Por: Kurt Schultze Empresario
Las preocupaciones generadas por el temor a una repetición de la crisis financiera de los años 30 tienen plena justificación. Sin embargo, los orígenes de la actual crisis, su desarrollo y los remedios aplicados se diferencian de la anterior. La actual se presenta en un mundo globalizado con economías abiertas y una clara memoria del fracaso de sistemas de economías centralmente planificadas.
La implosión del sistema económico de la URSS con la caída del Muro de Berlín en 1989 y la vigencia de las propuestas de Deng Xiao Ping para un modelo comunista-neoliberal en China han generado una expansión del comercio y de flujos financieros transnacionales, que han sido facilitados por los instantáneos medios de comunicación electrónicos. La crisis de los años 30 fue agravada por las políticas chauvinistas-nacionalistas (en particular, la perversa estrategia de “empobrecer al vecino” implementada por los nazis).
La crisis actual se originó en EE.UU. impulsada por una irresponsable expansión del endeudamiento por transacciones inmobiliarias sin respaldo; del endeudamiento público del gobierno de Bush por la guerra de Iraq, además del déficit comercial generado por la aparición de los productos y servicios chinos y de la India. Wall Street se valió de estos desbalances para generar utilidades nominales en ausencia de sistemas de supervisión.
En el frente nacional, desde mediados de 1990, los gobiernos de Fujimori, Toledo y el actual de Alan García han perseguido políticas antiinflacionarias de estabilidad fiscal y de fomento de inversiones transnacionales. Las reservas nacionales se han incrementado, el crecimiento del producto bruto interno ha sido constante, el endeudamiento se ha reducido y la balanza comercial se ha visto favorecida por el extraordinario incremento en producción y eventualmente de precios internacionales. Por lo tanto, es justo calificar a nuestro país como “una isla de oportunidades de inversión”. Sin embargo, los efectos de la crisis globalizada, sin lugar a dudas, también se harán sentir en nuestro medio y justifican preocupación y medidas cautelares.
Los remedios ante la crisis se diferencian sustancialmente de lo ocurrido en la década del 30. Actualmente contamos con la intervención del Banco Mundial y del FMI. En EE.UU., la elección de Obama es una masiva respuesta democrática frente a los orígenes de la crisis. Por un lado, podemos anticipar medidas de disciplina fiscal, reduciendo los gastos militares; un ordenamiento de los mercados financieros; los masivos programas de soporte al sistema financiero vendrán acompañados de directivas que restringirán el manejo irresponsable de los recursos; por otro lado, es de anticipar una reversión de las políticas ambientales, fortaleciendo desarrollos de generación de energía renovable, la ratificación del sucesor del Protocolo de Kioto y, en general, una política de preservación del medio ambiente. En esta tendencia, la Unión Europea y probablemente China y la India participarán constructivamente. Se fortalecerán las negociaciones de la Ronda de Doha, promoviendo medidas adicionales y liberalizando el comercio internacional.
En el Perú, es de esperar que el plan anticrisis —que prevé sustanciales inversiones del sector público en infraestructura, carreteras y puertos, el apoyo a medidas de desarrollo social y la convocatoria de inversiones, tanto del sector privado como extranjero— sea implementado con vigor y fuerza. Nuestros enormes recursos de materias primas exportables, mano de obra eficiente y voluntariosa y, sobre todo, fuentes de energía sostenibles son una ventaja competitiva extraordinaria. Es cierto que la crisis financiera internacional también va a trastocar nuestro desarrollo, frenando las tasas de crecimiento. Sin embargo, también es cierto que tenemos oportunidades que debemos explotar generando un desarrollo socialmente responsable y ecológicamente competitivo. Por lo tanto, respetando las amenazas que vislumbramos también debemos explorar y explotar las oportunidades que el momento nos ofrece.
Las preocupaciones generadas por el temor a una repetición de la crisis financiera de los años 30 tienen plena justificación. Sin embargo, los orígenes de la actual crisis, su desarrollo y los remedios aplicados se diferencian de la anterior. La actual se presenta en un mundo globalizado con economías abiertas y una clara memoria del fracaso de sistemas de economías centralmente planificadas.
La implosión del sistema económico de la URSS con la caída del Muro de Berlín en 1989 y la vigencia de las propuestas de Deng Xiao Ping para un modelo comunista-neoliberal en China han generado una expansión del comercio y de flujos financieros transnacionales, que han sido facilitados por los instantáneos medios de comunicación electrónicos. La crisis de los años 30 fue agravada por las políticas chauvinistas-nacionalistas (en particular, la perversa estrategia de “empobrecer al vecino” implementada por los nazis).
La crisis actual se originó en EE.UU. impulsada por una irresponsable expansión del endeudamiento por transacciones inmobiliarias sin respaldo; del endeudamiento público del gobierno de Bush por la guerra de Iraq, además del déficit comercial generado por la aparición de los productos y servicios chinos y de la India. Wall Street se valió de estos desbalances para generar utilidades nominales en ausencia de sistemas de supervisión.
En el frente nacional, desde mediados de 1990, los gobiernos de Fujimori, Toledo y el actual de Alan García han perseguido políticas antiinflacionarias de estabilidad fiscal y de fomento de inversiones transnacionales. Las reservas nacionales se han incrementado, el crecimiento del producto bruto interno ha sido constante, el endeudamiento se ha reducido y la balanza comercial se ha visto favorecida por el extraordinario incremento en producción y eventualmente de precios internacionales. Por lo tanto, es justo calificar a nuestro país como “una isla de oportunidades de inversión”. Sin embargo, los efectos de la crisis globalizada, sin lugar a dudas, también se harán sentir en nuestro medio y justifican preocupación y medidas cautelares.
Los remedios ante la crisis se diferencian sustancialmente de lo ocurrido en la década del 30. Actualmente contamos con la intervención del Banco Mundial y del FMI. En EE.UU., la elección de Obama es una masiva respuesta democrática frente a los orígenes de la crisis. Por un lado, podemos anticipar medidas de disciplina fiscal, reduciendo los gastos militares; un ordenamiento de los mercados financieros; los masivos programas de soporte al sistema financiero vendrán acompañados de directivas que restringirán el manejo irresponsable de los recursos; por otro lado, es de anticipar una reversión de las políticas ambientales, fortaleciendo desarrollos de generación de energía renovable, la ratificación del sucesor del Protocolo de Kioto y, en general, una política de preservación del medio ambiente. En esta tendencia, la Unión Europea y probablemente China y la India participarán constructivamente. Se fortalecerán las negociaciones de la Ronda de Doha, promoviendo medidas adicionales y liberalizando el comercio internacional.
En el Perú, es de esperar que el plan anticrisis —que prevé sustanciales inversiones del sector público en infraestructura, carreteras y puertos, el apoyo a medidas de desarrollo social y la convocatoria de inversiones, tanto del sector privado como extranjero— sea implementado con vigor y fuerza. Nuestros enormes recursos de materias primas exportables, mano de obra eficiente y voluntariosa y, sobre todo, fuentes de energía sostenibles son una ventaja competitiva extraordinaria. Es cierto que la crisis financiera internacional también va a trastocar nuestro desarrollo, frenando las tasas de crecimiento. Sin embargo, también es cierto que tenemos oportunidades que debemos explotar generando un desarrollo socialmente responsable y ecológicamente competitivo. Por lo tanto, respetando las amenazas que vislumbramos también debemos explorar y explotar las oportunidades que el momento nos ofrece.



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