1.8.09

El presidente no tiene quién le escriba

Por Augusto Álvarez Rodrich
alvarezrodrich@larepublica.com.pe

Y, entonces, él mismo se pone a hacerlo.

La preocupación desbordada del presidente Alan García por los medios, el titular del día y ‘el qué dirán’ los periodistas sobre su desempeño es una obsesión (fatal) que le está impidiendo gobernar mejor y que lo impulsa a escribir artículos y hasta –como ayer– a mandar cartas para responder a opiniones publicadas en los diarios sobre su último mensaje al Congreso.

Hace un tiempo, incluso, el presidente dijo que en el Perú la oposición no eran los políticos sino los diarios. Tanto le interesan los comentarios sobre su actuación que, según cuentan los que se lo han encontrado antes de las 8 a.m., a esa hora ya tiene un panorama noticioso preciso gracias a la revisión temprana de los principales diarios y noticieros como el de RPP.

Eso está bien pues refleja a un presidente que no quiere desenchufarse de lo que supuestamente podría estar diciendo la calle sobre él. Además, con tanto adulón que lo rodea, es bueno darle un vistazo a la variopinta prensa peruana donde hay varios otros adulones pero, también, voces críticas.

El problema empieza cuando el presidente le presta a la prensa más atención de la que debería, sobredimensiona su importancia y –peor aún– decide en función de una anticipación de la probable reacción periodística.

Incluso, en su último artículo ‘A la fe de la inmensa mayoría’ el presidente arengó a esta a “usar más el teléfono y el internet para exponer en las radios y en los blogs sus ideas sobre el tema de fondo, y enviar cartas a los medios de comunicación”.

El problema es que presidir un gobierno y dirigir un medio son chambas diferentes, aunque a veces los presidentes no lo distingan, y la arrogancia de algunos directores de periódico los haga sentirse salvadores de la patria, timoneles del destino de la nación o encarnaciones con patas del bien común.

Nada más errado. Los mandatarios que se obsesionan por lo que sale en los medios arruinan su gobierno, y los directores que se creen presidentes terminan haciendo diarios que son un bodrio para masajear a su ego pero aburrir al lector.

Una diferencia relevante es que los medios están sometidos a la inclemencia del rating y de la lectoría. Los periódicos, por ejemplo, están expuestos a una ‘elección’ donde cada día los lectores pueden ratificarlos o abandonarlos. Los presidentes, en cambio, ganan una elección para gobernar por cinco años.

Los horizontes de ambos oficios son, por tanto, diferentes. Los problemas empiezan cuando los medios se preocupan más de la historia y descuidan a su audiencia, y –peor aún– cuando los presidentes se interesan más por la quincena que por el lustro en el que deben gobernar y por el cual la historia, finalmente, los va a juzgar.

LA REPUBLICA

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