Uri Ben Schmuel
uribs@larazon.com.pe
Justo cuando le damos vuelta al tema de esta columna, en uno de esos días que sufrimos el síndrome de la página (o, mejor dicho, del monitor) en blanco, recibimos en el celular un mensaje de texto de un amigo. Describe con precisión, en una docena de palabras, el actual escenario: “Nativos aullando, Evo rebuznando y Chile gruñendo: la situación no pinta bien”.
Perfecta y sucinta manera de graficar el desmadre interno a causa de Pizango y su pandilla y el externo por Bachelet y el sacasillas boliviano. Nuestra respuesta es breve y un tanto escatológica: “Sí, estamos en deep sh.t”.
El amigo envía otro SMS: “¿AGP prepara otro giro inesperado? Creo que a Simon se le acabó el carrete. Parece el Burro al terminar su premierato”.
Como el amigo tiene contactos con círculos muy próximos al poder, le soltamos: “¿Meche? ¿LAC? ¿Quién?”.
Responde: “Creo que un apro traería más problemas que soluciones. ¿Un Yehude distinto?”.
El amigo sabe pero se hace el loco. Insistimos: “¿Quién?”.
Y su respuesta: “No sé. Un duro bruto podría terminar de fregarlo todo. Un caviar ni hablar. ¿Quién sería un duro inteligente?”.
Mala costumbre esa de responder una pregunta con otra. Le seguimos el juego con una provocación. “No sé. ¿Donayre entra en la categoría de duro inteligente? Imagínate si lo nombran premier y además le dan la cartera de Defensa y a Ántero lo rotan a Justicia”.
El amigo se toma su tiempo para responder. Y luego: “Sorry, sé que aprecias a Donayre, pero lo veo en la categoría clown”.
Son las seis de la tarde, tenemos que escribir una columna y obviamente no pertenecemos a la generación que envía SMS a la envidiable velocidad de la luz. Más bien somos torpes en esos agotadores menesteres. Así que nos irritamos un poco. “Ya pues, no juegues al ‘garganta profunda’ que no soy Woodward ni Berstein. Deja de darme preguntas y suelta respuestas”.
El amigo se pone dicharachero. “Sabes que nunca me hago el cojo por no marchar. Todo esto es solo un pálpito”.
Hacemos un último intento antes de desistir. “Ponle un nombre a tu pálpito o deja de fregar con tus acertijos”.
Diez minutos después, cuando como decía Dante lasciate ogni speranza de obtener una respuesta, llega otro SMS. “Alex Kouri. Inteligente, duro y con calle”.
Vaya que se las trae el amigo. Ya con la yema del dedo pulgar enrojecida de tanto apretar las diminutas teclas del celular, le mandamos un último mensaje: “Bingo. Tengo columna para mañana. Voy a reproducir este intercambio de SMS”.
LA RAZON
uribs@larazon.com.pe
Justo cuando le damos vuelta al tema de esta columna, en uno de esos días que sufrimos el síndrome de la página (o, mejor dicho, del monitor) en blanco, recibimos en el celular un mensaje de texto de un amigo. Describe con precisión, en una docena de palabras, el actual escenario: “Nativos aullando, Evo rebuznando y Chile gruñendo: la situación no pinta bien”.
Perfecta y sucinta manera de graficar el desmadre interno a causa de Pizango y su pandilla y el externo por Bachelet y el sacasillas boliviano. Nuestra respuesta es breve y un tanto escatológica: “Sí, estamos en deep sh.t”.
El amigo envía otro SMS: “¿AGP prepara otro giro inesperado? Creo que a Simon se le acabó el carrete. Parece el Burro al terminar su premierato”.
Como el amigo tiene contactos con círculos muy próximos al poder, le soltamos: “¿Meche? ¿LAC? ¿Quién?”.
Responde: “Creo que un apro traería más problemas que soluciones. ¿Un Yehude distinto?”.
El amigo sabe pero se hace el loco. Insistimos: “¿Quién?”.
Y su respuesta: “No sé. Un duro bruto podría terminar de fregarlo todo. Un caviar ni hablar. ¿Quién sería un duro inteligente?”.
Mala costumbre esa de responder una pregunta con otra. Le seguimos el juego con una provocación. “No sé. ¿Donayre entra en la categoría de duro inteligente? Imagínate si lo nombran premier y además le dan la cartera de Defensa y a Ántero lo rotan a Justicia”.
El amigo se toma su tiempo para responder. Y luego: “Sorry, sé que aprecias a Donayre, pero lo veo en la categoría clown”.
Son las seis de la tarde, tenemos que escribir una columna y obviamente no pertenecemos a la generación que envía SMS a la envidiable velocidad de la luz. Más bien somos torpes en esos agotadores menesteres. Así que nos irritamos un poco. “Ya pues, no juegues al ‘garganta profunda’ que no soy Woodward ni Berstein. Deja de darme preguntas y suelta respuestas”.
El amigo se pone dicharachero. “Sabes que nunca me hago el cojo por no marchar. Todo esto es solo un pálpito”.
Hacemos un último intento antes de desistir. “Ponle un nombre a tu pálpito o deja de fregar con tus acertijos”.
Diez minutos después, cuando como decía Dante lasciate ogni speranza de obtener una respuesta, llega otro SMS. “Alex Kouri. Inteligente, duro y con calle”.
Vaya que se las trae el amigo. Ya con la yema del dedo pulgar enrojecida de tanto apretar las diminutas teclas del celular, le mandamos un último mensaje: “Bingo. Tengo columna para mañana. Voy a reproducir este intercambio de SMS”.
LA RAZON



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