13.4.09

Las atrocidades del pasado

SIGLO XX: EL SIGLO DE LA BARBARIE

Por: Helmut Dahmer Filósofo

El XX fue el siglo de la barbarie. No solo en la Alemania de Hitler y en la Rusia de Stalin se cometieron atrocidades, sino también en una docena de otros estados. Nos faltan palabras para describirlas y nadie quiere asumir responsabilidad. Los autores fueron grupos de dirigentes nacionalistas fanáticos, que cayeron en el delirio de pretender el logro de sus metas utópicas, asesinando a decenas de miles (o millones) de opositores. A estos les colgaron la etiqueta de “enemigos del pueblo”, “saboteadores” o “terroristas” (Stalin); “infrahumanos” o “parásitos” (Hitler). Si en épocas de crisis conseguían atraer a las clases intermedias y al subproletariado, poseían considerables posibilidades de conquistar el poder del Estado. De esta forma, pudieron practicar el terror masivo, utilizando modernas técnicas y formas de organización. (El terror hitleriano o estalinista hubieran sido impensables sin trenes, radios, ametralladoras, aviones, tanques, lanzallamas y gas). A sus seguidores les prometieron, además de enriquecimiento, la pertenencia a una especie de nobleza, a la etnia o al partido dominante. El terror masivo se gestó generalmente en una misteriosa penumbra de informaciones y secretismo. Infligir miedo era indispensable para mantener a raya a la mayoría de la población, pero su verdadera dimensión se mantenía como secreto de estado. Corrían rumores sobre campos de concentración, desaparecidos y ejecuciones; sin embargo, la verdadera dimensión del terror quedaba para la mayoría como algo inimaginable.

Tras un cambio de régimen (por reformas o revolución, tras una derrota militar o la fuga al extranjero de los principales responsables), la mayoría, convertida en cómplice del régimen de horror, reacciona usualmente con amnesia. Intenta borrar los años de dictadura, tanto de la historia de su país, como de su historia personal. Los regímenes posterroristas temen el conflicto abierto con los cuadros del Ejecutivo (Fuerzas Armadas, servicio secreto, burocracia). Por tanto, evitan la persecución penal de asesinos y torturadores, que forman parte de las filas de aquellos. El derecho penal tradicional no suele estar a la altura de los modernos genocidios; resulta convirtiéndose en una suerte de protección para los autores. Allí donde el esfuerzo colectivo por olvidar no cobra forma legal a través de la amnistía, la prescripción del delito o la tipificación de los miembros de “escuadrones de la muerte” como simples ayudantes componen una casi amnistía.

De esta manera, la generación actual vive encima de un matadero, pero rehúsa hacerse cargo de ello. No obstante, las pasadas atrocidades saltan a la luz. En más de una docena de países se ha iniciado la exhumación de las víctimas de regímenes de violencia. Y, al menos entre minorías comprometidas, se impone la convicción que amnesia y amnistía no son soluciones. Si no se juzga a los responsables de masacres y torturas, la paz social resulta imposible y la espiral de violencia y contra violencia se mantiene eternamente.

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