Por: Mariella Balbi Periodista
La condena al ex presidente Fujimori por delitos de lesa humanidad desencajó, comprensiblemente, a sus adeptos. Muchos de ellos tenían la secreta esperanza de que fuera absuelto. Al considerarlo el factótum de la derrota del terrorismo pensaron, y piensan, que la cárcel sería injusta y absurda para quien —como ellos dicen— “pacificó al país”. Nadie niega que Fujimori tuvo una actitud más proactiva que los anteriores mandatarios frente a la guerra interna que vivimos. Pero los países no salen de sus desgracias por la omnipotencia de una persona. Muchísimos contribuyeron a que Sendero fuera derrotado, con sus vidas, con la pluma, con la acción. Y sin el cerebro y la astucia del GEIN (Grupo Especial de Inteligencia de la policía) no se habría capturado al sanguinario Abimael Guzmán.
Por propias declaraciones, cuando llegó al poder, Fujimori sabía poco de todo y no tenía un programa, no conocía el sector militar. Valgan verdades, era la improvisación total. La bisagra con las FF.AA. fue Vladimiro Montesinos y ahí comenzó su fortaleza como gobernante, pero también su descalabro. Paralela a la estrategia de aliarse con la población, creyó —convencido por Montesinos o por propia iniciativa— que era necesaria la eliminación selectiva de presuntos terroristas, con la lógica de muerto el perro, muerta la rabia. Quienes defienden la ignorancia (o inocencia) de Fujimori detienen la responsabilidad de los crímenes de lesa humanidad en Montesinos y ahí cualquier argumentación se desmorona. Más bien cobra sentido la omisión a Montesinos durante el alegato final de Fujimori. Ni una sola palabra o insinuación a una posible involucración de quien alguna vez fuera comparado con Rasputín.
Probablemente, ese silencio era obligatorio, porque Montesinos tiene todavía eficaces armas y es un socio de cuidado. Más allá de las payasadas cuando testimonió en el juicio, no se ha profundizado en su mensaje. Al no mencionar su nombre, Fujimori se hunde con Montesinos, así es el trato, así son los códigos. Pronto se iniciará el proceso por el pago de 15 millones de dólares de CTS al ex asesor, ahí tampoco hay prueba escrita, papel firmado, tal como se pide para los asesinatos de Barrios Altos y La Cantuta. Es doloroso decirlo, pero los 50 muertos de Colina son la gran prueba, qué mayor documento que los cuerpos calcinados. No es sano para el país que un movimiento político tenga como primer punto de su programa la liberación de Fujimori. La política no puede servir para evadir responsabilidades, ni la del ex presidente, menos aun la de Montesinos.
La condena al ex presidente Fujimori por delitos de lesa humanidad desencajó, comprensiblemente, a sus adeptos. Muchos de ellos tenían la secreta esperanza de que fuera absuelto. Al considerarlo el factótum de la derrota del terrorismo pensaron, y piensan, que la cárcel sería injusta y absurda para quien —como ellos dicen— “pacificó al país”. Nadie niega que Fujimori tuvo una actitud más proactiva que los anteriores mandatarios frente a la guerra interna que vivimos. Pero los países no salen de sus desgracias por la omnipotencia de una persona. Muchísimos contribuyeron a que Sendero fuera derrotado, con sus vidas, con la pluma, con la acción. Y sin el cerebro y la astucia del GEIN (Grupo Especial de Inteligencia de la policía) no se habría capturado al sanguinario Abimael Guzmán.
Por propias declaraciones, cuando llegó al poder, Fujimori sabía poco de todo y no tenía un programa, no conocía el sector militar. Valgan verdades, era la improvisación total. La bisagra con las FF.AA. fue Vladimiro Montesinos y ahí comenzó su fortaleza como gobernante, pero también su descalabro. Paralela a la estrategia de aliarse con la población, creyó —convencido por Montesinos o por propia iniciativa— que era necesaria la eliminación selectiva de presuntos terroristas, con la lógica de muerto el perro, muerta la rabia. Quienes defienden la ignorancia (o inocencia) de Fujimori detienen la responsabilidad de los crímenes de lesa humanidad en Montesinos y ahí cualquier argumentación se desmorona. Más bien cobra sentido la omisión a Montesinos durante el alegato final de Fujimori. Ni una sola palabra o insinuación a una posible involucración de quien alguna vez fuera comparado con Rasputín.
Probablemente, ese silencio era obligatorio, porque Montesinos tiene todavía eficaces armas y es un socio de cuidado. Más allá de las payasadas cuando testimonió en el juicio, no se ha profundizado en su mensaje. Al no mencionar su nombre, Fujimori se hunde con Montesinos, así es el trato, así son los códigos. Pronto se iniciará el proceso por el pago de 15 millones de dólares de CTS al ex asesor, ahí tampoco hay prueba escrita, papel firmado, tal como se pide para los asesinatos de Barrios Altos y La Cantuta. Es doloroso decirlo, pero los 50 muertos de Colina son la gran prueba, qué mayor documento que los cuerpos calcinados. No es sano para el país que un movimiento político tenga como primer punto de su programa la liberación de Fujimori. La política no puede servir para evadir responsabilidades, ni la del ex presidente, menos aun la de Montesinos.



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