Por: Beatriz Boza
Un decreto supremo publicado el lunes, que busca evitar la discriminación contra las empleadas del hogar, sanciona como discriminación obligarlas a usar mandil en lugares públicos o prohibirles el acceso a ciertos espacios públicos. ¿Está bien que las trabajadoras del hogar usen uniformes? ¿Se les discrimina al dárselos? ¿Es esta una manera eficaz de combatir tal discriminación? Más allá de si es necesario usar mandil o si resultan huachafos algunos uniformes, claramente una tarea pendiente que tenemos como sociedad es procesar el valor de la diversidad, el respeto a la persona y la dignidad humana. Que la discriminación existe en el Perú es una realidad triste, que sin duda tenemos que cambiar; pero quizás la mayor discriminación contra las empleadas del hogar proviene del Estado que no garantiza sus derechos.
En el Perú, hoy hay niñas que trabajan en el hogar sin asistir al colegio ni contar con horas de descanso o tener un espacio adecuado para dormir. Es responsabilidad del Estado evitarlo. Muchas trabajadoras del hogar no están inscritas en Essalud y las que sí, no tienen en los hechos los mismos derechos que otros trabajadores. Por ejemplo, para ser atendidas en el seguro no basta que presenten su DNI como otros, sino que con frecuencia deben llevar el comprobante del pago efectuado por su empleador, porque “no aparecen en la base de datos” y, si aparecen, por lo general no figura el pago reciente. A su vez, a una empleada del hogar le resulta más difícil cobrar el subsidio por maternidad, porque a diferencia de cualquier otra empleada que recurre directamente a su empleador para cobrar el prenatal y el postnatal, la trabajadora del hogar tiene que desplazarse y hacer personalmente su trámite ante Essalud, y muchas veces solo le pagan concluidos los 90 días de licencia, olvidando que la intención de ese pago es permitirle sobrevivir en esa etapa. Además, si desea asesoría o plantear una denuncia, solo lo puede hacer en “horas de oficina”, precisamente cuando trabaja. Claramente, la travesía de cualquier empleada del hogar, con o sin uniforme, es mucho más tortuosa y complicada por la falta de tutela efectiva de sus derechos por parte del Estado y ello se agudiza aun más en segmentos donde mandiles y uniformes son un lujo.
Por eso, más que concentrarnos en normas que distraen del verdadero problema, necesitamos una gestión eficaz de registro efectivo y mejor trato por parte de Essalud.
EL COMERCIO
Un decreto supremo publicado el lunes, que busca evitar la discriminación contra las empleadas del hogar, sanciona como discriminación obligarlas a usar mandil en lugares públicos o prohibirles el acceso a ciertos espacios públicos. ¿Está bien que las trabajadoras del hogar usen uniformes? ¿Se les discrimina al dárselos? ¿Es esta una manera eficaz de combatir tal discriminación? Más allá de si es necesario usar mandil o si resultan huachafos algunos uniformes, claramente una tarea pendiente que tenemos como sociedad es procesar el valor de la diversidad, el respeto a la persona y la dignidad humana. Que la discriminación existe en el Perú es una realidad triste, que sin duda tenemos que cambiar; pero quizás la mayor discriminación contra las empleadas del hogar proviene del Estado que no garantiza sus derechos.
En el Perú, hoy hay niñas que trabajan en el hogar sin asistir al colegio ni contar con horas de descanso o tener un espacio adecuado para dormir. Es responsabilidad del Estado evitarlo. Muchas trabajadoras del hogar no están inscritas en Essalud y las que sí, no tienen en los hechos los mismos derechos que otros trabajadores. Por ejemplo, para ser atendidas en el seguro no basta que presenten su DNI como otros, sino que con frecuencia deben llevar el comprobante del pago efectuado por su empleador, porque “no aparecen en la base de datos” y, si aparecen, por lo general no figura el pago reciente. A su vez, a una empleada del hogar le resulta más difícil cobrar el subsidio por maternidad, porque a diferencia de cualquier otra empleada que recurre directamente a su empleador para cobrar el prenatal y el postnatal, la trabajadora del hogar tiene que desplazarse y hacer personalmente su trámite ante Essalud, y muchas veces solo le pagan concluidos los 90 días de licencia, olvidando que la intención de ese pago es permitirle sobrevivir en esa etapa. Además, si desea asesoría o plantear una denuncia, solo lo puede hacer en “horas de oficina”, precisamente cuando trabaja. Claramente, la travesía de cualquier empleada del hogar, con o sin uniforme, es mucho más tortuosa y complicada por la falta de tutela efectiva de sus derechos por parte del Estado y ello se agudiza aun más en segmentos donde mandiles y uniformes son un lujo.
Por eso, más que concentrarnos en normas que distraen del verdadero problema, necesitamos una gestión eficaz de registro efectivo y mejor trato por parte de Essalud.
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