6.5.09

El humanismo en la política

LAS ASIMETRÍAS QUE DEBEMOS COMBATIR

Por: Ernesto Velit Granda Analista político

Para el científico social Marcos Kaplan, “los intelectuales viven bajo la sombra de la inseguridad y de los pequeños desastres recurrentes”, y ello pareciera contribuir a desarrollar una capacidad de resistencia frente a la adversidad. Decía, también, algo como que hay países con capacidad para crear intelectuales y científicos sociales pero, igualmente, con una capacidad aun mayor para frustrarla.

Es Kaplan, uno de los precursores de la ciencia política latinoamericana y, sin duda, el más destacado estudioso del Estado latinoamericano. Como era de esperar, fue perseguido por sus ideas y obligado a cambiar de país para sobrevivir.

En nuestro propósito de continuar reflexionando sobre el Estado Peruano y sus nudos conflictivos, nos encontramos con la imprescindible presencia de Kaplan y su conocimiento de la región. Hace poco, una destacada figura de la política nacional argumentó que el Gobierno del presidente García había fracasado en reformar el Estado, que no se había atrevido a dar un paso en esa dirección y que no lo haría en lo que le resta de su administración.

En el Perú, lo poco que existe de Estado estructurado ha sido hecho históricamente a partir de conflictos y desequilibrios, acompañados de guerra interna, anarquía y caudillismos. Hasta hace poco, el Estado se desarrollaba como una maquinaria política, administrativa y militar. De allí, que las estructuras nos acostumbraron a una legalidad discutible, a acatar pero no cumplir, y a concentrar poder lejos de lo ideológico y lo ético. Quién sabe si allí ha residido el centralismo asfixiante del cual el proceso de descentralización no logra aun desprenderse y continúa incierto.

Seguimos viviendo un modelo político aplicado por un Estado a través de valores e intereses dominantes que conduce, a menudo, a un sistema caracterizado por la injusticia social y por una burocracia ciega y sorda resistente a la democratización participativa.

No existe una teoría del Estado, sus relaciones con la sociedad son imprecisas y sin espacios delimitados, los sucesivos gobiernos se redujeron a mantener el orden natural de las cosas, a separar lo público de lo privado y atenuar las disfunciones del mercado.

El fracaso liberalista vino a agravar la situación, la democracia es incapaz de condenar los abusos del sistema y ha terminado como una teorización abstracta. Nuestro Estado no asume liderazgos en economía y en la sociedad, cada vez es menos árbitro, no convoca a la participación ciudadana y los sectores populares no reciben beneficios.

La crisis actual nos mostró las asimetrías, la división mundial del poder y el fracaso de un modelo. La sociedad y sus organizaciones buscan nuevas formas de movilización social, emergen nuevos grupos que se integran ante el enemigo común, las contradicciones se profundizan, y ni el Gobierno ni los partidos parecieran tener conciencia de lo que ocurre. Hay ausencia de proyectos, de estrategias políticas, hay indiferencia, como si se hubiera perdido la capacidad para dirigir el país.

Los partidos han renunciado a revitalizarse, nuestras propuestas de diálogo, de bloques políticos, sonaron a herejía para algunos. Seguimos inestables, cargando cada organización con la culpa de su propia crisis. Así se preserva el modelo tradicional, se busca el mal menor y se sigue ensayando como representar a los sectores excluidos y sus necesidades.

Estamos facilitando el regreso de nuevas oligarquías con un Estado que gusta hacer lo que no debe.

La falta de formación humanista es evidente y el futuro de nuestro pueblo se llena de sombras y de interrogantes.

EL COMERCIO

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