Por: Héctor López Historiador
Uno de los documentos más importantes de la historia nacional es la Capitulación de Ayacucho, que ratificó nuestra definitiva emancipación de la corona española. Sus términos son un modelo de caballerosidad. No se humilla ni se agravia moral ni materialmente a los vencidos. Es esa batalla estuvieron dos hombres en campos opuestos: Manuel Amunátegui (Chillán, Chile, 1802) bajo las banderas del rey, y Alejandro Villota (Buenos Aires, Argentina, 1803), patriota destacado desde la etapa sanmartiniana. Después de la contienda trabaron en la ciudad de Ayacucho una sólida y ejemplar amistad que solo terminaría con la muerte de Villota en 1861. Esa amistad se tradujo, desde un primer momento, en diversos proyectos de trabajo. Ambos colaboraron en la edición del periódico “El Indígeno” (sic), de corta vida, y luego volverían a encontrarse en diversas oportunidades en el ámbito de los negocios, que no fueron muy afortunados para ninguno de los dos. Finalmente, a postrero de 1838, cuando todavía el futuro del Perú no se decidía por estar inmerso en la Confederación con Bolivia, tomaron la decisión de publicar un diario en Lima, dedicado a fomentar el movimiento comercial —sobre todo marítimo— y a defender las ideas liberales de ambos, donde la abolición de la esclavitud, la igualdad de los hombres ante la ley, la justicia y la democracia debían prevalecer por encima del imperante caudillismo militar, fuente de anarquía, atropellos e inmovilismo cultural y económico.
La derrota del mariscal Andrés de Santa Cruz, protector de la confederación, en la batalla de Yungay el 20 de enero de 1839, fue un hecho decisivo para que Amunátegui y Villota aceleraran su proyecto periodístico y el 4 de mayo de 1839 apareció el primer número de El Comercio. El nuevo diario no tenía ninguna bandera política, ni mecenas y tampoco estaba comprometido con intereses comerciales nacionales ni extranjeros. Sus fundadores contaban únicamente con el respaldo del público, de los suscriptores y los trabajos que se efectuaran en su bien montado taller de obras. La que sería larga y fecunda vida de El Comercio se gestó entre dos batallas: Ayacucho y Yungay.
Recordemos la trayectoria de los fundadores entre 1824 y 1839. Amunátegui permaneció casi tres años en Ayacucho, donde contrajo matrimonio con doña Dominga Ayarza, perteneciente a una de las familias más importantes de esa ciudad. Durante ese tiempo se dedicó a la exploración minera, sin fortuna, por lo cual marcharía a Cerro de Pasco. Allí se encontró con un panorama desolador. La guerra de la Independencia había causado gravísimo daño a las minas de plata que estaban inundadas de agua y producían, con dificultad, unas pocas barras del metal argentífero.
Villota también se interesó por los yacimientos de Cerro de Pasco, pero desde otra perspectiva: intentó importar máquinas de vapor para desaguar las minas. El negocio era de gran envergadura y, para ello, formó una empresa con 100.000 pesos de capital. Diversos imponderables, sumados a las condiciones políticas del país, hicieron fracasar el interesante empeño. Posteriormente se dedicó a la representación de diversas industrias europeas que fabricaban maquinaria agrícola y para la construcción de embarcaciones menores. También trajo al Perú numerosas recuas de mulas adquiridas en Salta. Villota y Amunátegui tenían muy buenos contactos amicales y comerciales con personajes importantes de Lima y el Callao.
Amunátegui llegó a tener acciones de algunas minas de plata en Cerro de Pasco, pero le fue mejor en el negocio de proveedor de herramientas y alimentos. Lo propio hizo, en diversas etapas, con el Ejército y la Marina de Guerra. Muchos de sus esfuerzos los volcó en la agricultura. Él, cuando ya estaba dedicado exclusivamente a El Comercio, recordaría: “Alucinado por los provechos que ofrecía la plantación de algodones, acometí esa empresa en diferentes localidades, las que todas me dieron malos resultados por causas generales que no es del caso mencionar, y viendo yo que era imposible continuar tales empresas, resolví venderlas todas”. La plantación algodonera más importante de Amunátegui estuvo en Supe, en sociedad con Emiliano Llona, a quien protegió desde niño con paternal solicitud.
Estos dos hombres, Amunátegui y Villota, de talante muy diferente, cultivaron con fervor los mismos valores éticos y le dieron a El Comercio una fuerza moral realmente invulnerable, pues perdura desde hace 170 años.
