17.9.09

El paisaje eran los nevados

Por: Abelardo Sánchez León

Luis Vargas Eráusquin es una persona generosa, desprendida. Su actitud se traduce en borbotones de sangre. En su lenguaje, se reporta a las circunstancias. Se pone metas y objetivos inmediatos. El destino, sin embargo, le tenía reservada una tarea ingrata: traer a Lima el cadáver de su querido hermano Carlos, muerto cerca de Cachara, remoto paraje de los Andes, entre los departamentos de Apurímac y Cusco.

Se puso al habla: consiguió por amigos un pasaje al Cusco y partió a las cinco de la mañana. Una vez allí, buscó al taxista que lo llevara a Cachara, tres largas horas de viaje. Hicieron un alto para tomar un caldo de gallina. En el pueblo lo esperaban los amigos de la caminata, la gente del pueblo, las autoridades y el cuerpo dormido y descompuesto de su hermano. El cajón venía de Abancay. Los niños lo habían velado las dos noches que estuvo en la posta médica. El único que podía trasladarlo era un pariente de sangre. Entonces, se reportó con sus 62 años y sus múltiples “by-pass” al corazón.

A las cuatro de la tarde logró colocar el cadáver encima de una mula y ya en la carretera enrumbaron al Cusco. Luis Vargas Eráusquin retornó con el mismo taxista y les dio alcance en la ciudad. Le dieron ánimo unas hojas de coca. Buscó hotel, comió algo ligero, durmió, y al día siguiente se reportó en la morgue. Discusiones, trabas, papeleos. Pero él tiene metas y objetivos inmediatos. Confía en el taxista que colabora con los trámites y en su auto deja sus pertenencias. La gente está con él. No se siente solo. El pueblo peruano ha aprendido a ayudarse cuando tiene que lidiar contra las autoridades. No le roban. No abusan de su confianza. Conocen, de primera mano, su dolor.

Por fin logra trasladarlo al aeropuerto. No viajan en el mismo avión. No podrán hacer bromas con la azafata. No estirarán las piernas ni conversarán. En el Jorge Chávez surgen nuevas trabas: “Falta la autopsia, señor”, le dicen, incluso algunos papeles que atestigüen aún más que está muerto. No ha tenido la fortaleza de verlo cara a cara, pero lo ha olido, lo ha cargado, lo ha traído hasta aquí, como una espina, y se lo entrega a su viuda y a sus dos hijos que todavía no reconocen la frontera invisible que separa la vida y la muerte.

el comercio

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