Uri Ben Schmuel
uribs@larazon.com.pe
En The Nerves of Government, Karl W. Deutsch enumera varias características de lo que llama sociedades autodestructivas (self-destructive societies) y las condiciones que llevan a ese despeñadero. Entre ellas, lo que denomina “una condición patológica de falta de respeto por sí misma”. Y afirma: “Ninguna persona, cultura, pueblo o Estado pueden perdurar sin respeto por sí mismos y sin poner un valor positivo en sus propias memorias y en su propio carácter”.
Entre nosotros, ¿qué tenemos hoy en día? Un cargamontón de aquellos que pretenden disolver la tolerancia, descalificar al que piensa diferente e incentivar el odio. En medio de situaciones tan preocupantes como el cerco geopolítico al Perú, el sabotaje económico de Pizango y su pandilla o la muerte de niños en Puno (¡el colmo que el gobierno regional solo haya ejecutado el 3% de los S/24 millones con los que cuenta para inversión en Salud!), los que quieren imponer el pensamiento único dedican todas sus energías a mirar el pasado. A temas tan irrelevantes como, por ejemplo, cuántas personas visitan al ex presidente Fujimori en su celda.
A esta gente, agrupada en las ONG y las argollas mediáticas, no les interesa en absoluto el pueblo en nombre del cual hablan. Estos defensores usan lo “popular” como excusa para dar rienda suelta a su voraz sed de venganza. Son, en el fondo, demoledores de nuestra sociedad y sepultureros de cualquier intento de progreso, incapaces de reconocer complejidades o diferencias, promotores de políticas extraviadas en una falsa idea de justicia. Y si alguien osa contradecirlos, de inmediato sus mastines periodísticos responden como solía hacerlo cierto arzobispo anglicano de Canterbury a su interlocutor católico: pateando piedras a falta de argumentos sólidos.
¿No debería nuestro país ir por fin más allá de esas retóricas para adentrarse en las realidades? ¿En vez de bailar al son de los que dictan su propia agenda no habría que debatir y acordar políticas básicas de Estado para enfrentar a los enemigos internos y externos? ¿No deberíamos dedicarnos a presentar un frente unido ante las maniobras chilenas para aislarnos de nuestros vecinos? ¿No son acaso urgentes medidas severas para restablecer el orden y dejar de ser una democracia bobalicona que tolera sabotajes a las fuentes de energía? ¿Es más importante perseguir a los hermanos de Fujimori o a los militares que ganaron la guerra contra el terror que devolverle al Perú la condición mínima de previsible que está perdiendo a pasos acelerados?
Pero, ay, en estos tiempos cada vez más electorales, los políticos no piensan en nada que no tenga efectos inmediatos para la atracción de votos. Los asuntos antes mencionados quedan relegados, sin mencionar otras cuestiones que preocupan a la vida cotidiana del ciudadano de a pie. Y de este autismo se aprovechan los que se detienen en el árbol, cuando sólo un poco más allá está el bosque, y en él, una serie de emboscadas.
LA RAZON
uribs@larazon.com.pe
En The Nerves of Government, Karl W. Deutsch enumera varias características de lo que llama sociedades autodestructivas (self-destructive societies) y las condiciones que llevan a ese despeñadero. Entre ellas, lo que denomina “una condición patológica de falta de respeto por sí misma”. Y afirma: “Ninguna persona, cultura, pueblo o Estado pueden perdurar sin respeto por sí mismos y sin poner un valor positivo en sus propias memorias y en su propio carácter”.
Entre nosotros, ¿qué tenemos hoy en día? Un cargamontón de aquellos que pretenden disolver la tolerancia, descalificar al que piensa diferente e incentivar el odio. En medio de situaciones tan preocupantes como el cerco geopolítico al Perú, el sabotaje económico de Pizango y su pandilla o la muerte de niños en Puno (¡el colmo que el gobierno regional solo haya ejecutado el 3% de los S/24 millones con los que cuenta para inversión en Salud!), los que quieren imponer el pensamiento único dedican todas sus energías a mirar el pasado. A temas tan irrelevantes como, por ejemplo, cuántas personas visitan al ex presidente Fujimori en su celda.
A esta gente, agrupada en las ONG y las argollas mediáticas, no les interesa en absoluto el pueblo en nombre del cual hablan. Estos defensores usan lo “popular” como excusa para dar rienda suelta a su voraz sed de venganza. Son, en el fondo, demoledores de nuestra sociedad y sepultureros de cualquier intento de progreso, incapaces de reconocer complejidades o diferencias, promotores de políticas extraviadas en una falsa idea de justicia. Y si alguien osa contradecirlos, de inmediato sus mastines periodísticos responden como solía hacerlo cierto arzobispo anglicano de Canterbury a su interlocutor católico: pateando piedras a falta de argumentos sólidos.
¿No debería nuestro país ir por fin más allá de esas retóricas para adentrarse en las realidades? ¿En vez de bailar al son de los que dictan su propia agenda no habría que debatir y acordar políticas básicas de Estado para enfrentar a los enemigos internos y externos? ¿No deberíamos dedicarnos a presentar un frente unido ante las maniobras chilenas para aislarnos de nuestros vecinos? ¿No son acaso urgentes medidas severas para restablecer el orden y dejar de ser una democracia bobalicona que tolera sabotajes a las fuentes de energía? ¿Es más importante perseguir a los hermanos de Fujimori o a los militares que ganaron la guerra contra el terror que devolverle al Perú la condición mínima de previsible que está perdiendo a pasos acelerados?
Pero, ay, en estos tiempos cada vez más electorales, los políticos no piensan en nada que no tenga efectos inmediatos para la atracción de votos. Los asuntos antes mencionados quedan relegados, sin mencionar otras cuestiones que preocupan a la vida cotidiana del ciudadano de a pie. Y de este autismo se aprovechan los que se detienen en el árbol, cuando sólo un poco más allá está el bosque, y en él, una serie de emboscadas.
LA RAZON



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