5.2.09

El medio ambiente

Los escándalos del día o los problemas en la agenda local no deben hacernos perder de vista el problema del cambio climático. El efecto invernadero conduce a nuestro planeta a una muerte lenta y nosotros, habitantes de la aldea global, no podemos dejar de actuar frente a esa amenaza.
Qué más comprobación de los estragos que produce la contaminación ambiental que la dureza cada vez más inclemente de las estaciones, como el invierno que se vive en Europa y Estados Unidos o el aumento del calor en las zonas tropicales. Pese a estos contrastes, a causa del deshielo de los glaciares, la Tierra se encamina al incremento de las temperaturas con la consiguiente elevación del nivel del mar que pondrá en peligro a futuro a ciudades ribereñas.

Ante tan grave realidad debemos comprometernos más con la defensa del medio ambiente, pues hemos llegado a una circunstancia donde no es suficiente sensibilizarnos simplemente sobre el daño ecológico sino que es momento de reaccionar frente a él. Cada uno de nosotros, por ejemplo en su espacio doméstico o laboral, puede evitar que la basura tóxica que a diario producimos –vía el desecho de objetos que ya no necesitamos o a través de la combustión de los vehículos– siga contribuyendo a dañar los ecosistemas que poseemos.

Recientemente el ministro del Ambiente, Antonio Brack, ha ponderado sobre la importancia del reciclaje, un aspecto en el que los medios tenemos la tarea de incentivar o difundir su práctica en la opinión pública. Es perfectamente posible separar en el seno del hogar o en la oficina los desperdicios de vidrios, papel y metales de aquellos residuos orgánicos que a diario desechamos. Aún mejores resultados habría si se trabaja desde las aulas escolares, academias, salones universitarios, fábricas, etc. En esos lugares hay más concentración de público y logísticamente se podrían adecuar grandes depósitos para juntar mayor volumen de desperdicios reciclables. Si la juventud lidera estas acciones no sólo tendremos personas realmente convencidas en la defensa del medio ambiente sino también a seres humanos que inculquen esas prácticas a sus descendientes.

Sabemos que las grandes potencias del mundo tienen mayor obligación para detener el impacto nocivo que arrojan sus usinas a la atmósfera, pero no por ello los países más pequeños económicamente deben olvidar que pueden hacer muchísimo para luchar contra la contaminación. No cometamos los mismos yerros que las naciones industrializadas, esas que suelen patear el problema para adelante dejando que las futuras generaciones se las arreglen, no obstante que la tarea está aquí y ahora. Hasta en el campo se puede hacer mucho evitando la tala y quema de bosques. Lo propio ocurre con las grandes embarcaciones o lanchas pequeñas, muchas de las cuales arrojan hidrocarburos al mar sin reparo alguno. Como puede comprobarse, la única forma de evitar que el planeta siga convirtiéndose en un basurero es una mejor cultura e información a los ciudadanos

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