Por Mirko Lauer
La idea de una segunda vuelta electoral en las regiones acaba de encontrar sus primeras críticas. El experto en elecciones Fernando Tuesta opina que el mecanismo no resuelve los problemas de legitimidad y gobernabilidad. El politólogo Martín Tanaka piensa parecido. Ambos incluso plantean que una vuelta más crearía algunos problemas adicionales.
¿Qué hacer entonces? El problema en las regiones es la fragmentación del voto: muchos candidatos con un pequeño porcentaje cada uno. La idea es que nadie respeta a un presidente regional con, digamos, 20%, y que una segunda vuelta le añadiría algo de carne a esos huesos, produciendo triunfos con mayores porcentajes.
Tuesta afirma que la segunda vuelta no produce la “mayoría social de apoyo” necesaria, pero no llega a arriesgar una opinión sobre cuál es el camino para alcanzarla. La fórmula clásica, y la carencia más marcada en el país, es desarrollar partidos fuertes y lealtades políticas estables. Algo que ha demostrado no ser tan fácil como suena.
Aun reconociendo las limitaciones de la segunda vuelta, la polarización del voto que esta produce ayudaría a concentrar alianzas y adhesiones de última hora, una obvia mejora respecto de lo que tenemos ahora. Pero es cierto que ello requeriría un rediseño del concepto mismo del cuerpo de consejeros regionales.
La regionalización de 1989 fue criticada por su asambleísmo, pero este no tuvo mucha oportunidad de demostrar sus defectos y virtudes, pues el golpe fujimontesinista la reemplazó con funcionarios elegidos a dedo (CTAR). La regionalización del 2002 buscó evitar el asambleísmo, y produjo los presidentes cuya debilidad se quiere mitigar hoy.
Quizás debemos reconocer que si bien hay un problema de fragmentación, también hay uno serio de representación: demasiados votantes que no tienen cómo llevar a sus preferidos a la política de la región, y por tanto tienen que optar por otras vías para hacer escuchar. A esto se puede sumar una poca familiaridad con los mecanismos institucionales.
Un factor a tomar en cuenta es el Frente de Defensa de los Intereses Regionales como una ya larga tradición en la política de muchas de esas circunscripciones, y cuya versión básica es más o menos Todos contra el centralismo. En esa tradición la idea de la discrepancia intraregional, es decir el juego democrático, no siempre tiene mucha cabida.
Es un error pensar que una sola medida cortará de cuajo el nudo político regional. Pero victorias electorales con una quinta parte de los votos difícilmente podrán fortalecer a las instituciones regionales. Quizás la solución, insistimos, no está por el lado de la popularidad sino por el del acceso a la representación.
LA REPUBLICA
La idea de una segunda vuelta electoral en las regiones acaba de encontrar sus primeras críticas. El experto en elecciones Fernando Tuesta opina que el mecanismo no resuelve los problemas de legitimidad y gobernabilidad. El politólogo Martín Tanaka piensa parecido. Ambos incluso plantean que una vuelta más crearía algunos problemas adicionales.
¿Qué hacer entonces? El problema en las regiones es la fragmentación del voto: muchos candidatos con un pequeño porcentaje cada uno. La idea es que nadie respeta a un presidente regional con, digamos, 20%, y que una segunda vuelta le añadiría algo de carne a esos huesos, produciendo triunfos con mayores porcentajes.
Tuesta afirma que la segunda vuelta no produce la “mayoría social de apoyo” necesaria, pero no llega a arriesgar una opinión sobre cuál es el camino para alcanzarla. La fórmula clásica, y la carencia más marcada en el país, es desarrollar partidos fuertes y lealtades políticas estables. Algo que ha demostrado no ser tan fácil como suena.
Aun reconociendo las limitaciones de la segunda vuelta, la polarización del voto que esta produce ayudaría a concentrar alianzas y adhesiones de última hora, una obvia mejora respecto de lo que tenemos ahora. Pero es cierto que ello requeriría un rediseño del concepto mismo del cuerpo de consejeros regionales.
La regionalización de 1989 fue criticada por su asambleísmo, pero este no tuvo mucha oportunidad de demostrar sus defectos y virtudes, pues el golpe fujimontesinista la reemplazó con funcionarios elegidos a dedo (CTAR). La regionalización del 2002 buscó evitar el asambleísmo, y produjo los presidentes cuya debilidad se quiere mitigar hoy.
Quizás debemos reconocer que si bien hay un problema de fragmentación, también hay uno serio de representación: demasiados votantes que no tienen cómo llevar a sus preferidos a la política de la región, y por tanto tienen que optar por otras vías para hacer escuchar. A esto se puede sumar una poca familiaridad con los mecanismos institucionales.
Un factor a tomar en cuenta es el Frente de Defensa de los Intereses Regionales como una ya larga tradición en la política de muchas de esas circunscripciones, y cuya versión básica es más o menos Todos contra el centralismo. En esa tradición la idea de la discrepancia intraregional, es decir el juego democrático, no siempre tiene mucha cabida.
Es un error pensar que una sola medida cortará de cuajo el nudo político regional. Pero victorias electorales con una quinta parte de los votos difícilmente podrán fortalecer a las instituciones regionales. Quizás la solución, insistimos, no está por el lado de la popularidad sino por el del acceso a la representación.
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