Los cuatro hijos de Alberto Fujimori: Keiko, Hiro, Sachi y Kenji cursaron estudios universitarios en los Estados Unidos, mientras oficialmente su padre ganaba dos mil soles mensuales. ¿Alguien duda, entonces, que lo hicieron con dinero mal habido? ¿Acaso no dio suficiente muestra de rapiña, apenas iniciado su gobierno, al robar por intermedio de su familia ropa usada, donada para pobres por el Japón, por valor de un millón de dólares? ¿Alguien puede dudar todavía de ello ahora cuando sabemos que la banda de ladrones que lideraba (al menos quince de sus ministros o están presos o con orden de captura) hurtó del Estado más de dos mil millones de dólares? Fijémonos, por tanto, en otro aspecto de lo antes mencionado, que tiene un alto contenido simbólico, sobre el cual, sin embargo, poco se comenta: que mientras ponderaba la calidad educativa supuestamente lograda bajo su gobierno (ahora sabemos que la condujo al colapso), enviaba sin rubor a todos sus hijos a educarse fuera del país, como huyendo de una peste. Ese solo hecho, reiterado por los políticos de turno en el poder, dice más que cualquier discurso, sobre el tratamiento efectivo dado a la educación en nuestro país, y adquiere mayor significación aún, tratándose de quien mediante la emisión del decreto legislativo 882, el año 1996, impuso la privatización de la universidad en el Perú, dejándola a merced de la lógica del lucro, sin garantía alguna de la calidad de sus servicios; con lo cual, puestos sus hijos a buen recaudo, pulverizaba la credibilidad de los grados y títulos emitidos por la mayor parte de universidades, sobre todo en el sector privado que desde entonces mercantilizó el acceso a ellos en una lógica de acumulación salvaje de capital que involucra a más de un aspirante a la presidencia de la República, que ha hecho jugosos negocios con la legítima aspiración de la población a la educación superior de sus hijos.
El panorama es similar en los servicios de mayor impacto social: Como quienes gobiernan no se atienden en hospitales públicos, ni usan servicios de transporte público, ni colegios o universidades públicas, nos lanzan floridos discursos, convenientemente maquillados con falaces cifras estadísticas, ponderando la mejora sustantiva de aquellos servicios. Que lo hecho por Fujimori con la educación de sus hijos y los nuestros sirva de lección. Repasemos bien la cuenta, para no pagar otra vez la factura.
Mientras ponderaba la calidad educativa supuestamente lograda bajo su gobierno (ahora sabemos que la condujo al colapso), enviaba sin rubor a todos sus hijos a educarse fuera del país, como huyendo de una peste.
LA PRIMERA
El panorama es similar en los servicios de mayor impacto social: Como quienes gobiernan no se atienden en hospitales públicos, ni usan servicios de transporte público, ni colegios o universidades públicas, nos lanzan floridos discursos, convenientemente maquillados con falaces cifras estadísticas, ponderando la mejora sustantiva de aquellos servicios. Que lo hecho por Fujimori con la educación de sus hijos y los nuestros sirva de lección. Repasemos bien la cuenta, para no pagar otra vez la factura.
Mientras ponderaba la calidad educativa supuestamente lograda bajo su gobierno (ahora sabemos que la condujo al colapso), enviaba sin rubor a todos sus hijos a educarse fuera del país, como huyendo de una peste.
LA PRIMERA



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