La historia del Perú por el padre Urías
Ya se sabe que cuando dos peruanos platicamos sobre política, surge la guerra civil, y si somos tres, se desencadena la anarquía. Felizmente, allí estaba el padre Urías para serenar ánimos con solo decir: “No se acaloren ustedes, caballeros, ni rasguen sangre, que eso lo tengo con puntos y comas, y bien documentado, en mi Historia del Perú —y con el índice apuntaba a un baúl misterioso—. Ahí la tienen ustedes, íntegra hasta el día, y la leerán después de mi muerte”.
Y a cada triquitraque el marrullero fraile traía a cuento su historia, de la que a nadie había leído ni enseñado página, y que yacía encerrada, bajo llave, en el baúl que todos mirábamos con respetuosa curiosidad.
No podría precisar la fecha, pero fue dos o tres años después de la batalla de la Palma, día en que por última vez estuve en la celda, cuando el padre Urías emprendió el viaje eterno, haciendo antes entrega de la misteriosa llave a su cofrade el padre Acevedo. Este, una semana después del sepelio, convocó a la celda a varios sacerdotes y amigos seglares del difunto, y se abrió el baúl. En efecto [...], allí estaba la historia del Perú, desde 1839 hasta poquísimos días anteriores al fallecimiento. No constaba ella de una sola página manuscrita, sino de la colección íntegra del diario El Comercio, desde mayo de 1839, en que apareció el primer número. La labor del padre Urías había consistido en formar paquete mensual del periódico, atando cada paquete con balduque rojo o blanco, y escribiendo sobre un cartoncillo este membrete en letra gruesa: “Historia del Perú. Mes y año”.
En puridad de verdad, hay que convenir en que el padre Urías no nos había mentido. ¿A qué fuente de consulta más veraz y fecunda podrán acudir los futuros historiadores que a la encerrada por el agustiniano fraile en el enigmático baúl?
¡El Comercio! ¡El Comercio! Esa es la historia del Perú por el padre Urías.
TEXTO GLOSADO. EXTRAÍDO DE “TRADICIONES PERUANAS” POR RICARDO PALMA. 1945. ESPASA CALPE.
EL COMERCIO
Uno de los documentos más importantes de la historia nacional es la Capitulación de Ayacucho, que ratificó nuestra definitiva emancipación de la corona española. Sus términos son un modelo de caballerosidad. No se humilla ni se agravia moral ni materialmente a los vencidos. Es esa batalla estuvieron dos hombres en campos opuestos: Manuel Amunátegui (Chillán, Chile, 1802) bajo las banderas del rey, y Alejandro Villota (Buenos Aires, Argentina, 1803), patriota destacado desde la etapa sanmartiniana. Después de la contienda trabaron en la ciudad de Ayacucho una sólida y ejemplar amistad que solo terminaría con la muerte de Villota en 1861. Esa amistad se tradujo, desde un primer momento, en diversos proyectos de trabajo. Ambos colaboraron en la edición del periódico “El Indígeno” (sic), de corta vida, y luego volverían a encontrarse en diversas oportunidades en el ámbito de los negocios, que no fueron muy afortunados para ninguno de los dos. Finalmente, a postrero de 1838, cuando todavía el futuro del Perú no se decidía por estar inmerso en la Confederación con Bolivia, tomaron la decisión de publicar un diario en Lima, dedicado a fomentar el movimiento comercial —sobre todo marítimo— y a defender las ideas liberales de ambos, donde la abolición de la esclavitud, la igualdad de los hombres ante la ley, la justicia y la democracia debían prevalecer por encima del imperante caudillismo militar, fuente de anarquía, atropellos e inmovilismo cultural y económico.
La derrota del mariscal Andrés de Santa Cruz, protector de la confederación, en la batalla de Yungay el 20 de enero de 1839, fue un hecho decisivo para que Amunátegui y Villota aceleraran su proyecto periodístico y el 4 de mayo de 1839 apareció el primer número de El Comercio. El nuevo diario no tenía ninguna bandera política, ni mecenas y tampoco estaba comprometido con intereses comerciales nacionales ni extranjeros. Sus fundadores contaban únicamente con el respaldo del público, de los suscriptores y los trabajos que se efectuaran en su bien montado taller de obras. La que sería larga y fecunda vida de El Comercio se gestó entre dos batallas: Ayacucho y Yungay.
