Hierve la sangre de ver cómo ciertos personajes se rasgan hipócritamente las vestiduras por el avance terrorista y la carrera armamentista chilena, cuando ellos son los que nos llevaron a esta situación.
Porque la mayoría de los que ahora lloran lágrimas de cocodrilo por los soldados que mueren en el VRAE pertenece a esa argolla política y mediática –montada a partir de Paniagua y que continuó funcionando a todo vapor durante el toledismo– que hizo triza los logros de la pacificación obtenidos en la década anterior. Y se acuerdan, de repente, que el Perú necesita mejorar su capacidad disuasiva, cuando fueron ellos los que alentaron una suerte de desarme unilateral.
Hoy se preocupan por el tema del VRAE los que propiciaron el retorno a la CIDH, la CVR, la satanización y persecución judicial de militares y policías que combatieron el terrorismo, la anulación de los procesos judiciales a senderistas y emerretistas en el fuero militar, la mayor flexibilidad del régimen carcelario de los subversivos, la conmutación de sus penas y los indultos secretos.
Hoy claman por “mano dura” los que en nombre de los “derechos humanos” diseñaron y aceitaron esta perversa maquinaria que buscó triturar la mayor victoria militar peruana en el último siglo. Hoy le reclaman al gobierno mayor eficacia antiterrorista los que además de satanizar a los militares, desmantelaron la Inteligencia y las bases antisubversivas y, sin querer o adrede (nosotros creemos que adrede) fortalecieron política y logísticamente a Sendero Luminoso.
¿Y no fueron acaso los que hoy se asustan por el desenfrenado armamentismo chileno los mismos que impulsaron la suicida doctrina del desarme unilateral? ¿No fueron ellos los que colocaron en Palacio al asesor chileno Esteban Silva, quien le susurraba al oído a Toledo que si el vecino compraba armas el Perú debía adquirir lápices?
Lo dijimos en esta columna una y otra vez y se burlaban de nosotros. Nos llamaban “halcones” y hasta aliados de traficantes de armas. Tan luego ellos, que sembraron las bases del derrotismo, sin importarles que un país con militares desarmados y desmoralizados no es garantía de paz sino presa apetecible de los vecinos. Y mientras, en Chile –donde sí hay, aunque nos duela admitirlo, políticas de Estado–, se apegaban a la filosofía hobbesiana de que la nación más poderosa o Leviatán controla el orden regional. Y poder nacional significa poder militar, que según esta doctrina es el único factor que determina quién cuenta en las relaciones internacionales.
Por obra y gracia de esa quinta columna –que hoy pontifica sin pudor sobre estrategia antisubversiva y repotenciación de las FFAA–, estamos en desventaja frente al enemigo interno que es SL y al enemigo externo que es Chile. Deberían tener un mínimo de vergüenza y callarse la boca.
LA RAZON
Porque la mayoría de los que ahora lloran lágrimas de cocodrilo por los soldados que mueren en el VRAE pertenece a esa argolla política y mediática –montada a partir de Paniagua y que continuó funcionando a todo vapor durante el toledismo– que hizo triza los logros de la pacificación obtenidos en la década anterior. Y se acuerdan, de repente, que el Perú necesita mejorar su capacidad disuasiva, cuando fueron ellos los que alentaron una suerte de desarme unilateral.
Hoy se preocupan por el tema del VRAE los que propiciaron el retorno a la CIDH, la CVR, la satanización y persecución judicial de militares y policías que combatieron el terrorismo, la anulación de los procesos judiciales a senderistas y emerretistas en el fuero militar, la mayor flexibilidad del régimen carcelario de los subversivos, la conmutación de sus penas y los indultos secretos.
Hoy claman por “mano dura” los que en nombre de los “derechos humanos” diseñaron y aceitaron esta perversa maquinaria que buscó triturar la mayor victoria militar peruana en el último siglo. Hoy le reclaman al gobierno mayor eficacia antiterrorista los que además de satanizar a los militares, desmantelaron la Inteligencia y las bases antisubversivas y, sin querer o adrede (nosotros creemos que adrede) fortalecieron política y logísticamente a Sendero Luminoso.
¿Y no fueron acaso los que hoy se asustan por el desenfrenado armamentismo chileno los mismos que impulsaron la suicida doctrina del desarme unilateral? ¿No fueron ellos los que colocaron en Palacio al asesor chileno Esteban Silva, quien le susurraba al oído a Toledo que si el vecino compraba armas el Perú debía adquirir lápices?
Lo dijimos en esta columna una y otra vez y se burlaban de nosotros. Nos llamaban “halcones” y hasta aliados de traficantes de armas. Tan luego ellos, que sembraron las bases del derrotismo, sin importarles que un país con militares desarmados y desmoralizados no es garantía de paz sino presa apetecible de los vecinos. Y mientras, en Chile –donde sí hay, aunque nos duela admitirlo, políticas de Estado–, se apegaban a la filosofía hobbesiana de que la nación más poderosa o Leviatán controla el orden regional. Y poder nacional significa poder militar, que según esta doctrina es el único factor que determina quién cuenta en las relaciones internacionales.
Por obra y gracia de esa quinta columna –que hoy pontifica sin pudor sobre estrategia antisubversiva y repotenciación de las FFAA–, estamos en desventaja frente al enemigo interno que es SL y al enemigo externo que es Chile. Deberían tener un mínimo de vergüenza y callarse la boca.
LA RAZON



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