6.5.09

Thomas y sus amigos

Por: Abelardo Sánchez León

El guardia me dijo que la estación Desamparados estaba clausurada y que pronto la ocuparía el personal del Ministerio de Educación. Yo quería averiguar el horario de los viajes a Chosica. ¿Nostalgia absurda? ¿Enseñarle a mi nieto un tren de verdad y no aquel que venden en Polvos Rosados? El guardia estaba seguro del rumor e ignoraba mis divagaciones en torno al poema de Allen Ginsberg, dedicado a Martín Adán, cuando el poeta frecuentaba el hotel Comercio. “Vaya usted a Monserrate —me dijo— y puede averiguar lo que busca”.

La gracia era ir a Desamparados y de allí dirigirse a Chosica, a San Bartolomé o a Huancayo. Lo importante es el entorno donde se encuentra la estación que, por capricho divino, digamos, algunas autoridades buscan utilizar como dependencia del Ministerio de Educación. ¿Qué hacen, me pregunto, los que no enseñan, en ese ministerio tan cuestionado por la pobrísima educación que reciben los alumnos? ¿Planes, proyecciones, evaluaciones, acreditaciones? Sería mil veces mejor que Desamparados fuese un museo de nuestras escasas redes viales, un taller para los chicos de la zona o un lugar de exposiciones técnicas y artísticas. Todo, cualquier cosa, antes que se convierta en una oficina más de la inútil burocracia.

Los gobiernos deciden qué hacer con sus edificaciones sin consultarle a la sociedad. El antiguo Ministerio de Educación es una dependencia del Poder Judicial. Relaciones Exteriores se ha expandido hacia lo que era el Banco Hipotecario. El importantísimo MEF está solapa en alguna cuadra del jirón Lampa. Y Desamparados alojará, imagino, a quienes diseñarán planes maestros de la educación peruana, más desamparada que nunca, con un presupuesto bajísimo y unos profesores agobiados.

Me provocó explicarle a mi nieto las razones económicas que subyacen a las líneas férreas del Perú. La red vial fue construida por los ingleses y conectan las minas del centro con el Callao, así como el circuito de la lana lo hace con Mollendo o Matarani. Se llaman enclaves. Ni siquiera después de la Guerra del Pacífico nos perdonaron la deuda y tuvimos que sujetarnos a sus condiciones. Pero miré su carita de 4 años y le dije simplemente que era domingo, por eso estaba cerrada. Le enseñaría San Francisco y la Casa de Pilatos, donde está el TC, donde antes leíamos poemas en lo que fue el INC. No creo que me haya entendido y caminamos lentamente cogidos de la mano.

EL COMERCIO

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