7.4.09

Museo en Ayacucho

Nos corresponde, como medio de prensa crítico, fiscalizador, democrático e independiente, vigilar que el denominado museo de la memoria no sea –en forma o fondo– utilizado por la misma elite politizada que lo proyectó hace años bajo el empaque de “reparaciones simbólicas”, como figura en la conclusión 167 del informe final de la CVR.

Si bien los autores intelectuales del museo de marras aducen que existen similares museos en Japón o Alemania –para recordar a sus visitantes las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, y lo propio quieren para el país, por supuesto equivocadamente porque existen enormes diferencias entre la guerra de un Estado contra otro y los ataques terroristas sin enemigo identificado que vivió nuestro país–, la lógica aconseja que el lugar más adecuado para los fines de una fuente del recuerdo de lo que fue ese período negro de nuestra historia, es la ciudad de Ayacucho, tierra que fue donde se originó la acción subversiva y sufrió la reacción de quienes quisieron combatirlo.

En esa ciudad apareció la ILA (inicio de la lucha armada) de Sendero Luminoso, y más precisamente, en la Universidad San Cristóbal de Huamanga anidó en la década de los sesenta y setenta el conjunto más ideológico, fanático y fundamentalista de nuestra vida republicana. Por tanto, el museo de la memoria debería ser testimonio vital para que nunca más los habitantes de Ayacucho presten oídos o su concurso a ningún plan –armado o no– para tomar el poder. Es más, recordemos que la cúpula pequeño-burguesa de Sendero Luminoso fue ayacuchana. Y que fue allí donde los ciudadanos, comuneros y ronderos rechazaron en forma ejemplar la doctrina genocida del llamado “presidente Gonzalo”.

Además, en la edición de EXPRESO del 1 de abril recogimos las declaraciones del presidente regional de Ayacucho, Ernesto Molina, quien a pocas horas de conocerse la conformación de una Comisión de Alto Nivel del Museo de la Memoria, exhortó a que éste se construya en su región, pues considera –con justicia– que allí se registró la mayor cantidad de víctimas de la violencia terrorista nacional. Una semana después, comprobamos que esa propuesta ha encontrado eco entre los ciudadanos, ex militares, ex policías, ex miembros del Poder Judicial ayacuchanos. Es decir, de gente que vio de cerca la insania terrorista que la agredió criminalmente, incluyendo a alcaldes, regidores, gobernadores, dirigentes políticos, quienes fueron sus primeras víctimas. También hay congresistas que han mostrado su conformidad con la instalación de aquel museo en Ayacucho.

Confiamos entonces que en el seno del grupo de personas responsables del proyecto haya eco frente a este pedido. Porque no se trata de imponer la ubicación del museo de la memoria en Lima. Hacerlo sería una visión centralista, costeña y citadina que en nada contribuiría a los objetivos supuestamente buscados. Asimismo, no hacerlo sería desconocer que se requiere de una presencia directa y fuerte del todo el país en la sociedad ayacuchana, ya que allí fue donde –por su lejanía y olvido de la capital– los senderistas –quizá el más letal de los grupos terroristas del mundo– vieron que se reunían las condiciones para ser el terreno ideal de sus ideas trasnochadas y criminales.

No hay comentarios: