Que no se haga costumbre en el país que tiene que ser agredido delictivamente un personaje famoso para que de inmediato la Policía actúe poniéndole el guante al autor de algún crimen o asalto.
Por supuesto que es plausible la labor de la PNP en los casos del asesinato de la cantante folklorista, del estilista vinculado a la farándula o, más recientemente, del hurto agravado del que fue objeto el chef de prestigio internacional Gastón Acurio. Bienvenida sea la eficiencia de los operativos de las fuerzas del orden.
Sin embargo, ¿qué acostumbra ocurrir cuando un ciudadano común es víctima de los antisociales? El que no tiene el respaldo mediático luego de un robo, por ejemplo, sabe que si quiere denunciar el hecho le esperan trabas burocráticas, falta de voluntad policial o la indiferencia de algún comisario. Por eso muchas personas ni siquiera se toman el trabajo de denunciar las agresiones de las que han sido objeto porque saben que pasarán semanas y meses sin que sus casos sean resueltos. Por tanto la PNP debe esforzarse para terminar con esa sensación que hoy por hoy se apodera de los habitantes de nuestro país, quienes ven que se tiene que descollar en alguna actividad o ser popular para que recién se pongan en marcha los resortes de la ley y del Estado para intentar reparar el daño causado contra su seguridad e integridad personal.
En principio, la misma energía, velocidad y rauda aplicación de todos los medios debe volcarse a la captura de los delincuentes que a diario cometen miles de delitos a lo largo y ancho del país. No se necesita que haya flashes, luces de las cámaras de televisión o reporteros para que –a partir de ello– la PNP salte como impulsada por un resorte a esclarecer algún affaire criminal. Hasta en esto la democracia debe funcionar coherentemente, respetando y considerando los derechos de todas las personas, que los hacen iguales y pertenecientes a una sociedad libre, donde el Estado tiene que garantizar mínimas condiciones de seguridad ciudadana, así como actuar con convicción en defensa de la vida y del patrimonio de hombres y mujeres trabajadores.
Es por esta consideración que resulta importante impulsar y motivar a todos los policías del país, cuyo uniforme representa la ley y el orden, a servir con ahínco y sin desmayo para solucionar delitos, robos y crímenes que llevan años sin solución. Por ejemplo cuando maleantes robaron al pequeño empresario al cual despojaron de su capital y encima lo balearon; al profesional cuyo local sufrió el robo de todos sus enseres; al comerciante despojado de su mercadería en un camino oscuro de una zona urbana o rural, etc. En ese sentido, si bien complace que –prácticamente- en cuestión de horas haya caído el supuesto asesino de Alicia Delgado; o los sospechosos del crimen de Marco Antonio; o a los piratas que asaltaron a una embarcación de turistas que surcaba un río de la selva, entre los que estaba el valor de la gastronomía peruana Gastón Acurio, lo cierto es que hay casos que esperan ser atendidos por la Policía a fin de que los responsables sean capturados. Sin duda el grado extremo de inseguridad al que hemos llegado pone a la delincuencia como un problema nacional al que se tiene que aplacar sin demora.
EXPRESO
Por supuesto que es plausible la labor de la PNP en los casos del asesinato de la cantante folklorista, del estilista vinculado a la farándula o, más recientemente, del hurto agravado del que fue objeto el chef de prestigio internacional Gastón Acurio. Bienvenida sea la eficiencia de los operativos de las fuerzas del orden.
Sin embargo, ¿qué acostumbra ocurrir cuando un ciudadano común es víctima de los antisociales? El que no tiene el respaldo mediático luego de un robo, por ejemplo, sabe que si quiere denunciar el hecho le esperan trabas burocráticas, falta de voluntad policial o la indiferencia de algún comisario. Por eso muchas personas ni siquiera se toman el trabajo de denunciar las agresiones de las que han sido objeto porque saben que pasarán semanas y meses sin que sus casos sean resueltos. Por tanto la PNP debe esforzarse para terminar con esa sensación que hoy por hoy se apodera de los habitantes de nuestro país, quienes ven que se tiene que descollar en alguna actividad o ser popular para que recién se pongan en marcha los resortes de la ley y del Estado para intentar reparar el daño causado contra su seguridad e integridad personal.
En principio, la misma energía, velocidad y rauda aplicación de todos los medios debe volcarse a la captura de los delincuentes que a diario cometen miles de delitos a lo largo y ancho del país. No se necesita que haya flashes, luces de las cámaras de televisión o reporteros para que –a partir de ello– la PNP salte como impulsada por un resorte a esclarecer algún affaire criminal. Hasta en esto la democracia debe funcionar coherentemente, respetando y considerando los derechos de todas las personas, que los hacen iguales y pertenecientes a una sociedad libre, donde el Estado tiene que garantizar mínimas condiciones de seguridad ciudadana, así como actuar con convicción en defensa de la vida y del patrimonio de hombres y mujeres trabajadores.
Es por esta consideración que resulta importante impulsar y motivar a todos los policías del país, cuyo uniforme representa la ley y el orden, a servir con ahínco y sin desmayo para solucionar delitos, robos y crímenes que llevan años sin solución. Por ejemplo cuando maleantes robaron al pequeño empresario al cual despojaron de su capital y encima lo balearon; al profesional cuyo local sufrió el robo de todos sus enseres; al comerciante despojado de su mercadería en un camino oscuro de una zona urbana o rural, etc. En ese sentido, si bien complace que –prácticamente- en cuestión de horas haya caído el supuesto asesino de Alicia Delgado; o los sospechosos del crimen de Marco Antonio; o a los piratas que asaltaron a una embarcación de turistas que surcaba un río de la selva, entre los que estaba el valor de la gastronomía peruana Gastón Acurio, lo cierto es que hay casos que esperan ser atendidos por la Policía a fin de que los responsables sean capturados. Sin duda el grado extremo de inseguridad al que hemos llegado pone a la delincuencia como un problema nacional al que se tiene que aplacar sin demora.
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