Por: Abelardo Sánchez
Es mala educación entrometerse en los asuntos internos de otro país. En América Latina, al menos, somos muy quisquillosos al respecto. Las fronteras, a pesar de su precariedad, debido a la accidentadísima geografía del continente, se protege, incluso, mucho más que la virtud de una hija adolescente. Ay de quien se atreva a poner un pie al otro lado de la frontera. Las decisiones que el presidente colombiano Álvaro Uribe pueda esgrimir son exclusivamente un asunto interno y ningún vecino puede meter allí sus narices. Sin embargo, nosotros pensamos que Macondo sí es un pueblo que le pertenece a todos los latinoamericanos, que carece de fronteras, y habita en la imaginación más cercana a la realidad que haya podido existir. A Gabo podemos tocarle la puerta y sentirnos en casa.
En Macondo se narra, entre muchísimas cosas, la presencia de la United Fruit, la gran transnacional gringa en tierras de la cumbia. Esa presencia, siempre incómoda, se ha reciclado a partir de la posibilidad de que en siete bases militares haya una presencia clave de Estados Unidos. ¡En siete bases, nada menos! Los argumentos pueden ser numerosos, pero el efecto es siempre el mismo: una presencia que no corresponde, que tardará en retirarse (recuerden Iraq) y disminuirá la autoestima del continente. Esa sí que es una metida de pata (y con bota) en el corazón de la Amazonía.
América Latina se anda llenando de siglas que aportan poco a su unidad: CAN, Mercosur, Unasur, intentos vanos para desplegar una mirada más amplia, que supere las orejeras de las fronteras. Una mirada de estadista, digamos. De cara al siglo XXI, cuando los bloques continentales se hacen más sólidos. Pero no es nuestro caso. Nosotros todavía pensamos que podemos hacer lo que nos provoque con nuestra casa y olvidamos que ella se encuentra en una calle, en una manzana, en un distrito, en una ciudad. No leamos Colombia, leamos Macondo.
La vida, sin embargo, es curiosa. Hace años, en Antigua, la maravillosa ciudad peatonal de Guatemala, descubrí que el bar de moda se llamaba Macondo. La noche se estremecía con aquella música escandalosa que salía de sus cuatro paredes. Entré a echar un vistazo. La juventud allí reunida era turista. Era un lugar de diversión caro donde se bailaba la vida loca y los citadinos no podían pegar el ojo. Ese Macondo tenía un aire a bar de base militar gringa.
EL COMERCIO
Es mala educación entrometerse en los asuntos internos de otro país. En América Latina, al menos, somos muy quisquillosos al respecto. Las fronteras, a pesar de su precariedad, debido a la accidentadísima geografía del continente, se protege, incluso, mucho más que la virtud de una hija adolescente. Ay de quien se atreva a poner un pie al otro lado de la frontera. Las decisiones que el presidente colombiano Álvaro Uribe pueda esgrimir son exclusivamente un asunto interno y ningún vecino puede meter allí sus narices. Sin embargo, nosotros pensamos que Macondo sí es un pueblo que le pertenece a todos los latinoamericanos, que carece de fronteras, y habita en la imaginación más cercana a la realidad que haya podido existir. A Gabo podemos tocarle la puerta y sentirnos en casa.
En Macondo se narra, entre muchísimas cosas, la presencia de la United Fruit, la gran transnacional gringa en tierras de la cumbia. Esa presencia, siempre incómoda, se ha reciclado a partir de la posibilidad de que en siete bases militares haya una presencia clave de Estados Unidos. ¡En siete bases, nada menos! Los argumentos pueden ser numerosos, pero el efecto es siempre el mismo: una presencia que no corresponde, que tardará en retirarse (recuerden Iraq) y disminuirá la autoestima del continente. Esa sí que es una metida de pata (y con bota) en el corazón de la Amazonía.
América Latina se anda llenando de siglas que aportan poco a su unidad: CAN, Mercosur, Unasur, intentos vanos para desplegar una mirada más amplia, que supere las orejeras de las fronteras. Una mirada de estadista, digamos. De cara al siglo XXI, cuando los bloques continentales se hacen más sólidos. Pero no es nuestro caso. Nosotros todavía pensamos que podemos hacer lo que nos provoque con nuestra casa y olvidamos que ella se encuentra en una calle, en una manzana, en un distrito, en una ciudad. No leamos Colombia, leamos Macondo.
La vida, sin embargo, es curiosa. Hace años, en Antigua, la maravillosa ciudad peatonal de Guatemala, descubrí que el bar de moda se llamaba Macondo. La noche se estremecía con aquella música escandalosa que salía de sus cuatro paredes. Entré a echar un vistazo. La juventud allí reunida era turista. Era un lugar de diversión caro donde se bailaba la vida loca y los citadinos no podían pegar el ojo. Ese Macondo tenía un aire a bar de base militar gringa.
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