Francamente, las expresiones y actitudes antiperuanas del presidente de Bolivia, Evo Morales Ayma, vienen colmando la paciencia de la ciudadanía peruana. Por eso es tiempo de que se ponga un límite, por el conducto diplomático claro está, a tamañas sandeces que lanza el jefe de un Estado hermano y vecino del Perú.
Llamar a nuestro embajador en consulta, retirarlo definitivamente mientras duren estas interferencias, o mandar una enérgica nota de protesta son algunas de las medidas que deberían aplicarse de inmediato desde nuestra Cancillería. No podemos seguir tolerando y guardando silencio ante tanta provocación y mala fe lanzada por el inquilino de Palacio Quemado.
¿A qué juega –y para quién– el primer mandatario boliviano? No está muy clara la respuesta a esta legítima interrogante pero, por nuestra parte, cada día comprobamos un evidente revés psicológico en la personalidad de Morales Ayma. Recordemos que desde el Editorial publicado el pasado martes 26 de mayo, bajo el título “Bravata en El Alto”, planteamos lo siguiente: “(...), nos preguntamos seriamente si el presidente Morales está en sus cabales o si está transitando por un cortocircuito emocional, pues viene socavando con sus declaraciones la tradicional fraternidad que ha existido entre peruanos y bolivianos, y también se viene inclinando a enfriar la cooperación entre las dos naciones, la que no solo debería mantenerse sino inclusive impulsarse más allá de una simple vecindad dada la estrecha vinculación histórica, cultural y antropológica.“
Ahora, no sabíamos que el señor Evo Morales además de cocalero era adivino. No nos habíamos imaginado que tenía una bola de cristal para hacer predicciones. Esto viene a cuento por las últimas declaraciones que ha expuesto el máximo representante del Ejecutivo boliviano, las que en síntesis señalan que el Perú “sabe que no ganará” la demanda marítima presentada ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ). ¿De dónde saca esa afirmación el presidente de Bolivia: que el Perú “va a perder” en el Tribunal de La Haya? Naturalmente, tanto por la forma como por el contenido de lo expresado por la autoridad de un país que nada tiene que ver en un problema bilateral peruano-chileno, la sorpresa no se ha hecho esperar en Lima y Santiago. Es decir, ante tamaña “chabacanería” del dirigente político Evo Morales, no sabemos si sonreír o asombrarnos.
Pero, fuera de ello –y ya con la cabeza fría–, sólo cabe hacer un llamado al pueblo boliviano, al que respetamos y queremos tanto, para que –en primer lugar– nos comprenda y apueste ahora y siempre por vigorizar la hermandad existente entre el Perú y el Alto Perú. En segundo lugar, le pedimos que entienda nuestra posición discrepante frente a su actual presidente, pues éste viene minando esa fraternidad histórica y palpitante que hemos protagonizado a través de los siglos. En ese sentido, nos disculpamos si ofendemos a su presidente al señalar que Morales no está a la altura de ocupar, dignamente, un cargo de Estado como el que hoy detenta. Realmente él no es sólo un imberbe que desconoce y desprecia el destino común de los pueblos peruano y boliviano, sino que es un felón que se comporta como un artero puñal que hiere el corazón de millones de habitantes quechuas y aimaras, quienes por fortuna, al final, están por encima de un personaje efímero y episódico que, como accidente, ha llegado a enconar la rica comunión erigida por nuestros ancestros.
EL COMERCIO
Llamar a nuestro embajador en consulta, retirarlo definitivamente mientras duren estas interferencias, o mandar una enérgica nota de protesta son algunas de las medidas que deberían aplicarse de inmediato desde nuestra Cancillería. No podemos seguir tolerando y guardando silencio ante tanta provocación y mala fe lanzada por el inquilino de Palacio Quemado.
¿A qué juega –y para quién– el primer mandatario boliviano? No está muy clara la respuesta a esta legítima interrogante pero, por nuestra parte, cada día comprobamos un evidente revés psicológico en la personalidad de Morales Ayma. Recordemos que desde el Editorial publicado el pasado martes 26 de mayo, bajo el título “Bravata en El Alto”, planteamos lo siguiente: “(...), nos preguntamos seriamente si el presidente Morales está en sus cabales o si está transitando por un cortocircuito emocional, pues viene socavando con sus declaraciones la tradicional fraternidad que ha existido entre peruanos y bolivianos, y también se viene inclinando a enfriar la cooperación entre las dos naciones, la que no solo debería mantenerse sino inclusive impulsarse más allá de una simple vecindad dada la estrecha vinculación histórica, cultural y antropológica.“
Ahora, no sabíamos que el señor Evo Morales además de cocalero era adivino. No nos habíamos imaginado que tenía una bola de cristal para hacer predicciones. Esto viene a cuento por las últimas declaraciones que ha expuesto el máximo representante del Ejecutivo boliviano, las que en síntesis señalan que el Perú “sabe que no ganará” la demanda marítima presentada ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ). ¿De dónde saca esa afirmación el presidente de Bolivia: que el Perú “va a perder” en el Tribunal de La Haya? Naturalmente, tanto por la forma como por el contenido de lo expresado por la autoridad de un país que nada tiene que ver en un problema bilateral peruano-chileno, la sorpresa no se ha hecho esperar en Lima y Santiago. Es decir, ante tamaña “chabacanería” del dirigente político Evo Morales, no sabemos si sonreír o asombrarnos.
Pero, fuera de ello –y ya con la cabeza fría–, sólo cabe hacer un llamado al pueblo boliviano, al que respetamos y queremos tanto, para que –en primer lugar– nos comprenda y apueste ahora y siempre por vigorizar la hermandad existente entre el Perú y el Alto Perú. En segundo lugar, le pedimos que entienda nuestra posición discrepante frente a su actual presidente, pues éste viene minando esa fraternidad histórica y palpitante que hemos protagonizado a través de los siglos. En ese sentido, nos disculpamos si ofendemos a su presidente al señalar que Morales no está a la altura de ocupar, dignamente, un cargo de Estado como el que hoy detenta. Realmente él no es sólo un imberbe que desconoce y desprecia el destino común de los pueblos peruano y boliviano, sino que es un felón que se comporta como un artero puñal que hiere el corazón de millones de habitantes quechuas y aimaras, quienes por fortuna, al final, están por encima de un personaje efímero y episódico que, como accidente, ha llegado a enconar la rica comunión erigida por nuestros ancestros.
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