Por: Richard Webb
Los peruanos no son pigmeos, pero sí están entre las razas más enanas del mundo. Con una talla de 1,58 metros en promedio, apenas le llegamos al hombro al holandés cuyo promedio es 1,71, o al norteamericano con 1,69. Incluso, entre vecinos somos pequeños: el argentino mide 1,68, el brasileño 1,67 y el colombiano 1,65 en promedio. Hasta los chinos nos ganan, con una talla media de 1,65. Nuestra pequeñez física llega al extremo en el caso de la mujer peruana que vive en el campo, cuya talla de 1,50 es superada por el 1,52 de la mujer india o la campesina vietnamita, y se encuentra muy por debajo del 1,57 de la campesina china. Todo quedaría como un tema meramente anecdótico si no fuera porque el enanismo tiene consecuencias para la salud y para el mismo desarrollo económico.
Las consecuencias más evidentes se dan en la salud. El problema no es la talla en sí, sino lo que está detrás: la desnutrición. El cuerpo bien nutrido se defiende mejor de las enfermedades que el desnutrido. La desnutrición mata como lo hace el sida, debilitando las defensas del organismo. El niño desnutrido es víctima fácil para las infecciones diarreicas, las respiratorias y la malaria. Más aun, la desnutrición infantil puede crear un daño permanente en la capacidad cognitiva, reduciendo las capacidades productivas del futuro adulto, y debilitando sus defensas contra la diabetes y las enfermedades del corazón. Todo esto se traduce en enormes costos económicos por el tratamiento de enfermedades, por repetición escolar y por pérdida de productividad, según un estudio reciente de las Naciones Unidas.
Una barrera para luchar contra la desnutrición reside en el error de creer que esta se soluciona simplemente con la provisión de alimentos, como hace el Estado Peruano a través de programas como el Vaso de Leche y el Desayuno Escolar. La desnutrición es más bien producto de la pobreza y de la pésima atención de salud que recibe la población rural. Un informe de la Defensoría del Pueblo sostiene que el 25% de la población no tiene acceso a la salud y que el Seguro Integral de Salud no focaliza a los más pobres. Y, así como la desnutrición daña la salud, la mala salud crea a su vez desnutrición, especialmente cuando la diarrea reduce la ingesta efectiva. La buena noticia es que Holanda, hoy país de gigantes, era durante el siglo XIX famosa por el enanismo de sus soldados.
Los peruanos no son pigmeos, pero sí están entre las razas más enanas del mundo. Con una talla de 1,58 metros en promedio, apenas le llegamos al hombro al holandés cuyo promedio es 1,71, o al norteamericano con 1,69. Incluso, entre vecinos somos pequeños: el argentino mide 1,68, el brasileño 1,67 y el colombiano 1,65 en promedio. Hasta los chinos nos ganan, con una talla media de 1,65. Nuestra pequeñez física llega al extremo en el caso de la mujer peruana que vive en el campo, cuya talla de 1,50 es superada por el 1,52 de la mujer india o la campesina vietnamita, y se encuentra muy por debajo del 1,57 de la campesina china. Todo quedaría como un tema meramente anecdótico si no fuera porque el enanismo tiene consecuencias para la salud y para el mismo desarrollo económico.
Las consecuencias más evidentes se dan en la salud. El problema no es la talla en sí, sino lo que está detrás: la desnutrición. El cuerpo bien nutrido se defiende mejor de las enfermedades que el desnutrido. La desnutrición mata como lo hace el sida, debilitando las defensas del organismo. El niño desnutrido es víctima fácil para las infecciones diarreicas, las respiratorias y la malaria. Más aun, la desnutrición infantil puede crear un daño permanente en la capacidad cognitiva, reduciendo las capacidades productivas del futuro adulto, y debilitando sus defensas contra la diabetes y las enfermedades del corazón. Todo esto se traduce en enormes costos económicos por el tratamiento de enfermedades, por repetición escolar y por pérdida de productividad, según un estudio reciente de las Naciones Unidas.
Una barrera para luchar contra la desnutrición reside en el error de creer que esta se soluciona simplemente con la provisión de alimentos, como hace el Estado Peruano a través de programas como el Vaso de Leche y el Desayuno Escolar. La desnutrición es más bien producto de la pobreza y de la pésima atención de salud que recibe la población rural. Un informe de la Defensoría del Pueblo sostiene que el 25% de la población no tiene acceso a la salud y que el Seguro Integral de Salud no focaliza a los más pobres. Y, así como la desnutrición daña la salud, la mala salud crea a su vez desnutrición, especialmente cuando la diarrea reduce la ingesta efectiva. La buena noticia es que Holanda, hoy país de gigantes, era durante el siglo XIX famosa por el enanismo de sus soldados.



No hay comentarios:
Publicar un comentario