La diferencia entre el objetivo común y el particular
Augusto Álvarez Rodrich
alvarezrodrich@larepublica.com.pe
asta el siempre locuaz Diego Armando Maradona no quiso comentar ayer sobre el rumor de que los equipos que aún pugnan con Argentina por llegar a Sudáfrica 2010 les habrían ofrecido a los jugadores peruanos un premio si mañana ganan en Buenos Aires. A pocos les gusta hablar del asunto del conflicto de interés.
Hablamos de situaciones en las que se genera una colisión entre el interés de la entidad a la que uno pertenece –y donde tiene influencia– y los intereses propios por razones personales o económicas. Pero si bien es fácil definir qué es un conflicto de interés, a veces no es fácil identificarlo en casos específicos.
Esta semana ocurrieron dos hechos que pueden servir de ejemplo. Uno fue entre Javier Valle Riestra y José Antonio García Belaunde por el asilo de ciudadanos venezolanos. El congresista criticó al canciller porque, en su opinión, estos se procesan con lentitud, ante lo cual García Belaunde respondió que “examinamos las cosas detenidamente y no podemos estar sujetos a la presión de un patrocinador de unos clientes, que ejerce además la función de representante de Perú, que confunde los términos entre su patrocinio y su representación popular”.
Al día siguiente, Valle Riestra negó dicha posibilidad: “Nada más incierto y falso. No conozco a ninguno de los venezolanos que solicitan asilo y tampoco me une ningún vínculo con ellos”. Por tanto, el congresista tiene plena legitimidad para criticar a Torre Tagle por la manera como procesa los pedidos de asilo pues es libre de opinar y no enfrenta un conflicto de interés.
Diferente parece ser el caso del aún flamante congresista Ricardo Belmont, quien esta semana protagonizó un inaceptable conflicto de interés durante la sesión en la que el jefe de la Sunat informó sobre las políticas de su institución y el errebecista confundió el interés del Parlamento con el propio.
Belmont le reclamó al superintendente Manuel Velarde por el hecho de que la Sunat no le haya devuelto los S/.14 millones que su empresa RBC pagó en impuestos durante la última década a diferencia del trato recibido por Panamericana. Por ello, se quejó de que le prohíban ser congresista y “exitoso empresario de televisión”, ante lo cual amenazó con renunciar.
Es obvio que Belmont, quizá por el egocentrismo que lo inunda, no entienda lo que es un conflicto de interés y, por ese motivo, sería muy conveniente para el Congreso que lo dejaran ir de la institución para que no se afecten sus rotundos y bien camuflados éxitos empresariales.
Volviendo al tema que evadió Maradona, es obvio que constituye un delito que a un jugador le paguen para perder, pero ¿es legítimo darle incentivos para que haga mejor y con más entusiasmo lo que tiene que hacer?
LA REPUBLICA
Augusto Álvarez Rodrich
alvarezrodrich@larepublica.com.pe
asta el siempre locuaz Diego Armando Maradona no quiso comentar ayer sobre el rumor de que los equipos que aún pugnan con Argentina por llegar a Sudáfrica 2010 les habrían ofrecido a los jugadores peruanos un premio si mañana ganan en Buenos Aires. A pocos les gusta hablar del asunto del conflicto de interés.
Hablamos de situaciones en las que se genera una colisión entre el interés de la entidad a la que uno pertenece –y donde tiene influencia– y los intereses propios por razones personales o económicas. Pero si bien es fácil definir qué es un conflicto de interés, a veces no es fácil identificarlo en casos específicos.
Esta semana ocurrieron dos hechos que pueden servir de ejemplo. Uno fue entre Javier Valle Riestra y José Antonio García Belaunde por el asilo de ciudadanos venezolanos. El congresista criticó al canciller porque, en su opinión, estos se procesan con lentitud, ante lo cual García Belaunde respondió que “examinamos las cosas detenidamente y no podemos estar sujetos a la presión de un patrocinador de unos clientes, que ejerce además la función de representante de Perú, que confunde los términos entre su patrocinio y su representación popular”.
Al día siguiente, Valle Riestra negó dicha posibilidad: “Nada más incierto y falso. No conozco a ninguno de los venezolanos que solicitan asilo y tampoco me une ningún vínculo con ellos”. Por tanto, el congresista tiene plena legitimidad para criticar a Torre Tagle por la manera como procesa los pedidos de asilo pues es libre de opinar y no enfrenta un conflicto de interés.
Diferente parece ser el caso del aún flamante congresista Ricardo Belmont, quien esta semana protagonizó un inaceptable conflicto de interés durante la sesión en la que el jefe de la Sunat informó sobre las políticas de su institución y el errebecista confundió el interés del Parlamento con el propio.
Belmont le reclamó al superintendente Manuel Velarde por el hecho de que la Sunat no le haya devuelto los S/.14 millones que su empresa RBC pagó en impuestos durante la última década a diferencia del trato recibido por Panamericana. Por ello, se quejó de que le prohíban ser congresista y “exitoso empresario de televisión”, ante lo cual amenazó con renunciar.
Es obvio que Belmont, quizá por el egocentrismo que lo inunda, no entienda lo que es un conflicto de interés y, por ese motivo, sería muy conveniente para el Congreso que lo dejaran ir de la institución para que no se afecten sus rotundos y bien camuflados éxitos empresariales.
Volviendo al tema que evadió Maradona, es obvio que constituye un delito que a un jugador le paguen para perder, pero ¿es legítimo darle incentivos para que haga mejor y con más entusiasmo lo que tiene que hacer?
LA REPUBLICA



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