5.10.09

Cooperación económica en el cambio político

A PROPÓSITO DE LA CUMBRE DEL G-20



Por: Alejandro Deustua Internacionalista

En pleno proceso de redistribución del poder internacional, las economías responsables del 80% del PBI mundial acaban de dar muestra de renovada disposición cooperativa.

Este hecho excepcional producido por el G-20 reunido en Pittsburgh ha sido acompañado del fortalecimiento institucional de la economía de mercado, de la confirmación de su globalidad y de la reafirmación de principios compartidos para actuar en él.

En consecuencia, si el sistema internacional está cambiando políticamente no lo hace erosionando las normas del libre juego de la oferta y la demanda sino a través de su mejor fundamentación y mediante la incorporación de nuevos de actores al núcleo forjador de consensos.

En efecto, el G-20 se ha convertido en el principal foro de coordinación de políticas económicas desplazando al G-7, mientras el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial han resultado fortalecidos en la promoción de estabilidad financiera y de desarrollo.

A cambio de ello, los integrantes del grupo se han comprometido a sustentar mejor el mercado, para mantener políticas macroeconómicas sensatas y transparentes, evitar el proteccionismo, generar inclusión, favorecer el ámbito global sobre el regional y fortalecer la asociación entre países desarrollados y en desarrollo.

A pesar de la existencia de diversos enfoques nacionales, el círculo liberal se ha ampliado estimulado por las fuerzas de la crisis sistémica, la necesidad de coordinación política frente a la amenaza recesiva y la emergencia de nuevas potencias económicas.

Si esa ampliación ocurrió en 1973, luego de la quiebra de Bretton Woods con el G-7, hoy se reitera con el G-20 en el umbral de una crisis mayor.

Esta se dinamiza en el compromiso de mantener las políticas de estímulos hasta que la crisis se haya superado, en la disposición a retirarlas oportunamente de manera coordinada, en concordar medidas de regulación para terminar con “la era de la irresponsabilidad” financiera y promover políticas de crecimiento sustentable que fundamenten el progreso en el siglo XXI. Así, la crisis del laissez faire reclama más regulación, no el reemplazo de la economía liberal.

En el ámbito financiero ello implica el compromiso de desalentar el riesgo excesivo incrementando los requerimientos institucionales de capital, clarificando las transacciones de instrumentos derivados y promoviendo la conducta responsable de las firmas globales. Ello debería concretarse entre el 2010 y el 2012.

En el ámbito institucional, la “nueva arquitectura” implicará un rediseño del FMI y del Banco Mundial cuyos poderes se fortalecen mientras se reajusta la participación de los estados sobrerrepresentados y subrepresentados. El mayor rol de estas instituciones debe materializarse en la mayor capacidad crediticia del primero y de mayor esfuerzo de desarrollo en el segundo.

En el ámbito económico el llamado a un reajuste entre las economías superavitarias (que deben promover la demanda interna) y deficitarias (que deben incrementar el ahorro) será más difícil de cumplir. Además, la redundancia del llamado de concluir la ronda Doha el 2010 sin mayores compromisos debilita la credibilidad del mismo.

En el cumplimiento de estos ajustes veremos cuán sustentable es la ampliación del círculo liberal y probaremos su resistencia a la redistribución del poder político.


EL COMERCIO

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