3.6.09

Alboroto entre los vecinos

Por: Abelardo Sánchez León

Meto mi cuchara en temas que considero de expertos. El diferendo marítimo entre Perú y Chile, llevado a los tribunales de La Haya, ha dado lugar a una soterrada incomodidad entre los países vecinos que van tomado partido ya sea por la postura de nosotros o la de ellos. Movidas, alianzas, viejas amistades y muy antiguos intereses geopolíticos. Me arrojo, sin embargo, a la piscina, porque pienso que todo este asunto no es otra cosa que un brumoso eco de la infausta Guerra del Pacífico, cuando perdimos innecesariamente un enorme trozo de territorio. Nunca lo debimos perder. Y de haberlo perdido, pudo ser hasta Iquique, pero nunca hasta Arica. Y pudimos perder incluso Tacna, de no ser por la valerosa actuación de su gente, que resistió la ocupación durante 40 años. La recuperación de ese trozo de mar, ahora, es poca cosa en comparación con la tierra firme perdida.

El diferendo marítimo nos recuerda que no hemos cerrado aún ese vergonzoso capítulo. Nuestra clase dirigente estuvo desastrosa cuando no pudo detener el afán bélico de una prensa irresponsable. Fuimos a una guerra debido a una alianza absurda con Bolivia, país que todavía no logra superar su caos político estructural. El Perú no ha sabido elegir inteligentemente a sus aliados. Ha preferido estirar la mano hacia Bolivia y Argentina y ha olvidado a Brasil. Brasil es nuestro aliado natural.

Cuando Napoleón ingresó al inmenso territorio ruso, los rusos, que se consideraban militarmente inferiores, cedieron incluso Moscú, pero tenían un plan: agotarlos y luego expulsarlos. La guerra de guerrillas es, en esencia, la de David y Goliat. Un Perú unido, en tres o cuatro años, expulsaba a un ejército chileno cansado, desconcertado y, quizá, agobiado económicamente. Pero nuestra clase dirigente prefirió ceder territorio. Era la opción más fácil. La menos digna. Y eso lacera el alma.

El siglo XIX fue el de las fronteras. El Perú hizo lo suyo y no lo hizo mal. Sin embargo, un nubarrón es el trapecio de Leticia y una noche oscura es la Guerra del Pacífico. Pero se logró crear un Estado en un territorio agreste. ¿Qué hacer ahora? Invertir, trabajar y distribuir. No regalar nuestros recursos naturales. Reconocer al Estado como nuestro y no como vocero de intereses extranjeros. Que Chile se arme, atado como está, a la mafia del canon originada desde tiempos de Pinochet. Lo nuestro es crecer, educarnos y querernos. Instalarnos, de verdad, en el siglo XXI.

EL COMERCIO

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