Oh, Sherezada -dijo el califa Harun Al Rashid-, por la voluntad del Profeta, ¿me contarás un cuento esta noche y evitarás tu ejecución al llegar la aurora otra vez en tu rescate?.
Oh, gran domador de dunas -respondió la bella princesa-, está escrito que te narraré una historia sobre esos chorros negros que Alá hace brotar de nuestras beduinas entrañas. Hace muchas lunas arribó a nuestras costas un infiel del norte, que se alió a un influyente mercader local sólo para transportar sobre las aguas a guerreros que sacaban esos chorros negros en islas que había construido el hombre. Estuvo escrito que un generoso ministro de un emir anterior, cuyas familias venían de la oriental isla de Cipango, les regale estos pozos en marcha, sólo pagando un bajo diezmo anual y sin haber nunca antes ellos haberse dedicado a sacar esas lágrimas del Profeta de la tierra. Esa extraña liberalidad los hizo ricos a ellos y posiblemente a otros, como el sésamo al molinero.
¡Pero como la codicia, oh Harun Al Rashid, acompaña a la riqueza como el gavilán al palomo, no les jugaron bien primero a unos hombres de la lejana Al-Andalús y tuvieron un largo juicio por ese aire caliente que queman para tener luz! No sé cuántos camellos cambiaron para amistarse, pero después también tuvieron líos con el mismísimo emirato, pues usaban ese aire caliente sin pagar diezmo alguno a éste. ¡Hábiles como la cobra, lograron que uno de sus esclavos entre al servicio del emirato justo como funcionario real en el mismísimo palacio encargado de controlarlos! Así no pagaron ni diezmo ni multa por muchas lunas. Pero llegó un funcionario real, árabe de verdad como los caballos negros de los beduinos, que sí quería cobrarles. Al mismo tiempo, el emirato anunció que iba a entregar grandes tierras para buscar más ríos negros y llegaron rivales vikingos. Nuestros protagonistas ya estaban negociando venderse, pero sólo querían más tierras para ser más caros, además que les molestaba, en su soberbia, pagar los diezmos debidos.
Así que buscaron a los mil ojos y oídos, a los hijos del mar que se
dedicaban a enviar espíritus para escuchar las voces en el espacio,
cimentando alianzas. ¡Encontraron allí voces oscuras, voces que podían hacerle daño al probo funcionario real que quería cobrarles la multa y las soltaron para herirlo como la flecha, sin medir, oh Harun Al Rashid, los torbellinos que desatarían! No sólo cayeron las voces oscuras junto al probo funcionario real, sino también el mismo visir del reino junto a ministros.
Pero estos infieles son hábiles como el zorro y lograron venderse por un gran tesoro en tierras extrañas a otros bárbaros, a otros infieles que el mismísimo emir El-Alan poco antes misteriosamente recibió, para evitar pagar -gracias a que el reino es idiota y débil- el tercio del tesoro ganado, como pagan aquí todos los demás tontos súbditos, además de que nunca se sabrá si el tesoro que dicen haber recibido es tal o mucho más, pues tal es la fortuna de venderse lejos. Así, estos infieles hicieron siempre lo que les dio la gana con este triste reino y ni el mismo Simbad humilló más a una nación.
El sol clareaba. Buena historia, Sherezada. Y ya llega el sol a salvarte.
¡Estos infieles hicieron mejor faenón que Alí Babá! Mañana me contarás otra historia así, que en este reino sobran .
P.D. Columna esporádica de vacaciones
Aldo Mariátegui
Oh, gran domador de dunas -respondió la bella princesa-, está escrito que te narraré una historia sobre esos chorros negros que Alá hace brotar de nuestras beduinas entrañas. Hace muchas lunas arribó a nuestras costas un infiel del norte, que se alió a un influyente mercader local sólo para transportar sobre las aguas a guerreros que sacaban esos chorros negros en islas que había construido el hombre. Estuvo escrito que un generoso ministro de un emir anterior, cuyas familias venían de la oriental isla de Cipango, les regale estos pozos en marcha, sólo pagando un bajo diezmo anual y sin haber nunca antes ellos haberse dedicado a sacar esas lágrimas del Profeta de la tierra. Esa extraña liberalidad los hizo ricos a ellos y posiblemente a otros, como el sésamo al molinero.
¡Pero como la codicia, oh Harun Al Rashid, acompaña a la riqueza como el gavilán al palomo, no les jugaron bien primero a unos hombres de la lejana Al-Andalús y tuvieron un largo juicio por ese aire caliente que queman para tener luz! No sé cuántos camellos cambiaron para amistarse, pero después también tuvieron líos con el mismísimo emirato, pues usaban ese aire caliente sin pagar diezmo alguno a éste. ¡Hábiles como la cobra, lograron que uno de sus esclavos entre al servicio del emirato justo como funcionario real en el mismísimo palacio encargado de controlarlos! Así no pagaron ni diezmo ni multa por muchas lunas. Pero llegó un funcionario real, árabe de verdad como los caballos negros de los beduinos, que sí quería cobrarles. Al mismo tiempo, el emirato anunció que iba a entregar grandes tierras para buscar más ríos negros y llegaron rivales vikingos. Nuestros protagonistas ya estaban negociando venderse, pero sólo querían más tierras para ser más caros, además que les molestaba, en su soberbia, pagar los diezmos debidos.
Así que buscaron a los mil ojos y oídos, a los hijos del mar que se
dedicaban a enviar espíritus para escuchar las voces en el espacio,
cimentando alianzas. ¡Encontraron allí voces oscuras, voces que podían hacerle daño al probo funcionario real que quería cobrarles la multa y las soltaron para herirlo como la flecha, sin medir, oh Harun Al Rashid, los torbellinos que desatarían! No sólo cayeron las voces oscuras junto al probo funcionario real, sino también el mismo visir del reino junto a ministros.
Pero estos infieles son hábiles como el zorro y lograron venderse por un gran tesoro en tierras extrañas a otros bárbaros, a otros infieles que el mismísimo emir El-Alan poco antes misteriosamente recibió, para evitar pagar -gracias a que el reino es idiota y débil- el tercio del tesoro ganado, como pagan aquí todos los demás tontos súbditos, además de que nunca se sabrá si el tesoro que dicen haber recibido es tal o mucho más, pues tal es la fortuna de venderse lejos. Así, estos infieles hicieron siempre lo que les dio la gana con este triste reino y ni el mismo Simbad humilló más a una nación.
El sol clareaba. Buena historia, Sherezada. Y ya llega el sol a salvarte.
¡Estos infieles hicieron mejor faenón que Alí Babá! Mañana me contarás otra historia así, que en este reino sobran .
P.D. Columna esporádica de vacaciones
Aldo Mariátegui



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