2.5.09

Hazaña de pueblo

Hace 143 años, el dos de mayo de 1866, se libró el combate en el que una flota española poderosa fue derrotada por los cañones y la voluntad del pueblo.

El hecho se produjo debido a una agresión española, en la cual, bajo la cubierta de una expedición científica, hubo intento de invasión y reconquista del Perú. El signo de esa aventura fue la ocupación de las islas peruanas de Chincha.

Después vinieron dos respuestas: 1. La endeble, la conciliadora, la que ofendía la dignidad nacional y se reflejó en el tratado Vivanco-Pareja. 2. La encarnada por el pueblo y los militares patriotas, que se alzaron en Arequipa y Lima.

El derrocamiento del presidente Juan Antonio Pezet y la anulación por el pueblo del papelote Vivanco-Pareja demostró que también los presidentes y los tratados pueden ser maltratados.

Jorge Basadre, en el tomo IV de su Historia de la República del Perú, evalúa así la hazaña del Dos de Mayo:

“Allí actuó con vigor una fuerza en la que es preciso confiar, siempre que se trate del destino de un país o de la humanidad misma: el pueblo. Si ha sido olvidado o desdeñado, poco habrá que esperar de él en los momentos culminantes. El 2 de mayo fue como si el alma popular hubiese escrito un canto épico. Y un grano de poesía sazona un siglo”.

En el momento del desafío español se forjó una cuádruple alianza entre el Perú, Chile, Ecuador y Bolivia.

Pudo ser el germen de una solidaridad fructífera. Desgraciadamente, el prochilenismo de gobiernos reaccionarios como el actual, y la ojeriza de todos ellos contra Bolivia, echaron candado a esa posibilidad.

En los últimos tiempos, el presidente Alan García y el canciller José Antonio García Belaunde han enconado su actitud antiboliviana. Esto es contrario a los dictados de la historia y a las perspectivas de la seguridad nacional.

La torpeza se agranda ahora que se ha demostrado que en Bolivia hubo una conspiración de la internacional negra, fascista, para perpetrar asesinatos provocadores y matar a Evo Morales. La conjura persiste.

Pero volvamos al Dos de Mayo. Su lección vital vitalicia consiste, creo, en la sagrada comunión de patria y pueblo.

Leía en estos días el caudaloso libro Prosas dispersas de Antonio Machado, de la colección Voces Clásicas de Editorial Páginas de Espuma. Me sobresaltaron estas líneas periodísticas del gran lírico:

“Sabemos que la patria es algo que se hace constantemente y se conserva sólo por la cultura y el trabajo… Sabemos que no es patria el suelo que se pisa, sino el suelo que se labra… allí donde no existe huella del esfuerzo humano no hay patria, ni siquiera región, sino una tierra estéril, que tanto puede ser nuestra como de los buitres”.

El Dos de Mayo lo confirma y Machado parece adivinarlo. Los poetas auténticos pulsan la palpitación de la historia.

LA PRIMERA

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