15.6.09

Alianza, ¿y qué?

Tras la sanción impuesta legal y legítimamente por la Mesa Directiva del Congreso a siete parlamentarios del Partido Nacionalista por obstaculizar el funcionamiento del primer poder del Estado, entre otros cargos graves, escuchamos desde sectores “políticamente correctos” una muletilla efectista: “existe una alianza conformada por el APRA,

Unidad Nacional y el fujimorismo”. Lo hacen, incluso, seudointelectuales que se supone deberían tener el discernimiento suficiente para evaluar (objetivamente) el plan de desestabilización puesto en práctica por la facción congresal radical. Y lo hacen también prejuiciosamente como si ese supuesto triple entente fuera un problema per se. Algo que no lo es para quienes reclamamos madurez y estabilidad a nuestros políticos.

Pensamos que aquellas posiciones minimalistas que especulan sobre qué grupo político se entiende o no con el fujimorismo –sea el aprismo o el pepecismo, y apenas prejuiciando taras en cada uno de ambos colectivos–, evidencian un anacronismo paralizante, acomplejado y estúpido que ignora que la política es una ciencia humana realista y dinámica. Además, esa miseria dibuja la orfandad de argumentos e imaginación de quienes quieren –por intereses obtusos– oponerse al modelo económico abierto –pero sobre todo exitoso– que ha escogido el país. En ese sentido, así hubiera una alianza aprista–fujimorista–pepecista, lo cierto es que la gravedad de lo ocurrido en Bagua –y la incertidumbre que vive la selva a partir de la campaña de desinformación y planes para atentar contra la paz y el desarrollo del Perú– ameritan la toma de decisiones principistas para defender a la sociedad del caos, empezando por el Parlamento donde, dicho sea de paso, nada justifica capturar el Hemiciclo y hacer desde ahí una cuestión de Estado, como lo hace el afiebrado humalismo.

Los lugares comunes de la política barata, a los cuales un conjunto de personajes pro–chavistas quiere conducirnos –prescindiendo de problemas fundamentales de la agenda–país (como la lucha contra la pobreza y el estímulo económico en un contexto de crisis mundial)– deben quedar proscritos si, de verdad, queremos seguir por la senda del modelo económico que ha hecho de nuestro país uno de los principales ejemplos del mundo en materia de resistir con éxito los embates y efectos recesivos internacionales. Entonces, si hipotéticamente existiera una alianza entre estos tres colectivos políticos, ¿qué importa? Más aún, si ese acuerdo fuera tácito o explícito, ¿qué interesa si de por medio está evitar que el Perú retroceda a la barbarie y al desgobierno, defendiendo la creación de puestos de trabajo y dándole señales de estabilidad a las cada vez más escasas inversiones que exige el país?

En otros términos, si en efecto unidos los congresistas del oficialismo y de la oposición (Alianza Fujimorista y Unidad Nacional) abortaron el chantaje “humalista” –guiado por el afán destructivo que promueve, entre otros, la izquierda del fracasado PUM de Javier Diez Canseco–; o si los sectores de Centro no comparten las medidas de fuerza a las que apunta el extremismo, pues señores lo único que se demuestra con ello son coincidencias con el partido de gobierno que procura mantener la institucionalidad democrática y consolidar la voluntad popular expresada en las ánforas. Recordemos que en primera y segunda vuelta, el 2006 el Perú vetó contundentemente el retorno al estatismo velasquista y a la demagogia de la neoizquierda, así como repudió al populismo trasnochado de todo pelaje.

EXPRESO

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