Este 2 y 3 de abril se reunieron en Londres los gobernantes del denominado G-20, es decir los mandatarios de los 20 países con las economías más grandes del planeta. Pero como suele suceder en toda cumbre, los discursos protocolares, las sesiones fotográficas y las expectativas son generalmente más ruidosas que la voluntad política para encontrar alternativas viables y duraderas frente a los problemas globales, en especial a la recesión que se cierne por doquier. Y si bien no ha sido malo el resultado –inyección de 1 billón de dólares a organismos multilaterales para aumentar líneas de crédito, impulsar el comercio exterior e imponer sanciones a los paraísos fiscales que rehúsen dar información clara a los gobiernos–, hubiese sido mejor no olvidar temas complejos que, lamentablemente, las principales potencias acostumbrar soslayar. Por ejemplo, un compromiso para evitar llevar al mundo a aventuras militares, invadiendo naciones; o alentar industrias militares que listan sus acciones en bolsa, y que para ello estimulan conflictos armados –existentes o eventuales– como mercados de la muerte. En ese sentido, foros como el G-20 deberían ser espacios menos hipócritas, con mayor razón ahora que estamos en circunstancias críticas. No basta pues que el presidente de la nación más poderosa del mundo, quizá alicaída pero no exangüe, dijera que la cumbre de Londres ha sido un “hito” en la lucha contra la crisis económica si se siguen inflando sospechas para justificar nuevas incursiones bélicas multimillonarias como las de Afganistán e Iraq. Para nadie es un secreto que esas guerras tienen un altísimo costo que, en rigor, hipotecan a las generaciones futuras.
EE UU es gran responsable de la crisis actual del mundo. Comenzó gastando cerca de un millón de millones de dólares en las aventuras de Iraq y Afganistán. Y acaso por ello –en adición al asunto de los “activos tóxicos” generados a partir de los créditos hipotecarios subprime– es que el presidente Obama dijo tras llegar de Londres, Inglaterra, a Estrasburgo, Francia, que EE UU había actuado en forma “arrogante al no reconocer el liderazgo mundial de Europa”. En ese sentido, ese tipo de foros debería servir más bien para que sus miembros evalúen críticamente las aristas del crack mundial y amonesten a toda nación enfrascada en pulseos bélicos. Por ejemplo cuando Rusia reclama a EE UU su afán por instalar un sistema de defensa antimisil en República Checa y en Polonia. O cuando algunas potencias protagonizan jugadas calculadas para hacer ingresar a la OTAN a países que histórica y geográficamente jamás estuvieron enclavados en Europa. O cuando Moscú anuncia que potenciará su industria militar a gran escala, a la que lógicamente se suman otras fricciones como las de Corea del Norte con Corea del Sur y Japón.
Es necesario hacer un llamado a los principales Estados que lo componen para que actúen con madurez. Porque los mercados, en especial los bursátiles, necesitan tranquilidad y confianza. No se trata de decir, por un lado, que el G-20 declaró la muerte al “consenso de Washington”, o de afirmar que ha quedado reestructurado el sistema financiero mundial. Es imperativo que las naciones que integran ese cenáculo den un paso adelante en relación a sus verdaderas intenciones de cara al porvenir. De lo contrario sólo habremos salido, por hoy, de los “activos tóxicos” pero no acabado con otra causas de la desconfianza y del déficit económico como son las guerras.
EE UU es gran responsable de la crisis actual del mundo. Comenzó gastando cerca de un millón de millones de dólares en las aventuras de Iraq y Afganistán. Y acaso por ello –en adición al asunto de los “activos tóxicos” generados a partir de los créditos hipotecarios subprime– es que el presidente Obama dijo tras llegar de Londres, Inglaterra, a Estrasburgo, Francia, que EE UU había actuado en forma “arrogante al no reconocer el liderazgo mundial de Europa”. En ese sentido, ese tipo de foros debería servir más bien para que sus miembros evalúen críticamente las aristas del crack mundial y amonesten a toda nación enfrascada en pulseos bélicos. Por ejemplo cuando Rusia reclama a EE UU su afán por instalar un sistema de defensa antimisil en República Checa y en Polonia. O cuando algunas potencias protagonizan jugadas calculadas para hacer ingresar a la OTAN a países que histórica y geográficamente jamás estuvieron enclavados en Europa. O cuando Moscú anuncia que potenciará su industria militar a gran escala, a la que lógicamente se suman otras fricciones como las de Corea del Norte con Corea del Sur y Japón.
Es necesario hacer un llamado a los principales Estados que lo componen para que actúen con madurez. Porque los mercados, en especial los bursátiles, necesitan tranquilidad y confianza. No se trata de decir, por un lado, que el G-20 declaró la muerte al “consenso de Washington”, o de afirmar que ha quedado reestructurado el sistema financiero mundial. Es imperativo que las naciones que integran ese cenáculo den un paso adelante en relación a sus verdaderas intenciones de cara al porvenir. De lo contrario sólo habremos salido, por hoy, de los “activos tóxicos” pero no acabado con otra causas de la desconfianza y del déficit económico como son las guerras.



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