Las hordas de Sendero Luminoso no respetan ni la Semana Santa. Su praxis asesina contra los valores cristianos de nuestra sociedad y contra el Estado se ha expresado una vez más al perpetrar execrables emboscadas a patrullas del Ejército que se internaron en un monte de Huanta (Ayacucho).
Mientras algunos irresponsables, interesados más en su biografía o en donaciones del extranjero, promueven museos de la memoria o persiguen judicialmente a los uniformados que luchan en el VRAE, atribuyéndoles supuestas violaciones de los derechos humanos, el senderismo –ligado al narcotráfico desde el año 1987– continúa poniendo en zozobra la paz y el desarrollo de pueblos del interior del país.
Quizá más de uno se pregunte por qué sostenemos que el terrorismo comunista de Sendero Luminoso está ligado al narcotráfico desde 1987. Muy sencillo, porque es el momento en el que claramente los documentos del Partido Comunista Peruano-SL, así como información de inteligencia de las fuerzas del orden, determinaron la existencia de tratos oficiales entre las huestes de Abimael Guzmán Reynoso y las firmas del narcotràfico con el objeto de aliarse y protegerse mutuamente en localidades de las hoy regiones de San Martín y Huánuco, tales como Tocache, Uchiza, Aucayacu, etc. Los términos del intercambio consistían en la protección que brindaría el terrorismo a los cultivos de coca, a las pozas de maceración y a la elaboración de pasta básica de cocaína, y por parte de los narcos en la entrega de alimentos y dinero a los senderistas para financiar la lucha armada y pagar los gastos de los abogados democráticos que debían defender y asistir a los subversivos presos en las cárceles, a las que llamaban “luminosas trincheras de combate”.
Los años pasaron y fue capturado el autoproclamado “presidente Gonzalo”, así como toda su cúpula, pero quedaron libres mandos intermedios senderistas con experiencia en la cadena de producción y distribución de cocaína, así como con armas en su poder que los hacían poderosos para formar sus propias firmas y dedicarse al negocio del narcotráfico, acaso poniendo en segundo orden su misión mesiánica de conquistar el poder para construir la sociedad comunista. Además, contaban desde entonces con gran capacidad de movimiento y adaptación (versatilidad) para ir de un lugar a otro (hoy están en el VRAE). De manera que el interés principal de los narcosenderistas es el crimen y la intención de dejar en el atraso a poblaciones de la ceja de selva con el objeto de no perder sus negocios lucrativos vinculados al tráfico de drogas.
Está demostrado que a mayor ausencia del Estado, la actividad ilícita de los subversivos prospera. Por eso conservan extensas zonas montañosas –como en Ayacucho–, subsumiendo a los agricultores en su lógica productiva como mano de obra para transportar droga o para cultivar la coca. Peor aún, tras años de inoperancia antisubversiva por parte del Estado, como ocurrió durante el gobierno del presidente Toledo, la alianza narcosenderista se fortaleció. En medio de esta realidad, y pese a que el Perú no ha terminado la guerra contra el terrorismo, políticos medrosos dieron legalidad a una elitista CVR que en nada ha reconciliado a los peruanos y, ahora, a un impertinente museo de la memoria.
EXPRESO
Mientras algunos irresponsables, interesados más en su biografía o en donaciones del extranjero, promueven museos de la memoria o persiguen judicialmente a los uniformados que luchan en el VRAE, atribuyéndoles supuestas violaciones de los derechos humanos, el senderismo –ligado al narcotráfico desde el año 1987– continúa poniendo en zozobra la paz y el desarrollo de pueblos del interior del país.
Quizá más de uno se pregunte por qué sostenemos que el terrorismo comunista de Sendero Luminoso está ligado al narcotráfico desde 1987. Muy sencillo, porque es el momento en el que claramente los documentos del Partido Comunista Peruano-SL, así como información de inteligencia de las fuerzas del orden, determinaron la existencia de tratos oficiales entre las huestes de Abimael Guzmán Reynoso y las firmas del narcotràfico con el objeto de aliarse y protegerse mutuamente en localidades de las hoy regiones de San Martín y Huánuco, tales como Tocache, Uchiza, Aucayacu, etc. Los términos del intercambio consistían en la protección que brindaría el terrorismo a los cultivos de coca, a las pozas de maceración y a la elaboración de pasta básica de cocaína, y por parte de los narcos en la entrega de alimentos y dinero a los senderistas para financiar la lucha armada y pagar los gastos de los abogados democráticos que debían defender y asistir a los subversivos presos en las cárceles, a las que llamaban “luminosas trincheras de combate”.
Los años pasaron y fue capturado el autoproclamado “presidente Gonzalo”, así como toda su cúpula, pero quedaron libres mandos intermedios senderistas con experiencia en la cadena de producción y distribución de cocaína, así como con armas en su poder que los hacían poderosos para formar sus propias firmas y dedicarse al negocio del narcotráfico, acaso poniendo en segundo orden su misión mesiánica de conquistar el poder para construir la sociedad comunista. Además, contaban desde entonces con gran capacidad de movimiento y adaptación (versatilidad) para ir de un lugar a otro (hoy están en el VRAE). De manera que el interés principal de los narcosenderistas es el crimen y la intención de dejar en el atraso a poblaciones de la ceja de selva con el objeto de no perder sus negocios lucrativos vinculados al tráfico de drogas.
Está demostrado que a mayor ausencia del Estado, la actividad ilícita de los subversivos prospera. Por eso conservan extensas zonas montañosas –como en Ayacucho–, subsumiendo a los agricultores en su lógica productiva como mano de obra para transportar droga o para cultivar la coca. Peor aún, tras años de inoperancia antisubversiva por parte del Estado, como ocurrió durante el gobierno del presidente Toledo, la alianza narcosenderista se fortaleció. En medio de esta realidad, y pese a que el Perú no ha terminado la guerra contra el terrorismo, políticos medrosos dieron legalidad a una elitista CVR que en nada ha reconciliado a los peruanos y, ahora, a un impertinente museo de la memoria.
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