18.7.09

A inicios del señorío moche

Por: Hugo Guerra

Sin desmerecer la trayectoria democrática del doctor Javier Velásquez Quesquén, creo —querido lector— que su designación como primer ministro no ha sido el mayor acierto del presidente García. Se trata de un buen parlamentario y destacado dirigente partidario de ligas intermedias, pero no está (por lo menos hasta hoy) dentro de las figuras estelares del sistema político y del Apra.

Hecha esta atingencia, así como expresado el vaticinio ampliamente compartido de que probablemente estamos frente a un Consejo de Ministros de corta vida, es necesario recordar por coherencia ética y política que en este momento los peruanos demócratas debemos hacer todo lo posible para que el gobierno llegue a buen puerto.

No se trata de deponer las posiciones ideológicas y hasta partidarias de cada quien, y tampoco relegar la crítica constructiva. Pero sí estamos obligados a contribuir con la gobernabilidad, especialmente en una etapa de definiciones cruciales a las cuales nos está llevando el extremismo de izquierda.

Tras los luctuosos episodios en la Amazonía y la ola levantisca en diferentes puntos altoandinos, nada de fondo se ha solucionado; únicamente atravesamos por una tregua que, sin lugar a dudas, muy pronto romperán los ultras.

Quien quiera advertir lo que se viene que analice seriamente el curso del ciclo económico nacional presente, tabulado —entre otros factores— con los desarrollos gremiales, partidarios y personalistas de la amplia gama de izquierdas: desde el humalismo hasta el senderismo. Sin pasar por alto, claro, la injerencia extranjera, en torno a la cual casi con seguridad conoceremos sorprendentes detalles en las próximas semanas.

Entre tanto, un aspecto en el cual debe contribuirse es a sistematizar el diálogo, porque hoy existen alrededor de 200 mesas en las cuales se debaten múltiples temas cuya importancia y hasta eventual gravedad al final nadie ha contabilizado.

Ese conjunto es, apenas, un desfogue a las tensiones sociales acumuladas, pero que no puede ofrecer soluciones realistas, porque aun cuando se haga un empadronamiento y aunque —como dice el nuevo primer ministro— se asigne una mayor responsabilidad a los diversos ministerios, mientras no exista una legislación adecuada, los frutos del diálogo no serán vinculantes. Peor, puede ser contraproducente seguir creando instancias paraestatales en una república carente de institucionalidad sólida.

A la postre, las actuales mesas de diálogo son como las piedras de la entrada del infierno, es decir esfuerzos bien intencionados pero poco eficientes; fungen como balones de oxígeno para un sistema sociopolítico que anda ya medio asfixiado. De modo que, como nación, estemos alerta; y con generosidad y buena fe contribuyamos a que en este tramo el gobierno consiga rebajar esa crispación que ya se ha traducido en explosiones violentas.

Aunque claro, y escuche bien esto, Señor Moche (porque don Javier Velásquez no es geográfica ni culturalmente Sipán), en esta vida solo se ayuda a quien se deja ayudar…

EL COMERCIO

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