Con gran sentido común y recogiendo la experiencia de muchos países, el ex premier Pedro Pablo Kuczynski ha señalado que las propuestas radicales que apuntan a llegar a Palacio de Gobierno en el 2011 han ido perdiendo fuerza con el progreso económico que ha experimentado el Perú en los últimos años. Pero también ha anotado que por mucho tiempo más existirá en el país una “esquina radical” debido a los todavía altos índices de pobreza y pobreza extrema.
La historia contemporánea nos enseña que la tan mentada redistribución de la riqueza que han pregonado los socialismos termina siendo, a la corta y a larga, una distribución de la pobreza, ya que sin estabilidad económica y sin fomento a las inversiones no se logra la inclusión social. Medidas como las estatizaciones de empresas, los obstáculos crecientes a la inversión privada local y foránea, el control de precios y otras de la misma índole, resultan estrangulando la economía, favoreciendo la corrupción y haciendo más pobres a los pobres. Ya el Perú experimentó esta política en los años 70 y en el primer gobierno de Alan García con los resultados nefastos que todos conocemos. En la propia América del Sur, así como en Europa, regímenes de partidos socialistas que aprendieron la lección de la historia aplicaron y aplican con éxito políticas económicas abiertas y de promoción que les han permitido alcanzar el bienestar y el progreso para sus grandes mayorías.
Todos hemos sido testigos, a raíz de los violentos sucesos de Bagua y de otros conflictos sociales, de cómo el radicalismo y el extremismo tratan de pescar a río revuelto. Con lenguaje falaz y demagógico, levantan banderas de un supuesto nacionalismo que sólo nacionaliza la escasez y de un estado benefactor y protector que deja –luego de un relumbrón increíblemente fugaz– librados a su suerte y en el total abandono a sus engañados beneficiarios.
Contra todo lo que proclaman los voceros del ultrismo, el Perú ha avanzado en materia económica de forma visible y tangible, logrando índices de crecimiento y estabilidad que nos han permitido enfrentar con solvencia la crisis mundial, consiguiendo reducir los niveles de pobreza y elevando significativamente algunos índices de desarrollo humano. Sin embargo, por las profundas brechas sociales existentes en el país, ese desarrollo no logra aún alcanzar al poblador de a pie en la medida que debería. Pero, aun así, el mensaje de progreso es evidente y es escuchado por la ciudadanía. Por ello, las opciones extremistas que se alimentan de la frustración de la gente, se van debilitando porque es la gente la que ve y siente cómo la inversión y la estabilidad generan riqueza y oportunidades. Y cómo el discurso democrático y promotor entusiasma, dadas las actuales condiciones, mucho más que la arenga demagógica, socialistoide y fracasada de las dirigencias radicales y extremistas.
EXPRESO
La historia contemporánea nos enseña que la tan mentada redistribución de la riqueza que han pregonado los socialismos termina siendo, a la corta y a larga, una distribución de la pobreza, ya que sin estabilidad económica y sin fomento a las inversiones no se logra la inclusión social. Medidas como las estatizaciones de empresas, los obstáculos crecientes a la inversión privada local y foránea, el control de precios y otras de la misma índole, resultan estrangulando la economía, favoreciendo la corrupción y haciendo más pobres a los pobres. Ya el Perú experimentó esta política en los años 70 y en el primer gobierno de Alan García con los resultados nefastos que todos conocemos. En la propia América del Sur, así como en Europa, regímenes de partidos socialistas que aprendieron la lección de la historia aplicaron y aplican con éxito políticas económicas abiertas y de promoción que les han permitido alcanzar el bienestar y el progreso para sus grandes mayorías.
Todos hemos sido testigos, a raíz de los violentos sucesos de Bagua y de otros conflictos sociales, de cómo el radicalismo y el extremismo tratan de pescar a río revuelto. Con lenguaje falaz y demagógico, levantan banderas de un supuesto nacionalismo que sólo nacionaliza la escasez y de un estado benefactor y protector que deja –luego de un relumbrón increíblemente fugaz– librados a su suerte y en el total abandono a sus engañados beneficiarios.
Contra todo lo que proclaman los voceros del ultrismo, el Perú ha avanzado en materia económica de forma visible y tangible, logrando índices de crecimiento y estabilidad que nos han permitido enfrentar con solvencia la crisis mundial, consiguiendo reducir los niveles de pobreza y elevando significativamente algunos índices de desarrollo humano. Sin embargo, por las profundas brechas sociales existentes en el país, ese desarrollo no logra aún alcanzar al poblador de a pie en la medida que debería. Pero, aun así, el mensaje de progreso es evidente y es escuchado por la ciudadanía. Por ello, las opciones extremistas que se alimentan de la frustración de la gente, se van debilitando porque es la gente la que ve y siente cómo la inversión y la estabilidad generan riqueza y oportunidades. Y cómo el discurso democrático y promotor entusiasma, dadas las actuales condiciones, mucho más que la arenga demagógica, socialistoide y fracasada de las dirigencias radicales y extremistas.
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