Como si fuera el protagonista de la película ganadora del último Oscar, ese que participa en un concurso para convertirse en millonario, el general Donayre también parece haber participado en un concurso –aunque, en este caso, de inspiración divina– y haber recibido el mandato del Altísimo para convertirse en caudillo. Con ello pasaría a engrosar la creciente fila de pretendientes al sillón presidencial.
El general, que se hizo famoso por sus desatinados comentarios sobre cómo retornaría a su país a los soldados chilenos, decidió que sí quiere seguir una carrera política y se lanzó al ruedo anunciando que está dispuesto a conversar con cualquier partido antes de determinar cuál será el elegido.
Sin embargo, no hay mención alguna sobre qué propuestas tiene o cuál sería su orientación. Desconocemos totalmente si el general, quien ya tiene decidido que quiere llegar al poder, lo haría para desarrollar políticas de derecha o de izquierda. No sabemos si cree en el estatismo o es partidario del mercado. Menos aún conocemos si está a favor de reformar el Poder Judicial, de profundizar la modernización de la educación, o qué planteamientos haría para ampliar la cobertura de la salud o hacer más eficientes los programas sociales. En suma, no se le conoce ideología, programa o propuesta alguna, excepto la decisión de salir a escoger, dentro de las innumerables proposiciones que dice haber recibido, el partido político que le dé la mejor opción para la próxima elección. Los programas de gobierno no son relevantes; lo único importante es llegar al poder.
En realidad, nadie puede negarle el derecho al general Donayre a participar en política, ni ocultar el hecho de que solo entre su tierra natal, y su alma máter institucional, ya tiene un bolsón electoral bastante interesante.
Pero su aparición no hace sino recordarnos la lamentable tradición de caudillismo que aún mantenemos. Durante los últimos años, la prioridad política –especialmente en el Parlamento– ha sido poner mucho esfuerzo en tratar de fortalecer a los partidos, incluso proponiendo inaceptables restricciones a nuestro derecho como ciudadanos a escoger los congresistas que elegiremos. Sin embargo, a la primera desacertada frase célebre, seguida por la imitación cómica del personaje, ya tenemos en la lista a otro presidenciable. Qué divorcio existe entre partidos y población.
El general, que se hizo famoso por sus desatinados comentarios sobre cómo retornaría a su país a los soldados chilenos, decidió que sí quiere seguir una carrera política y se lanzó al ruedo anunciando que está dispuesto a conversar con cualquier partido antes de determinar cuál será el elegido.
Sin embargo, no hay mención alguna sobre qué propuestas tiene o cuál sería su orientación. Desconocemos totalmente si el general, quien ya tiene decidido que quiere llegar al poder, lo haría para desarrollar políticas de derecha o de izquierda. No sabemos si cree en el estatismo o es partidario del mercado. Menos aún conocemos si está a favor de reformar el Poder Judicial, de profundizar la modernización de la educación, o qué planteamientos haría para ampliar la cobertura de la salud o hacer más eficientes los programas sociales. En suma, no se le conoce ideología, programa o propuesta alguna, excepto la decisión de salir a escoger, dentro de las innumerables proposiciones que dice haber recibido, el partido político que le dé la mejor opción para la próxima elección. Los programas de gobierno no son relevantes; lo único importante es llegar al poder.
En realidad, nadie puede negarle el derecho al general Donayre a participar en política, ni ocultar el hecho de que solo entre su tierra natal, y su alma máter institucional, ya tiene un bolsón electoral bastante interesante.
Pero su aparición no hace sino recordarnos la lamentable tradición de caudillismo que aún mantenemos. Durante los últimos años, la prioridad política –especialmente en el Parlamento– ha sido poner mucho esfuerzo en tratar de fortalecer a los partidos, incluso proponiendo inaceptables restricciones a nuestro derecho como ciudadanos a escoger los congresistas que elegiremos. Sin embargo, a la primera desacertada frase célebre, seguida por la imitación cómica del personaje, ya tenemos en la lista a otro presidenciable. Qué divorcio existe entre partidos y población.



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