros los elementos bélicos adecuados para lograr la victoria.
No parece serio tratar de buscar conexiones entre este suceso, protagonizado por delincuentes narcoterroristas, y la reciente sentencia a Fujimori. La gente que hasta ahora ha controlado el VRAE, a lo largo de más de 20 años, es posible que en sus inicios estuviera imbuida de la absurda doctrina del genocida Abimael Guzmán. Pero desde hace tiempo son simples delincuentes, tan peligrosos y crueles como los senderistas, pero sin ninguna significación política. Sobran, pues, elucubraciones fantasiosas. A los delincuentes hay que tratarlos como tales y nada más.
EL COMERCIO
Desde que se inició la Operación Excelencia, en agosto del año pasado, se tenía conocimiento de que extirpar a los narcoterroristas del VRAE, y de su santuario en Vizcatán, no sería fácil. Por ello, se envió un contingente con personal de élite de las tres FF.AA. y de la PNP. Paralelamente, debía darse inicio, o incrementarse, la presencia del Estado en esos lugares mediante postas médicas, escuelas, caminos, etc. Como se sabe, el área del VRAE abarca zonas de las regiones Junín, Huancavelica, Ayacucho, Cusco y Abancay. En ese dilatado ámbito, el narcotráfico —que tiene a los remanentes terroristas como cómplices y sicarios— ha montado un aparato productivo de la droga: desde sembríos de coca a laboratorios que fabrican el clorhidrato de cocaína. Precisamente las patrullas emboscadas tenían como objetivo formar un cerrojo que impidiera el paso de los “traqueteros”, transportistas de insumos o del producto ya terminado de esta infame industria.
El ataque ha sido clásicamente senderista: en horda, con mujeres y niños, lo que causó la justificada angustia del personal militar de causar daño a quienes, sorprendentemente, colaboraron en darles muerte. Sabe el personal castrense y policial que si hieren o matan a un no probado terrorista, o incluso a estos, algunos medrosos fiscales y pusilánimes jueces les harán la vida imposible, mientras a los narcoterroristas los suelen dejar en libertad con extraña —por decir lo menos— prisa.
Los narcoterroristas en estos enfrentamientos asimétricos con las fuerzas del orden tienen la ventaja del conocimiento minucioso del terreno, de cada recodo, trocha o monte. Pueden así elegir el mejor lugar para sus ataques. Por lo contrario, el personal castrense carece de vehículos y helicópteros blindados, solo tiene unos pocos visores nocturnos, material de comunicaciones obsoleto y otras carencias más. En estas condiciones, es indispensable que el Gobierno y, sobre todo, el ministro de Defensa, actúen con energía y se dote a las FF.AA. y PNP del material logístico que requieren para que el narcotráfico no siga enquistado en esa parte de nuestro territorio, obteniendo inmensas ganancias que sirven para comprar armas, conciencias y protectores asolapados.
No basta, aunque es necesario, rendir homenaje a esos heroicos soldados y hacer llegar una condolencia a sus familiares. El mejor homenaje que se les puede brindar por su sacrificio es darles a sus compañeros los elementos bélicos adecuados para lograr la victoria.
No parece serio tratar de buscar conexiones entre este suceso, protagonizado por delincuentes narcoterroristas, y la reciente sentencia a Fujimori. La gente que hasta ahora ha controlado el VRAE, a lo largo de más de 20 años, es posible que en sus inicios estuviera imbuida de la absurda doctrina del genocida Abimael Guzmán. Pero desde hace tiempo son simples delincuentes, tan peligrosos y crueles como los senderistas, pero sin ninguna significación política. Sobran, pues, elucubraciones fantasiosas. A los delincuentes hay que tratarlos como tales y nada más.
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