Uri Ben Schmuel
uribs@larazon.com.pe
En sus últimas ediciones, este diario ha puesto al descubierto las arteras maniobras de una ONG extranjera para encarcelar a los uniformados que combatieron el terrorismo. Y aunque en el Perú todavía tiene mucha fuerza este derechohumanismo antimilitarista, en Europa eso ya es demodé. El último grito de la moda entre las ONG del Primer Mundo es aún más perverso. Y lo ha lanzado por todo lo alto Amnistía Internacional (AI) en su reporte 2009. Consiste nada menos que en equiparar la pobreza con una violación de los derechos humanos.
Hay que reconocer que la progresía se las trae. Con esta fórmula aparentemente bien intencionada –¿quién en su sano juicio puede objetar “el derecho a una vivienda”, “el derecho a la alimentación” o “el derecho a la salud”?– en un futuro no muy lejano cualquier gobernante que no haya erradicado la pobreza podrá ser llevado ante un tribunal por violar los DD HH.
Una jugada maestra, verdaderamente. Esconder bajo el manto del bien común una arremetida contra la economía de mercado y la propiedad privada. Porque, como hace notar Jean-Pierre Chauffour en su reciente libro “The Power of Freedom: Uniting Human Rights and Development”, difuminar la frontera entre derechos individuales y “derechos sociales” conduce a más atropellos contra la libertad. El derecho a no ser pobre implica en el fondo que otros tienen que ser obligados por el Estado a proveerle recursos. Y esta redistribución forzosa invade la esfera privada de quienes trabajan y producen sin hacer mal a nadie.
En brillante ensayo sobre esta nueva arremetida progre, el español Albert Espulgas, miembro del Instituto Juan de Mariana, pone el dedo en la llaga y desnuda la maniquea visión de los caviares al respecto. La pobreza per se, apunta, no es resultado de ninguna agresión capitalista. La humanidad ha vivido miles de años en la miseria, y sólo trabajando, ahorrando, acumulando capital y aumentando la productividad han podido tantos millones de personas superar ese estadio.
Porque la riqueza no es una torta preexistente que la humanidad se va repartiendo de modo que lo que le toca a unos es lo que se quita a otros (este es el argumento favorito de los corazones sangrantes, que saben tanto de economía como este columnista de física nuclear). La riqueza es una torta que se produce y que, en la medida en que se permite operar al mercado, se distribuye conforme se produce.
Y ojo que la ONU, ese antro del caviaraje, ya ha hecho suya la visión de AI y otras ONG respecto a los “derechos humanos sociales”. De manera que vayan poniendo las barbas en remojo presidentes, ministros de Economía y miembros de los organismos internacionales. Si no erradican totalmente la pobreza de este mundo, muy pronto podrán ser objeto de persecución por las ONG y procesados por “violación sistemática de DD HH”. Lo dijimos antes y lo repetimos ahora: calcular la perfidia de la progresía es un imposible matemático.
LA RAZON
uribs@larazon.com.pe
En sus últimas ediciones, este diario ha puesto al descubierto las arteras maniobras de una ONG extranjera para encarcelar a los uniformados que combatieron el terrorismo. Y aunque en el Perú todavía tiene mucha fuerza este derechohumanismo antimilitarista, en Europa eso ya es demodé. El último grito de la moda entre las ONG del Primer Mundo es aún más perverso. Y lo ha lanzado por todo lo alto Amnistía Internacional (AI) en su reporte 2009. Consiste nada menos que en equiparar la pobreza con una violación de los derechos humanos.
Hay que reconocer que la progresía se las trae. Con esta fórmula aparentemente bien intencionada –¿quién en su sano juicio puede objetar “el derecho a una vivienda”, “el derecho a la alimentación” o “el derecho a la salud”?– en un futuro no muy lejano cualquier gobernante que no haya erradicado la pobreza podrá ser llevado ante un tribunal por violar los DD HH.
Una jugada maestra, verdaderamente. Esconder bajo el manto del bien común una arremetida contra la economía de mercado y la propiedad privada. Porque, como hace notar Jean-Pierre Chauffour en su reciente libro “The Power of Freedom: Uniting Human Rights and Development”, difuminar la frontera entre derechos individuales y “derechos sociales” conduce a más atropellos contra la libertad. El derecho a no ser pobre implica en el fondo que otros tienen que ser obligados por el Estado a proveerle recursos. Y esta redistribución forzosa invade la esfera privada de quienes trabajan y producen sin hacer mal a nadie.
En brillante ensayo sobre esta nueva arremetida progre, el español Albert Espulgas, miembro del Instituto Juan de Mariana, pone el dedo en la llaga y desnuda la maniquea visión de los caviares al respecto. La pobreza per se, apunta, no es resultado de ninguna agresión capitalista. La humanidad ha vivido miles de años en la miseria, y sólo trabajando, ahorrando, acumulando capital y aumentando la productividad han podido tantos millones de personas superar ese estadio.
Porque la riqueza no es una torta preexistente que la humanidad se va repartiendo de modo que lo que le toca a unos es lo que se quita a otros (este es el argumento favorito de los corazones sangrantes, que saben tanto de economía como este columnista de física nuclear). La riqueza es una torta que se produce y que, en la medida en que se permite operar al mercado, se distribuye conforme se produce.
Y ojo que la ONU, ese antro del caviaraje, ya ha hecho suya la visión de AI y otras ONG respecto a los “derechos humanos sociales”. De manera que vayan poniendo las barbas en remojo presidentes, ministros de Economía y miembros de los organismos internacionales. Si no erradican totalmente la pobreza de este mundo, muy pronto podrán ser objeto de persecución por las ONG y procesados por “violación sistemática de DD HH”. Lo dijimos antes y lo repetimos ahora: calcular la perfidia de la progresía es un imposible matemático.
LA RAZON



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