EL PERIODISMO ES PRÓLOGO
Por: Adolfo Bazán Periodista
Los periodistas escribimos historias. Historias que se nutren de hechos, datos, testimonios, documentos. De realidades que se yuxtaponen y hasta de pensamientos y sensaciones La nuestra es una profesión apasionante porque nos hace testigos, cuando no partícipes, de historias que cuando pasen los años habrán de configurar la historia, esa que es materia de estudios, análisis, evaluaciones y explicaciones para entender el devenir del ser humano.
No somos herederos de Herodoto o Tucídides, no somos aprendices de Basadre o Pons Muzzo, pero sí compartimos con ellos una necesidad imperiosa por tratar de asir lo más que podamos, sin que se nos escabulla entre los dedos eso que llamamos la verdad. Que no es una verdad deontológica, ética o religiosa, sino otra más bien pasajera, hecha a la medida del ser humano y de sus acciones, una verdad que brota a partir de nuestro escepticismo, de nuestras interrogantes y dudas, de nuestros cuestionamientos y curiosidades.
Es cierto que en otros países la manera de presentar la información está sufriendo radicales transformaciones, desde los periódicos gratuitos que atiborran el metro de París hasta la inundación de diarios electrónicos en Madrid. Sin embargo, también es cierto que en plena vorágine informática, en medio de la exaltación de tanta imagen y sonido, los periódicos en su concepción más tradicional no solo siguen existiendo —a pesar de los augurios que desde hace décadas siguen dando muerte al impreso—, sino que se constituyen en una fuente de referencia informativa fundamental para toda sociedad. Acaso, la más importante.
Esto se debe a que la marca distinguible de los periodistas de tinta es que empleamos un marcado método de trabajo, un sistema que se cuece a diario, que apuesta a enfrentar con rigor y precisión las historias que atiborran cada día cualquier redacción del mundo. Somos artífices de contrastes y constataciones. Además, el tiempo, que en ocasiones puede ser una maldición, es a la vez un cómplice cuando de analizar, reflexionar, contextualizar y explicar los hechos se trata. Todo eso nos permite tener mejores historias y contarlas mejor.
Podemos constatar esta afirmación cada vez que ocurren acontecimientos que se volverán hitos en la historia. Sin retroceder mucho, para la asunción de mando de Barack Obama el diario “The Washington Post” publicó 1,7 millones de copias (contra las 589.000 habituales) en cuatro ediciones entre el martes 20 de enero y el miércoles 21. Igual pasó con “The New York Times”, que llegó a los 2,2 millones, un 75% más de lo habitual. Es más, esos ejemplares —y los que se publicaron cuando Obama ganó los comicios presidenciales— son ofrecidos a precios exorbitantes en e-Bay y otros sitios de Internet.
Steve Hills, el presidente de “The Washington Post”, dice que la apuesta por comprar un diario se explica por la posibilidad que tiene la gente de “tener un pedazo de historia en sus manos” (“have a piece of history in your hands”). Y razón no le falta, porque lo escrito en un papel siempre transmite, a través de la lectura, contacto y olor, una paradójica —si pensamos en la fragilidad del material— cercanía con la inmortalidad.
Si esto es así, los periodistas somos en muchos sentidos depositarios y guardianes de esa historia que nunca se termina de redactar. Tremenda responsabilidad la nuestra, que debemos rubricar con nuestros lectores cada día un implícito contrato de fe.
EL COMERCIO
Por: Adolfo Bazán Periodista
Los periodistas escribimos historias. Historias que se nutren de hechos, datos, testimonios, documentos. De realidades que se yuxtaponen y hasta de pensamientos y sensaciones La nuestra es una profesión apasionante porque nos hace testigos, cuando no partícipes, de historias que cuando pasen los años habrán de configurar la historia, esa que es materia de estudios, análisis, evaluaciones y explicaciones para entender el devenir del ser humano.
No somos herederos de Herodoto o Tucídides, no somos aprendices de Basadre o Pons Muzzo, pero sí compartimos con ellos una necesidad imperiosa por tratar de asir lo más que podamos, sin que se nos escabulla entre los dedos eso que llamamos la verdad. Que no es una verdad deontológica, ética o religiosa, sino otra más bien pasajera, hecha a la medida del ser humano y de sus acciones, una verdad que brota a partir de nuestro escepticismo, de nuestras interrogantes y dudas, de nuestros cuestionamientos y curiosidades.
Es cierto que en otros países la manera de presentar la información está sufriendo radicales transformaciones, desde los periódicos gratuitos que atiborran el metro de París hasta la inundación de diarios electrónicos en Madrid. Sin embargo, también es cierto que en plena vorágine informática, en medio de la exaltación de tanta imagen y sonido, los periódicos en su concepción más tradicional no solo siguen existiendo —a pesar de los augurios que desde hace décadas siguen dando muerte al impreso—, sino que se constituyen en una fuente de referencia informativa fundamental para toda sociedad. Acaso, la más importante.
Esto se debe a que la marca distinguible de los periodistas de tinta es que empleamos un marcado método de trabajo, un sistema que se cuece a diario, que apuesta a enfrentar con rigor y precisión las historias que atiborran cada día cualquier redacción del mundo. Somos artífices de contrastes y constataciones. Además, el tiempo, que en ocasiones puede ser una maldición, es a la vez un cómplice cuando de analizar, reflexionar, contextualizar y explicar los hechos se trata. Todo eso nos permite tener mejores historias y contarlas mejor.
Podemos constatar esta afirmación cada vez que ocurren acontecimientos que se volverán hitos en la historia. Sin retroceder mucho, para la asunción de mando de Barack Obama el diario “The Washington Post” publicó 1,7 millones de copias (contra las 589.000 habituales) en cuatro ediciones entre el martes 20 de enero y el miércoles 21. Igual pasó con “The New York Times”, que llegó a los 2,2 millones, un 75% más de lo habitual. Es más, esos ejemplares —y los que se publicaron cuando Obama ganó los comicios presidenciales— son ofrecidos a precios exorbitantes en e-Bay y otros sitios de Internet.
Steve Hills, el presidente de “The Washington Post”, dice que la apuesta por comprar un diario se explica por la posibilidad que tiene la gente de “tener un pedazo de historia en sus manos” (“have a piece of history in your hands”). Y razón no le falta, porque lo escrito en un papel siempre transmite, a través de la lectura, contacto y olor, una paradójica —si pensamos en la fragilidad del material— cercanía con la inmortalidad.
Si esto es así, los periodistas somos en muchos sentidos depositarios y guardianes de esa historia que nunca se termina de redactar. Tremenda responsabilidad la nuestra, que debemos rubricar con nuestros lectores cada día un implícito contrato de fe.
EL COMERCIO



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