Recordemos la trayectoria de los fundadores entre 1824 y 1839. Amunátegui permaneció casi tres años en Ayacucho, donde contrajo matrimonio con doña Dominga Ayarza, perteneciente a una de las familias más importantes de esa ciudad. Durante ese tiempo se dedicó a la exploración minera, sin fortuna, por lo cual marcharía a Cerro de Pasco. Allí se encontró con un panorama desolador. La guerra de la Independencia había causado gravísimo daño a las minas de plata que estaban inundadas de agua y producían, con dificultad, unas pocas barras del metal argentífero.
Villota también se interesó por los yacimientos de Cerro de Pasco, pero desde otra perspectiva: intentó importar máquinas de vapor para desaguar las minas. El negocio era de gran envergadura y, para ello, formó una empresa con 100.000 pesos de capital. Diversos imponderables, sumados a las condiciones políticas del país, hicieron fracasar el interesante empeño. Posteriormente se dedicó a la representación de diversas industrias europeas que fabricaban maquinaria agrícola y para la construcción de embarcaciones menores. También trajo al Perú numerosas recuas de mulas adquiridas en Salta. Villota y Amunátegui tenían muy buenos contactos amicales y comerciales con personajes importantes de Lima y el Callao.
Amunátegui llegó a tener acciones de algunas minas de plata en Cerro de Pasco, pero le fue mejor en el negocio de proveedor de herramientas y alimentos. Lo propio hizo, en diversas etapas, con el Ejército y la Marina de Guerra. Muchos de sus esfuerzos los volcó en la agricultura. Él, cuando ya estaba dedicado exclusivamente a El Comercio, recordaría: “Alucinado por los provechos que ofrecía la plantación de algodones, acometí esa empresa en diferentes localidades, las que todas me dieron malos resultados por causas generales que no es del caso mencionar, y viendo yo que era imposible continuar tales empresas, resolví venderlas todas”. La plantación algodonera más importante de Amunátegui estuvo en Supe, en sociedad con Emiliano Llona, a quien protegió desde niño con paternal solicitud.
Estos dos hombres, Amunátegui y Villota, de talante muy diferente, cultivaron con fervor los mismos valores éticos y le dieron a El Comercio una fuerza moral realmente invulnerable, pues perdura desde hace 170 años.
La historia del Perú por el padre Urías
Ya se sabe que cuando dos peruanos platicamos sobre política, surge la guerra civil, y si somos tres, se desencadena la anarquía. Felizmente, allí estaba el padre Urías para serenar ánimos con solo decir: “No se acaloren ustedes, caballeros, ni rasguen sangre, que eso lo tengo con puntos y comas, y bien documentado, en mi Historia del Perú —y con el índice apuntaba a un baúl misterioso—. Ahí la tienen ustedes, íntegra hasta el día, y la leerán después de mi muerte”.
Y a cada triquitraque el marrullero fraile traía a cuento su historia, de la que a nadie había leído ni enseñado página, y que yacía encerrada, bajo llave, en el baúl que todos mirábamos con respetuosa curiosidad.
No podría precisar la fecha, pero fue dos o tres años después de la batalla de la Palma, día en que por última vez estuve en la celda, cuando el padre Urías emprendió el viaje eterno, haciendo antes entrega de la misteriosa llave a su cofrade el padre Acevedo. Este, una semana después del sepelio, convocó a la celda a varios sacerdotes y amigos seglares del difunto, y se abrió el baúl. En efecto [...], allí estaba la historia del Perú, desde 1839 hasta poquísimos días anteriores al fallecimiento. No constaba ella de una sola página manuscrita, sino de la colección íntegra del diario El Comercio, desde mayo de 1839, en que apareció el primer número. La labor del padre Urías había consistido en formar paquete mensual del periódico, atando cada paquete con balduque rojo o blanco, y escribiendo sobre un cartoncillo este membrete en letra gruesa: “Historia del Perú. Mes y año”.
En puridad de verdad, hay que convenir en que el padre Urías no nos había mentido. ¿A qué fuente de consulta más veraz y fecunda podrán acudir los futuros historiadores que a la encerrada por el agustiniano fraile en el enigmático baúl?
¡El Comercio! ¡El Comercio! Esa es la historia del Perú por el padre Urías.
TEXTO GLOSADO. EXTRAÍDO DE “TRADICIONES PERUANAS” POR RICARDO PALMA. 1945. ESPASA CALPE.
EL COMERCIO



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