17.6.09

Señal de humo

Por: Abelardo Sánchez León

La llamo, levanto la voz, intento un grito, pero ella está metida en el mundo que le susurra su iPod. Lo he olvidado. No me oye. Qué tonto soy. Miro alrededor del gimnasio y la mayoría anda ensimismado en su propio mundo. Se oyen a sí mismos. Yo hago lo mismo en casa: pongo mi música, mi película; entro a Internet. No escucho radio, no veo la señal abierta. Podría encontrarme en medio de la Amazonía y crear mi propio universo: mi laptop, mi iPod, mi celular. Puedo convertirme en un no contactado en la hora pico de la tecnología. Estar en medio del conflicto amazónico rodeado de ese verde intenso, pero aguzando el oído en mi propia salsa. Viviría como Tarzán, sin la mona Chita, por cierto, cotejando el Facebook.

He descubierto, con secreta alegría, que no estoy en el ráting de las audiencias. No le intereso a la publicidad. No correspondo al gusto de la mayoría. Soy un ave rara. “¡Bah, vitaminas A!, ¡Bah, vitaminas B!”, como exclama el poeta. Puedo vivir en medio del follaje, en mi cueva, convertirme en el hombre del subsuelo. Todos los jóvenes hacemos exactamente lo mismo. Caminamos, comemos, conversamos y hacemos el amor, sumergidos, cada cual, en nuestros respectivos iPod. Hay algunos que cargan unas orejeras tipo piloto de un Airbus. De esa música brota la energía que nos sacude desde dentro. En la salita de los bajos tengo todo lo que necesito a la mano. Rara vez consulto la guía. Yo me he programado. Yo he ordenado las horas de mi día. Yo conozco mis necesidades. A lo lejos oigo la voz del profesor como si se dirigiera a mí. ¿Habrá tomado conciencia de que estoy sentado en un extremo, al fondo del aula?

Mis problemas empiezan cuando dejo mi habitación: Alberto Pizango, los conflictos amazónicos, las plumas de la ministra; un canal local ha vuelto a caer en manos de la corrupción más visible y espantosa; Keiko; los cuarentones apristas; la selección de fútbol es el hazmerreír del continente. Miro por la ventana de mi auto. Tengo suerte de tener uno. Veo a otros jóvenes reposar su hartazgo en el micro atiborrado, pero acompañados de su propia música. No oyen la de la radio puesta a todo volumen. Tampoco las chicas del gimnasio lo hacen. ¿Qué nos puede ofrecer el mundo exterior si podemos prender la pradera de nuestros sueños?

EL COMERCIO

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