LA DISCUTIBLE BELLEZA DE LOS LUGARES
Por: Francisco Miró Quesada C*
Para poder comparar unas ciudades con otras, sobre una base segura, habría que conocer todas las ciudades del mundo lo que es, naturalmente, imposible. Lo mismo puede decirse sobre los países.
Por esta razón, para hacer esta comparación, me limito a Europa. Conozco casi todos los países de esta parte del mundo, con excepción de Noruega, cuyos fiordos (valles excavados por glaciares que luego fueron inundados por el mar), según se afirma, son espectaculares, y de Rumanía, que tiene paisajes bellos. Pero datos proporcionados por personas confiables aseguran que no pueden compararse con los de Francia, Italia o España.
Después de las precauciones que he tomado, puedo plantear las siguientes preguntas: ¿Cuál es la ciudad más bella de Europa? ¿Cuál es el país más bello de esta parte del mundo?
Mi repuesta es la siguiente: la ciudad más bella de Europa es París y el país más bello es Italia. La demostración no es fácil, como sucede siempre que se hacen comparaciones. Hay muchos desacuerdos; sin embargo, creo que las razones que expongo a continuación habrán de convencer a una apreciable mayoría de lectores.
La belleza de París consiste en su diseño simétrico. Si miramos desde lo alto la plaza de la Estrella o L” Étoile (nombre alternativo de la Place Charles de Gaulle), vemos que desde el Arco del Triunfo parten varias avenidas —todas rectas— que se prolongan sin desviarse nunca de su dirección. Una de ellas es Los Campos Elíseos, que une la Concorde con el Arco del Triunfo.
Otra avenida digna de citarse es la que avanza, en línea recta, desde la plaza que queda al lado de la Comedia Francesa hasta la Ópera de París, la más bella del mundo. París, ofrece al visitante lugares inolvidables. Destaca, entre otros, el Sacré-Couer, básilica de estilo bizantino edificada con piedra de Château-Landon, la cual con la lluvia segrega una sustancia blanca parecida a la pintura. Cuanto más llueve, más blanco es el Sacré-Coeur.
Están allí los jardines de Versalles, la Torre Eiffel, la Place Vendôme, el Panthéon, la Madeleine, antiguo templo romano, la Concorde, el Hospital de los Inválidos, con una cúpula decorada en pan de oro, sus hermosos jardines como los del Palacio de Luxemburgo y de las Tullerías y, los más de treinta puentes que cruzan el Sena, destacándose el de Alejandro III.
Pero aunque Francia y España tengan lugares bellísimos no pueden compararse con los de Italia. Florencia es una ciudad fascinante, con plazas magníficas; en una de ellas, la Piazza della Signoria se encuentran famosas esculturas, como la de Adán y Eva y una copia del David de Miguel Ángel.
A corta distancia, nos encontramos con Pisa y su famosa torre inclinada, en cuya parte más alta, según cuenta la tradición, Galileo hizo varios experimentos. Y luego Bologna, con sus dos torres: Asinelli y Garisenda. Más hacia el noroeste, Milano, con su catedral de mármol blanco, y uno de los museos más novedosos y perfectos del mundo.
Si seguimos avanzando nos quedamos estupefactos con la increíble ciudad de Venecia y su inimaginable plaza de San Marcos. Pero no solo nos sobrecogen las ciudades, sino el campo, donde domina el verdor de sus campiñas adornadas por el dorado de sus trigales. Y la manera como están dibujadas sus costas es impredecible. Hasta sus islas, como Capri, Ischia, Cerdeña y Sicilia son incomparables.
Las descripciones que acabo de hacer son muy limitadas, pero no creo ser demasiado optimista si imagino que son convincentes. Todo lo que se diga sobre la belleza es discutible, mas estoy convencido de que la que acabo de contar tiene poder de convicción.
(*) Director general de El Comercio
EL COMERCIO
Por: Francisco Miró Quesada C*
Para poder comparar unas ciudades con otras, sobre una base segura, habría que conocer todas las ciudades del mundo lo que es, naturalmente, imposible. Lo mismo puede decirse sobre los países.
Por esta razón, para hacer esta comparación, me limito a Europa. Conozco casi todos los países de esta parte del mundo, con excepción de Noruega, cuyos fiordos (valles excavados por glaciares que luego fueron inundados por el mar), según se afirma, son espectaculares, y de Rumanía, que tiene paisajes bellos. Pero datos proporcionados por personas confiables aseguran que no pueden compararse con los de Francia, Italia o España.
Después de las precauciones que he tomado, puedo plantear las siguientes preguntas: ¿Cuál es la ciudad más bella de Europa? ¿Cuál es el país más bello de esta parte del mundo?
Mi repuesta es la siguiente: la ciudad más bella de Europa es París y el país más bello es Italia. La demostración no es fácil, como sucede siempre que se hacen comparaciones. Hay muchos desacuerdos; sin embargo, creo que las razones que expongo a continuación habrán de convencer a una apreciable mayoría de lectores.
La belleza de París consiste en su diseño simétrico. Si miramos desde lo alto la plaza de la Estrella o L” Étoile (nombre alternativo de la Place Charles de Gaulle), vemos que desde el Arco del Triunfo parten varias avenidas —todas rectas— que se prolongan sin desviarse nunca de su dirección. Una de ellas es Los Campos Elíseos, que une la Concorde con el Arco del Triunfo.
Otra avenida digna de citarse es la que avanza, en línea recta, desde la plaza que queda al lado de la Comedia Francesa hasta la Ópera de París, la más bella del mundo. París, ofrece al visitante lugares inolvidables. Destaca, entre otros, el Sacré-Couer, básilica de estilo bizantino edificada con piedra de Château-Landon, la cual con la lluvia segrega una sustancia blanca parecida a la pintura. Cuanto más llueve, más blanco es el Sacré-Coeur.
Están allí los jardines de Versalles, la Torre Eiffel, la Place Vendôme, el Panthéon, la Madeleine, antiguo templo romano, la Concorde, el Hospital de los Inválidos, con una cúpula decorada en pan de oro, sus hermosos jardines como los del Palacio de Luxemburgo y de las Tullerías y, los más de treinta puentes que cruzan el Sena, destacándose el de Alejandro III.
Pero aunque Francia y España tengan lugares bellísimos no pueden compararse con los de Italia. Florencia es una ciudad fascinante, con plazas magníficas; en una de ellas, la Piazza della Signoria se encuentran famosas esculturas, como la de Adán y Eva y una copia del David de Miguel Ángel.
A corta distancia, nos encontramos con Pisa y su famosa torre inclinada, en cuya parte más alta, según cuenta la tradición, Galileo hizo varios experimentos. Y luego Bologna, con sus dos torres: Asinelli y Garisenda. Más hacia el noroeste, Milano, con su catedral de mármol blanco, y uno de los museos más novedosos y perfectos del mundo.
Si seguimos avanzando nos quedamos estupefactos con la increíble ciudad de Venecia y su inimaginable plaza de San Marcos. Pero no solo nos sobrecogen las ciudades, sino el campo, donde domina el verdor de sus campiñas adornadas por el dorado de sus trigales. Y la manera como están dibujadas sus costas es impredecible. Hasta sus islas, como Capri, Ischia, Cerdeña y Sicilia son incomparables.
Las descripciones que acabo de hacer son muy limitadas, pero no creo ser demasiado optimista si imagino que son convincentes. Todo lo que se diga sobre la belleza es discutible, mas estoy convencido de que la que acabo de contar tiene poder de convicción.
(*) Director general de El Comercio
EL COMERCIO



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