Hoy, cuando conmemoramos 130 años de la inmolación de Miguel Grau Seminario en el Combate de Angamos, es oportuno subrayar la vigencia de su figura epónima, que se erige como un modelo para todos los peruanos.
En reciente editorial hemos advertido sobre el riesgo de que el sistema político nacional pueda caer en un proceso de encanallamiento y descomposición ética. También acotamos que el problema no se restringe solo a algunos casos nefastos de corrupción y criminalidad, como los de los “petroaudios” y el “chuponeo” de las comunicaciones, sino que va mucho más allá, al tejido mismo de la sociedad en todas sus vertientes.
Efectivamente, la erosión de valores éticos, morales y patrióticos se ha convertido en moneda corriente en el país, no solo en los poderes públicos —Ejecutivo, Legislativo y Judicial—, sino en casi todas las esferas de la acción pública y privada, lo que evidentemente no puede continuar.
Frente a todo esto, y por contraste, tenemos como ejemplo la huella de Miguel Grau, elegido el peruano del milenio no solo por su valentía y heroísmo en su faceta militar, sino también por su decencia y honorabilidad como civil, como padre y como político preocupado por la nación.
Hoy, cuando la peruanidad es afectada por graves problemas de seguridad interna y de defensa nacional, es preciso y necesario subrayar la vigencia del legado de este peruano sin par, cuya entrega y patriotismo alcanzaron talla universal.
En la infausta Guerra del Pacífico se escribieron páginas dramáticas de sacrificio, heroísmo y dignidad, pero también se dieron muestras de decencia y magnanimidad, como en la carta de nuestro héroe a la viuda del comandante chileno Arturo Prat, caído en combate.
Grau fue también diputado por la provincia de Paita (Piura), entre 1876 y 1877, faceta en la que demostró auténtico compromiso con los asuntos públicos y con los ciudadanos. Su curul en el hemiciclo debe servir como derrotero e inspiración a los actuales congresistas, a la hora de orientar y definir sus acciones.
Cuando pensamos en Miguel Grau, inevitablemente vienen también a nuestra memoria las figuras de otros héroes como Francisco Bolognesi, Alfonso Ugarte y José Abelardo Quiñones, quienes defendieron con su vida la dignidad y la soberanía nacional. Todo lo cual nos hace recordar que nuestras Fuerzas Armadas merecen reconocimiento, respeto y apoyo, y que debemos aprender de la historia para evitar repetir gruesos errores. Dicho apoyo, como lo pidió Grau en su momento, tiene que enmarcarse dentro de los objetivos nacionales, sin caer en excesos de uno u otro lado.
En suma, la estabilidad y el desarrollo nacional pasan necesariamente por la constatación de nuestra crisis moral y por la reconversión ética de la clase política, de las autoridades y de la ciudadanía en general.
Esa sería también la mejor manera de corresponder, con gratitud y coherencia, al sacrificio de Miguel Grau Seminario, siguiendo su ejemplo de vida decente y dedicada a servir al prójimo y a la peruanidad.
COMERCIAL
En reciente editorial hemos advertido sobre el riesgo de que el sistema político nacional pueda caer en un proceso de encanallamiento y descomposición ética. También acotamos que el problema no se restringe solo a algunos casos nefastos de corrupción y criminalidad, como los de los “petroaudios” y el “chuponeo” de las comunicaciones, sino que va mucho más allá, al tejido mismo de la sociedad en todas sus vertientes.
Efectivamente, la erosión de valores éticos, morales y patrióticos se ha convertido en moneda corriente en el país, no solo en los poderes públicos —Ejecutivo, Legislativo y Judicial—, sino en casi todas las esferas de la acción pública y privada, lo que evidentemente no puede continuar.
Frente a todo esto, y por contraste, tenemos como ejemplo la huella de Miguel Grau, elegido el peruano del milenio no solo por su valentía y heroísmo en su faceta militar, sino también por su decencia y honorabilidad como civil, como padre y como político preocupado por la nación.
Hoy, cuando la peruanidad es afectada por graves problemas de seguridad interna y de defensa nacional, es preciso y necesario subrayar la vigencia del legado de este peruano sin par, cuya entrega y patriotismo alcanzaron talla universal.
En la infausta Guerra del Pacífico se escribieron páginas dramáticas de sacrificio, heroísmo y dignidad, pero también se dieron muestras de decencia y magnanimidad, como en la carta de nuestro héroe a la viuda del comandante chileno Arturo Prat, caído en combate.
Grau fue también diputado por la provincia de Paita (Piura), entre 1876 y 1877, faceta en la que demostró auténtico compromiso con los asuntos públicos y con los ciudadanos. Su curul en el hemiciclo debe servir como derrotero e inspiración a los actuales congresistas, a la hora de orientar y definir sus acciones.
Cuando pensamos en Miguel Grau, inevitablemente vienen también a nuestra memoria las figuras de otros héroes como Francisco Bolognesi, Alfonso Ugarte y José Abelardo Quiñones, quienes defendieron con su vida la dignidad y la soberanía nacional. Todo lo cual nos hace recordar que nuestras Fuerzas Armadas merecen reconocimiento, respeto y apoyo, y que debemos aprender de la historia para evitar repetir gruesos errores. Dicho apoyo, como lo pidió Grau en su momento, tiene que enmarcarse dentro de los objetivos nacionales, sin caer en excesos de uno u otro lado.
En suma, la estabilidad y el desarrollo nacional pasan necesariamente por la constatación de nuestra crisis moral y por la reconversión ética de la clase política, de las autoridades y de la ciudadanía en general.
Esa sería también la mejor manera de corresponder, con gratitud y coherencia, al sacrificio de Miguel Grau Seminario, siguiendo su ejemplo de vida decente y dedicada a servir al prójimo y a la peruanidad.
COMERCIAL



No hay comentarios:
Publicar un comentario