13.4.09

Hubert en mi recuerdo

PADRE LANSSIERS, UN HERMANO JUSTO

Por: Yehude Simon

El padre Lanssiers me ayudó inmensamente cuando viví en prisión y creo que yo también lo pude ayudar en algún momento de su soledad. Las conversaciones con él —como siempre— fueron cargadas de un entorno espiritual muy especial y los temas como en vida: la moral, la dignidad, la solidaridad, el amor y, por cierto, lo que él amaba especialmente: el arte.

Lo recuerdo como el guerrero que fue. Sacerdote belga que llegó al país en 1964, sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial. En nuestro país se enfrentó a la injusticia y también a la violencia terrorista. Y fue en la prisión donde lo conocí, lo traté y supe de su grandeza, hasta que se murió a los 76 años. Ello explica el tono confesional de mi artículo que es un adelanto de otro más extenso que escribo para la reedición de su libro “Los dientes del dragón”, por Petro-Perú.

Ahora, cierro profundamente los ojos y trato de revivir mi encierro para así sentir lo que significó su presencia y vuelo hacia el pasado Cada domingo, de cualquier mes o año que me tocó estar en prisión junto con unos 1.300 internos, el infierno del penal Castro Castro se transformaba en una morada de paz, en la que la inmensa mayoría de los que allí vivíamos esperábamos a las nueve de la mañana la llegada de Hubert, el sacerdote hecho leyenda por sus inmensa capacidad de devolver el alma y el espíritu perdido a los desheredados de la tierra.

Lo suyo era insuflar dignidad, amor, elevar la autoestima perdida en el encierro. Era consciente de que entre rejas se encontraban internos de alta peligrosidad: jefes de bandas, narcotraficantes, violadores, secuestradores, subversivos, pero, igualmente, cientos de inocentes de los cuales, la gran mayoría provenía de las zonas andinas. Es cuando, en algunas ocasiones, lo vi llorar.

Los sentía como salidos de su propia carne: “Coman, hijitos, ustedes tienen hambre”, les decía, cada vez que levantaba la hostia consagrada, porque “hijitos” era su palabra favorita. Luego, iba de pabellón en pabellón para conversar, personalmente, con cada uno de sus hijos.

Recogía, entonces, sus indignaciones por la injusta prisión; escuchaba los problemas económicos de la familia abandonada y secaba las lágrimas interminables, porque la conviviente o la esposa —a las que muchos, recién valoraban— habían decidido formar otro hogar, que ya no los querían y que ya nunca más los visitarían.

Hoy lo recuerdo más. Hoy que, con frecuencia, se habla sobre la Comisión de la Verdad y el museo de la memoria, creo que vale la pena volver a leer sus intervenciones y reflexiones referentes a estos temas. Nos ayudará mucho saber de qué lado viene la intolerancia.

Los que conocimos y vivimos al lado de Hubert sabemos que no podemos permitir que su herencia ética y moral se pierda de nuestra memoria o solo nos marque a unos pocos. Eso sería traicionar la generosidad de Dios, quien nos envió a Hubert como a un hermano justo.

PRESIDENTE DEL CONSEJO DE MINISTROS

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