Adiós a la Concertación II
Sergio Paz Murga Editor Internacional
A comienzos de los noventa, cuando la Concertación de Partidos por la Democracia –que aglutinaba a la Democracia Cristiana (DC), al Partido Socialista (PS), al Partido por la Democracia (PPD) y al Partido Radical Socialdemócrata (PRSD) – llegó al poder, todo era esperanza e ilusión.
Habían culminado 17 años de la más cruel y abyecta dictadura, y la población estaba lista para darle la oportunidad de resarcirse a políticos que en el pasado habían cometido errores. Ya sea en el gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende, o complotando contra este –la DC, por ejemplo–.
Los jóvenes rebeldes del setenta eran ya unos políticos maduros que habían aprendido de los errores de la caída del Muro de Berlín y el desmantelamiento de la URSS, por lo que dejaron atrás las poses reivindicativas y colectivistas.
Atrás quedó también el temor a un nuevo gobierno socialista. Lagos y Bachelet demostraron que, pese a su admiración por Allende, ellos no eran de la vieja escuela y se mostraron pragmáticos y abiertos a un mundo globalizado.
Sin embargo, a 20 años de la llegada de la Concertación, se ha perdido la magia, o como dice Mario Vargas Llosa, el bloque oficialista “ha perdido el dinamismo y la energía” que necesita Chile para ser un país del primer mundo.
La vieja guardia concertacionista se resiste a jubilarse y dejar el camino a nuevos líderes, con nuevas ideas. Por el contrario, han pasado a tener una actitud patriarcal que determina qué es bueno y qué es malo en Chile.
“Creo que no hay que tener miedo a la alternancia. Yo al menos me cansé del monopolio, me cansé de la superioridad moral de la Concertación”, declaró al diario La Tercera el reconocido escritor chileno Jorge Edwards.
El ganador del premio Cervantes 1999, y quien dice haber tenido en toda su vida un “sentimiento de izquierda”, considera que la derecha chilena se ha renovado más que la izquierda o centro izquierda.
“Veo a la centroderecha completamente distanciada de lo que fue la represión (de Pinochet), pero no veo al Partido Comunista ni a un sector de la izquierda chilena igualmente distanciados de los fueron los socialistas reales”, dijo Edwards, quien mostró su apoyo a Piñera.
Quizá la última bocanada de aire fresco dentro del oficialismo fue Bachelet, quien por ser mujer e hija de un militar que murió por oponerse a Pinochet, dio la última gran victoria a la Concertación.
Hoy, ella se va del gobierno con más del 80% del apoyo popular, un récord que no ha visto otro presidente en la historia chilena, pero su éxito es puro y completamente personal, no partidista.
Es más, el bloque oficialista pasa por una grave crisis interna y corre el riesgo de desintegrarse, debido a la irrupción de Marco Enríquez-Ominami, quien se presentó como candidato independiente en las primera vuelta presidencial llegando a captar más del 20% de los votos.
MEO, como le dicen en Chile, fue un militante socialista que quiso participar en las elecciones primarias para elegir al candidato presidencial de la Concertación, pero fue dejado de lado por la vieja guardia, que en su lugar eligió como su abanderado al ex presidente Eduardo Frei (1994-2000).
La candidatura, entonces de Frei, recuerda a la población hasta qué punto la Concertación ha fracasado en su intento por renovar la política chilena. La gente quiere un cambio, y este parece provenir de Piñera.
EXPRESO
Sergio Paz Murga Editor Internacional
A comienzos de los noventa, cuando la Concertación de Partidos por la Democracia –que aglutinaba a la Democracia Cristiana (DC), al Partido Socialista (PS), al Partido por la Democracia (PPD) y al Partido Radical Socialdemócrata (PRSD) – llegó al poder, todo era esperanza e ilusión.
Habían culminado 17 años de la más cruel y abyecta dictadura, y la población estaba lista para darle la oportunidad de resarcirse a políticos que en el pasado habían cometido errores. Ya sea en el gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende, o complotando contra este –la DC, por ejemplo–.
Los jóvenes rebeldes del setenta eran ya unos políticos maduros que habían aprendido de los errores de la caída del Muro de Berlín y el desmantelamiento de la URSS, por lo que dejaron atrás las poses reivindicativas y colectivistas.
Atrás quedó también el temor a un nuevo gobierno socialista. Lagos y Bachelet demostraron que, pese a su admiración por Allende, ellos no eran de la vieja escuela y se mostraron pragmáticos y abiertos a un mundo globalizado.
Sin embargo, a 20 años de la llegada de la Concertación, se ha perdido la magia, o como dice Mario Vargas Llosa, el bloque oficialista “ha perdido el dinamismo y la energía” que necesita Chile para ser un país del primer mundo.
La vieja guardia concertacionista se resiste a jubilarse y dejar el camino a nuevos líderes, con nuevas ideas. Por el contrario, han pasado a tener una actitud patriarcal que determina qué es bueno y qué es malo en Chile.
“Creo que no hay que tener miedo a la alternancia. Yo al menos me cansé del monopolio, me cansé de la superioridad moral de la Concertación”, declaró al diario La Tercera el reconocido escritor chileno Jorge Edwards.
El ganador del premio Cervantes 1999, y quien dice haber tenido en toda su vida un “sentimiento de izquierda”, considera que la derecha chilena se ha renovado más que la izquierda o centro izquierda.
“Veo a la centroderecha completamente distanciada de lo que fue la represión (de Pinochet), pero no veo al Partido Comunista ni a un sector de la izquierda chilena igualmente distanciados de los fueron los socialistas reales”, dijo Edwards, quien mostró su apoyo a Piñera.
Quizá la última bocanada de aire fresco dentro del oficialismo fue Bachelet, quien por ser mujer e hija de un militar que murió por oponerse a Pinochet, dio la última gran victoria a la Concertación.
Hoy, ella se va del gobierno con más del 80% del apoyo popular, un récord que no ha visto otro presidente en la historia chilena, pero su éxito es puro y completamente personal, no partidista.
Es más, el bloque oficialista pasa por una grave crisis interna y corre el riesgo de desintegrarse, debido a la irrupción de Marco Enríquez-Ominami, quien se presentó como candidato independiente en las primera vuelta presidencial llegando a captar más del 20% de los votos.
MEO, como le dicen en Chile, fue un militante socialista que quiso participar en las elecciones primarias para elegir al candidato presidencial de la Concertación, pero fue dejado de lado por la vieja guardia, que en su lugar eligió como su abanderado al ex presidente Eduardo Frei (1994-2000).
La candidatura, entonces de Frei, recuerda a la población hasta qué punto la Concertación ha fracasado en su intento por renovar la política chilena. La gente quiere un cambio, y este parece provenir de Piñera.
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