9.10.09

Amarres y enjuagues

Uri Ben Schmuel
uribs@larazon.com.pe


En todas partes del mundo es muy importante tener contactos; en el Perú, es lo único que importa. No recordamos si el autor de esta frase es Jonathan Cavanagh o Nick Asheshov, ambos excelentes periodistas británicos afincados en nuestro país. Pero sin duda es todo un estudio sociológico en apenas dieciocho palabras.
A ver, que levante la mano aquel que alguna vez no haya aprovechado un contacto, sea en el sector público o en el privado, para lo que fuera, a cualquier nivel. No vemos muchos brazos alzados. Sí, pues entre gitanos no vamos a leernos la suerte.


Y de ahí al tráfico de influencias hay una delgada línea roja. Y más delgada aún es la que separa eso de la corrupción. Este es el asunto de fondo en el reciente “enfrentamiento de poderes” –como algunos lo llaman con solemnidad– entre el Poder Judicial y el Congreso por el tema del “chuponeo”.

Unos invocan la reserva del proceso y otros que la Constitución los autoriza a investigar lo que sea, con la discreción del caso. Pero no nos impresionan los discursos pomposos de ambos lados. Porque Legislativo y Judicial son, en la inmortal frase de Carlos Boloña, vírgenes de cabaret. Cada vez que han querido (y eso ha pasado muchas veces en la última década) les ha importado un comino los principios que hoy invocan. Y han repartido materiales reservados cual si de volantes se tratara.

Claro, una cosa es con guitarra y otra con cajón. Una cosa era ventilar audios, vídeos y documentos de la “corrupción fujimontesinista” y otra cosa desclasificar todo lo relacionado a las interceptaciones de BTR. Porque eso pasó ahorita nomás, aquicito nomás.

Y no se puede afectar la institucionalidad democrática, no señor. Traducido al castellano, esto quiere decir: no podemos permitir que el público sepa que lo que se hizo antes siguió haciéndose después. Que lo que vimos en vídeo es la misma cosa que el establishment acostumbra desde que San Martín desembarcó en Paracas. No, corregimos. Desde que Pizarro llegó a estas costas. Solo que entonces no existían los DVD ni los USB ni los micrófonos.


LA RAZON

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